Realeza Eterna

Capítulo 1.

Veinte años después.

Pov. Aldric.

Salgo volando por los aires con el cacareo histérico de Pancho, mi gallo, detrás. Todo cortesía de un robusto zapatero con brazos de herrero y paciencia de santo... hasta hoy. Aterrizo con la gracia de un trapo sucio y levanto una nube de polvo, orgullo... y una ceja torcida.

—¡Si vuelves a acercarte a mi casa, Aldric, será la última vez que uses tus piernas! ¡Y a tu maldita gallina la haré sopa! —grita el zapatero desde su puerta, empuñando una sandalia en cada mano como si fueran dagas de cuero.

—¿Estás bien, Pancho? —le susurro, abrazándolo mientras reviso su ala con ternura. El muy desgraciado me picotea el cuello.

Pancho y yo tenemos una relación compleja. Él no me soporta... pero tampoco me deja solo. La codependencia hecha plumas.

La calle entera nos observa. Algunos ríen. Otros se compadecen. Uno vomita. Me sacudo la capa —ahora con otro agujero, uno más para la colección— y me vuelvo hacia la multitud con una reverencia ridículamente teatral.

—¡Damas y caballeros, el espectáculo ha concluido! ¡No olviden dejar sus monedas en el sombrero del músico!

No hay músico, claro. Pero alguien tiene que mantener viva la ilusión.

Y entonces, como si el día no fuera ya suficientemente fabuloso, una voz estentórea corta el murmullo:

—¡Ahí está el ladrón!

Un hombre corpulento, cara de tomate maduro y un racimo de salchichas en la mano, me señala como si fuera el culpable de todas sus desgracias... lo cual, siendo justos, es probable.

Levanto la vista. Y ahí están.

Los guardias reales.

Avanzan entre la gente con la gracia de un jabalí en celo. Empujan, gruñen y exhiben su autoridad a base de armadura y aliento a cebolla recalentada.

—Mierda —mascullo, y echo a correr.

Mi huida es una coreografía gloriosamente torpe entre puestos de frutas, niños chillando, y carretas de heno con alma de trampa. Pancho me sigue como un misil emplumado, cacareando su odio al universo.

—¡Alto ahí, granuja! —grita un guardia, cuyo bigote parece tener vida propia y estar indignado conmigo.

Me deslizo bajo una mesa repleta de quesos. La mesa se tambalea, y una rueda de queso sale disparada como catapulta. Impacta en el pecho del guardia bigotudo, que resbala y cae de espaldas con un sonoro ¡Oof!

La multitud ríe. Yo también. Pero no paro.

Doblo una esquina justo a tiempo para esquivar a una anciana con un cesto de panes. Me lanza un baguette como quien lanza una lanza. Lo atrapo al vuelo y le doy un mordisco, porque el hambre no se detiene por el drama.

—¡Ladrón de pan! —grita la anciana. Otro título para mis tarjetas.

Los cascos de los guardias retumban tras de mí. Las callejuelas se estrechan. Y mi refugio aparece al final del caos: un viejo barril detrás de la taberna de Gustav. Mi fiel y apestoso escondite.

Me zambullo dentro con Pancho a duras penas. Él me lanza una mirada homicida. Yo le devuelvo una sonrisa cómplice.

Oscuridad. Silencio.

Hasta que una voz conocida interrumpe mi paz:

— Aldric, ¿No puedes pasar un día sin meterte en problemas?

La tapa del barril se levanta. La cara de Kieran, mi amigo de la infancia y actual capitán de la guardia me observa con una mezcla de lástima y resignación. Su armadura brilla con ese esplendor insoportable de los que decidieron tener una vida honesta.

—¿Problemas? —respondo con una sonrisa nerviosa, asomando apenas la cabeza—. ¡Por supuesto que no! Solo estoy inspeccionando este barril. La calidad del roble ha... decaído desde que éramos unos niños.

Kieran suspira. Se frota el puente de la nariz como si yo fuera su jaqueca personal.

—Sal de ahí. Ya.

—¿No me puedo quedar a vivir aquí? Es cálido. Acogedor. No hay impuestos.

—¡No me tientes, Aldric! —exclamó Kieran, y de una patada tiró el barril, sacándome peor que a un gusano y Pancho, sorprendentemente, se aferró a mi brazo como si fuera un paracaídas—. El rey quiere verte.

Los ojos se me abrieron en automático.

—¿Papi rey? —trago saliva. Un escalofrío me recorre la espalda—. ¿Y... mencionó por qué?

Kieran no responde. Solo me lanza una mirada como diciendo: "Ya sabrás".

De nuevo, el mismo teatro de siempre. Cuatro guardias a mi lado, una soga floja en mis muñecas —más decorativa que efectiva—, desfilando por la ciudad como si fuera el bufón real. Pancho, por supuesto, con el pico atado. Casi lloro de risa cuando uno de los soldados intentó ponerle un bozal.

Un niño pequeño, con los mocos colgando, me señala y grita:

—¡Mira, mamá, el bufón!

Le guiño un ojo con complicidad.

—Así es, pequeño. ¡Y un día serás tan genial como yo

Su madre me mira como si le acabara de desear la lepra a su hijo.

Los cuchicheos no tardaron en llegar. Algunos nobles escondían sus sonrisas tras copas de vino, otros apenas disimulaban las burlas. Entre ellos, una mujer con demasiadas joyas y aún más rencor. Su mirada me atravesó como una daga.

—Hola, Diana —saludé con la sonrisa más amplia que pude reunir...

—¡Púdrete, Aldric! —escupió ella—. ¡Soy Marianna!

—Oh...

A mi lado, Kieran se llevó una mano al rostro, ocultando a duras penas una risa que le temblaba en los hombros.

— Aldric — empezó el rey con tono grave, su voz rebotando entre las columnas—, tus... travesuras han llegado demasiado lejos.

— Majestad, si me permite defenderme—intervine con mi mejor sonrisa de inocente—, no fue mi culpa que la señora prefiriera mi compañía al de su esposo. Uno no puede luchar contra el destino... ni contra el aburrimiento conyugal.

El perro a los pies del rey soltó un pequeño ladrido. Moviéndome la colita.

Lo señalé con dramatismo.

—¡Ah, lo ve, mi Rey! ¡Su propio perro me entiende!

—El Concejo está harto —continuó el rey, frunciendo el ceño—. Los comerciantes amenazan con huelgas, los nobles exigen represalias y... mi jardinero asegura que tú le robaste las herramientas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.