El altar relucía con un fulgor cegador.
Todo era oro. Oro en los pilares, en las molduras, en los vitrales que tiñen las paredes de rojo sangre. La catedral entera parecía arder bajo la luz de un dios cruel. Incluso las columnas, cubiertas de espadas ceremoniales, parecían susurrar que la guerra misma bendecía esa unión.
La nobleza de Thalvorn colmaba cada rincón, envuelta en capas de seda y sonrisas envenenadas. Entre cálices de cristal y abanicos perfumados, se escondían soldados, traidores y cortesanos que aplaudían con fervor, fingiendo no ver lo evidente: aquello no era una boda. Era una ejecución disfrazada de celebración.
Ellaria avanzaba por el pasillo alfombrado de rojo como un cordero hacia el matadero. Su vestido blanco ondeaba con la quietud de una bandera rendida. Su sonrisa era la de una mártir: inmóvil, falsa, perfecta. No había lágrimas. Solo un silencio contenido que ardía por dentro.
No es un altar. Es una celda. Y todos celebran las cadenas.
El obispo murmuraba letanías huecas, como si intentara silenciar su propia conciencia.
—Estás radiante —dijo Harald al tomarle la mano. Su voz apestaba a soberbia y vino.
—Y tú, atento como siempre —respondió ella, sin girarse.
—Aunque... pareces ausente. ¿Te conmueve tanto este momento? —ladeó la cabeza, como quien estudia a una presa.
—Es la emoción. Me abruma —dijo Ellaria, mientras se clavaba las uñas en la palma.
El juramento fue una cadena de hierro alrededor de su garganta. El beso, una sentencia ejecutada con labios fríos. El banquete posterior, un teatro sombrío donde las risas eran puñales y los brindis, disparos al alma.
En el gran salón del trono, bañado por la luz de cien candelabros, Harald se puso de pie. Su sombra, proyectada en la pared, era más alta que él. Más peligrosa.
—¡Mis nobles! ¡Amigos! —proclamó, alzando la copa—. Hoy celebramos el inicio de una era. Es costumbre, en esta tierra, ofrecer un obsequio a la reina en su primer día. Y esta, sin duda... es una ocasión especial.
Ellaria fingió una sonrisa. Sentía las mejillas tensarse como si estuvieran hechas de yeso.
—¿Más regalos? Me siento mimada...
Pero entonces, algo se quebró dentro de su pecho. Una punzada. Un mal presentimiento. Como si alguien hubiese soplado ceniza sobre su nuca.
—Oh, no es algo que pueda envolverse con lazos —continuó Harald—. Es un presente simbólico... íntimo. Una ofrenda para sellar esta unión sagrada.
Aplaudió una vez.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Y el mundo de Ellaria se quebró como un cráneo bajo una maza.
Dos soldados entraron arrastrando un cuerpo apenas reconocible. Era Lyros... o lo que quedaba de él. Su rostro era un amasijo de carne rota, un ojo bajo un hematoma púrpura que ocupaba media cara.
Su torso desnudo era un mapa de torturas. Cortes recientes chorreaban sangre fresca. Le faltaban uñas. Las muñecas, amarradas con cadenas.
Los soldados lo mantenían de pie, pero sus piernas no respondían: una estaba rota, torcida en un ángulo antinatural.
Y, aun así, estaba vivo.
—¡NO! —chilló Ellaria, con la garganta desgarrándose—. ¡Byron!
¿Por qué no se ha curado?
¿Por qué no desaparece?
¿POR QUÉ NO USA SU MAGIA?
No paraba de martillar su cabeza con esos pensamientos.
Lyros alzó la cabeza con esfuerzo. Una sonrisa... o lo más parecido a una sonrisa ensangrentada se formó en su rostro destruido.
—E...Ellaria... —jadeó. Cada palabra era una agonía audible.
Ella corrió hacia él, pero fue atrapada por los guardias.
—¿Lo conoces, mi reina? —dijo Harald, saboreando cada palabra como un bocado exquisito.
—¡Harald! ¡Monstruo! ¡Hazme lo que quieras a mí, pero a él...! ¡DÉJALO IR! ¡TE LO RUEGO!
Harald la ignoró.
Chasqueó los dedos.
Un verdugo más entró.
—Ya lo he marcado —dijo Harald, girando hacia ella como un dios cruel—. Solo falta que veas qué les pasa a los que osan burlarse de mí.
El verdugo levantó el gancho y se lo clavó en el costado. El metal penetró con un sonido húmedo y asqueroso. Lyros gritó. No un grito humano. Era un rugido gutural, primal, que partió la sala en dos.
El verdugo tiró con fuerza, desgarrándole el abdomen de lado a lado. Uno de los nobles vomitó en su copa.
—No... no mires... —susurró, apenas consciente—. El dolor... no es... tu culpa...
Harald sonreía como un niño en un espectáculo de marionetas.
—Hazlo más lento —ordenó—. Que no diga que no tuvo tiempo para arrepentirse.
Le quebraron los dedos con un martillo, uno a uno. Cada crujido era como ramas secas partiéndose bajo los pasos del infierno.
Ellaria gritaba hasta quedar afónica.
—Basta... basta... ¡DÉJENLO MORIR! —chilló.
Entonces, Harald hizo un gesto.
El verdugo dió la estocada final. En el estómago, con una espada.
Silencio.
Sangre por todas partes. En el mármol, en los rostros, en las manos temblorosas de los invitados. Los músicos habían abandonado sus instrumentos. Las copas estaban volcadas. El salón era una tumba.
Ellaria, libre por un segundo, se arrojó hacia él. Cayó de rodillas. Acarició su rostro aún tibio con manos ensangrentadas.
—¡No! ¡Byron! ¡Cúrate, no me dejes! ¡BYRON! —sus gritos rasgaron el aire como cuchillas.
Fue solo un grito quebrado en medio del oro y la plata.
Harald alzó su copa. Su sombra se extendía hasta cubrirla.
—Que se brinde por la reina —declaró—. Y por el amor eterno. ¡Salud!
—¡SALUD! —imitaron los invitados, como marionetas obligados a la aceptación del futuro rey.
Ellaria no lloró más. No gritó. Solo bajó la cabeza, y cuando volvió a alzarla, algo en sus ojos había muerto...
Y en su corona de rosas, el peso de la muerte desvanecía en un espesura que marcaría el inicio de la maldición.
#5092 en Novela romántica
#1322 en Fantasía
realeza romance matrimonio arreglado, princesa tirano mentiras secretos, romance acción drama fantasia aventura
Editado: 11.01.2026