Las campanas retumbaban sobre los tejados de Thalvorn, desgarrando el cielo. El sol brillaba como si celebrara la condena de una mujer que llora en silencio.
Las antorchas chisporroteaban con un ritmo inquieto en los corredores de piedra, como si también ellas presintieran el error. En lo alto de la torre occidental, donde la nobleza encerraba sus secretos entre tapices bordados y candelabros de oro, una mujer vestida de novia se peinaba con lentitud frente a un espejo de marfil.
Allí, donde el encierro disfrazado de lujo intentaba domesticar el espíritu de la prometida del reino, la verdad dormía desnuda entre sábanas desordenadas y besos robados.
Ellaria, hija del Duque de Thalrin, trenzaba su melena dorada con manos firmes, el rostro tenso, la mirada ausente. El velo ya caía como una sombra sobre sus hombros. Detrás de ella, semidesnudo, un hombre de piel pálida como el marfil y cabellos blancos como la escarcha yacía entre las arrugas del lecho real. Su torso, marcado por antiguas cicatrices, se alzaba y bajaba con una respiración que buscaba calma.
—¿Te das cuenta de lo absurdo que es esto? —murmuró él, la voz cargada de amarga ironía—. Una novia peinándose... mientras su amante yace en su cama.
—No tengo elección, Lyros —susurró ella, sin apartar la mirada del espejo.
El aprendiz de hechicero suspiró, le había dicho miles de veces que no lo llamara así.
—¡Byron! —corrigió rápidamente.
Lyros se sentó en el borde del lecho, apretándose el puente de la nariz. Cada movimiento dejaba entrever el dolor que intentaba disimular.
—Olvidalo. Siempre la hay. Incluso en los laberintos más oscuros hay una salida—replicó él, incorporándose. Las heridas de su cuerpo sanaban mágicamente —. Podemos huir. Tú y yo.
Ella se quedó inmóvil. Su reflejo en el espejo la observaba con ojos que ya no eran suyos.
—¿Huir? ¿Y ver cómo cuelgan los cuerpos de mi familia frente a la catedral? ¿ dejar a mi madre en manos del Consejo? ¿A mis hermanos a merced de Harald?
—¡Estás muerta en vida! Harald es un bastardo sediento de poder —espetó Lyros con furia contenida—. Y tú eres su ofrenda.
—Soy la llave —corrigió ella—. Si me caso con él, conserva el trono. Si no lo hago... lo perderá todo. Y él no va a perder nada sin arrastrar a otros consigo.
—¡Y tú lo sabes! ¡Sabes que esto te destruirá! —gritó, dando un paso hacia ella—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Ser trofeo de un imperio podrido?
—¡Prefiero ser su trofeo antes que tu viuda! —estalló ella, girándose de golpe. El velo ondeó como una bandera—. Si te elijo, mueres. Si escapo contigo, la muerte caerá sobre todos los que amo. También, incluyéndote.
Él se acercó, la rodeó con sus brazos desnudos, el calor de su piel contrastando con la frialdad de la suya.
—Escapemos. Ahora.Desaparecer antes de que el altar se convierta en tu tumba. Puedo aparecer en los calabozos engañar a los guardias y liberarlos a todos.
—¿Y si fallas? —susurró—. ¿Y si te atrapan?
Un silencio desgarrador llenó la habitación. Ella tembló.
—Byron... no quiero verte morir por mi culpa.
Lyros guardó silencio. Su mandíbula se tensó.
—Ya muero un poco cada vez que te veo con ese vestido —susurró él junto a su oído—. No puedo soportarlo, Ellaria. No puedo verte decir "sí" con esos labios que me susurraron "te amo".
—Y aún lo hago —confesó, con los ojos ardiendo—. Por eso me caso. Porque si no lo hago, vendrán por ti. Y no podré detenerlos.
Un leve chasquido los hizo estremecer. La puerta se entreabrió.
Una sirvienta entró, portando un ramo de flores silvestres. Su rostro se congeló al ver la escena: el velo, la cama, la piel expuesta, y Lyros apenas cubierto.
—¡Mi señora! Perdón, yo no sabía que... —balbuceó, dando un paso atrás.
Ellaria se giró, su voz era un puñal envuelto en seda.
—Cierra la puerta.
La joven obedeció de inmediato, tragando saliva, temblando como una hoja.
—¿Cómo te llamas? —dijo Ellaria, dando un paso hacia ella.
—M-Mirelle, mi señora... —balbuceó la doncella.
—Qué nombre tan delicado —susurró Ellaria—. Sería una lástima que los cuervos lo repitieran por ti.
—¡No diré nada! ¡Lo juro! —sollozó Mirelle—. ¡Por favor!
Lyros retrocedió un paso, sorprendido por el tono glacial de su amante. Ellaria, imperturbable, tomó la daga de él, la apoyó apenas en la garganta de la muchacha.
—Porque si hablas... no quedará nada de ti que pueda ser enterrado.
Los ojos de Mirelle se llenaron de lágrimas. No suplicó más. Solo asintió.
Ellaria bajó la daga, la deslizó entre las flores y murmuró:
—Recoge el ramo. Vuelve en cinco minutos. Entra como si nada hubiera pasado. ¿Entiendes?
Mirelle asintió con lágrimas en los ojos. Luego huyó, tropezando con la alfombra. Cuando la puerta volvió a cerrarse, Lyros la observó, perplejo.
—Tienes un lado... tenebroso, querida.
— Es instinto. Aquí dentro, las suaves no sobreviven.
Volvió al espejo, sus dedos rozando el tul como si fuera una red. Él se acercó por detrás, abrazándola con la delicadeza.
—Recuerdo la primera vez que te vi —susurró—. Estabas junto a la fuente del jardín, arrancándote una corona de flores con furia. Dijiste que odiabas las coronas porque incluso las de pétalos pesan.
—Y sigo odiándolas —sonrió ella con tristeza—. Pero ahora, son de oro... y se clavan más hondo.
—Entonces deja que te dé una distinta.
Lyros colocó un dedo sobre el velo, justo en el centro de su frente.
Del tul blanco brotó una corona de rosas negras, frescas, húmedas, como si hubieran nacido de la niebla misma.
—Esta no pesa.
Ellaria parpadeó, conmovida. Sus ojos brillaron, no por las lágrimas, sino por una certeza dolorosa.
—Para que recuerdes quién eres... cuando todos te obliguen a ser otra. Te amo.
—Y yo a ti Byron. Más de lo que me permito admitir.
Él se apartó, caminó hacia la ventana.
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Editado: 11.01.2026