La torre era todo lo que uno no esperaría para una princesa.
Alta, sombría, y tan silenciosa que hasta un mimo se habría echado a llorar.
Los cuervos —dramas alados— giraban en círculos sobre la cima, graznando como heraldos de tragedias inevitables.
Con razón nadie quiere venir aquí.
Hasta las gárgolas parecen tener estreñimiento crónico.
Y yo, en el carruaje más incómodo del reino, me aproximaba a ese monumento a la soledad con una bolsa en la cabeza, las muñecas atadas y los tobillos inmovilizados. Custodiado por tres guardias... y una ironía monumental:
Pancho también venía encapuchado.
—Entiendo que me tapen la cabeza... ¿pero al gallo también? —me quejé, con el tono de quien ya ha aceptado su destino, pero aún no ha perdido su dignidad.
Pancho cacareó en tono solidario, como diciendo "¡injusticia!"
Tomaban precauciones absurdas, como si tuviera un as bajo la manga para zafarme y salir volando con mi plumífero compañero.
—¿Temen escape volando sobre él?
—¿Quieres que te ahogue? —gruñó uno de los guardias.
—¿Depende, es con vino?
Kieran, que iba sentado al frente, suspiró tan fuerte que hasta los caballos giraron las orejas.
—Aldric... —dijo con ese tono cansado que solía usar cuando yo traía problemas—. Por los dioses, cállate.
—¿Saben que puedo ver a través de la tela, ¿verdad? —agregué, mirando las sombras deformes de los árboles que pasaban—. Hay árboles muertos... animales muertos...
— Y el próximo muerto serás tú si no te callas — avisó mi mejor amigo, Kieran, con un tono que casi sonaba a advertencia sincera.
—Lo sabía —resoplé—. Ser hombre de ley te quitó el sentido del humor. Seguro también vendiste tu risa por un título nobiliario.
Apostaría cualquier cosa a que rodó los ojos detrás de su yelmo.
No importaba. Mi destino era el mismo.
La torre.
Ese lugar al que ni los valientes se atrevían a mirar demasiado. Preferían morir en batalla, decapitados por bandidos, antes que ascender por esos escalones solitarios a compartir días con ella.
La princesa.
El misterio mejor guardado del reino.
Dicen que creció más hermosa que la aurora y que sus ojos hacían palidecer a la luna llena.
Una belleza enjaulada.
Una persona, sacrificada por el bien común.
La lógica de la realeza siempre me había parecido un poco... excesiva.
Finalmente, el carruaje se detuvo con un chirrido seco. La puerta se abrió de golpe, y el aire helado de la base de la torre me golpeó como un puñetazo. Los guardias me arrastraron hacia afuera con la sutileza de una manada de bueyes. En medio del tambaleo torpe, una mano me arrancó a Pancho del brazo.
—¡Oye! ¡Suéltalo! —grité, sacudiéndome como un poseso hasta que el saco cayó de mi cabeza. Las cuerdas raspaban mi piel mientras forcejeaba.
Mi gallo, mi pobre pancho, soltó un cacareo desesperado mientras un guardia corpulento lo sujetaba con rudeza. Él no entendía nada, solo sabía que algo estaba mal.
El gallo batió sus alas frenéticamente, sus patitas arañando el aire mientras intentaba liberarse. Era el sonido más desgarrador que había escuchado en mi vida, peor que cualquier sentencia de muerte.
—Aldric, ¡cálmate! —ordenó Kieran.
Pero ya era tarde.
Con un movimiento reflejo, le di un codazo al guardia más cercano. Su nariz crujió como rama seca, y en el mismo impulso, logré girar el cuerpo y alzar los brazos hacia la espada de su compañero. El filo rozó las sogas de mis muñecas. Las cuerdas cayeron.
—¡Es mi compañero! ¡Mi amigo! ¡No pueden hacerme esto! —supliqué, dando un paso tembloroso hacia Pancho. Las espadas salieron al unísono con un clink metálico.
El filo brilló frente a mis ojos. Nadie hablaba. Solo Pancho seguía cacareando, sus alitas agitadas y su mirada confundida, como si no entendiera por qué el mundo había decidido volverse en su contra.
—¡Devuélvanmelo! ¡Es solo un gallo! ¡No le hará daño a nadie!"
En ese instante, Kieran se acercó, su rostro marcado por una tristeza que nunca le había visto. Sujetó la mano del guardia que sostenía a Pancho.
—Déjame a mí. Yo me encargo de él.
El guardia asintió y le entregó a mi polluelo. Pancho, al sentir la mano de Kieran, dejó de forcejear un poco, como si reconociera un rostro familiar.
Mis ojos se encontraron con los de Kieran. Su expresión era de una pena genuina, una que solo un amigo de toda la vida podía sentir.
—Aldric... —comenzó, su voz apenas un susurro—, iré a tu casa, me aseguraré de que esté bien. Lo cuidaré, te lo juro. Estará seguro. Solo... no lo hagas más difícil.
Me quedé congelado.
La garganta se me cerró, y un nudo invisible me apretó el pecho.
—Kieran... no... por favor... —apenas pude decir, viendo a Pancho en sus brazos, mirándome con sus pequeños ojos, como si me preguntara por qué lo dejaba.
Era la primera vez en mucho tiempo que sentía que algo se me rompía por dentro.
Kieran me dio una mirada de disculpa, una que me decía que lo lamentaba de verdad.
Luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se alejó con Pancho, mi gallo, mi sombra emplumada, mientras los guardias me empujaban brutalmente hacia la ominosa puerta de la torre. Vi su cresta roja desaparecer de mi vista, y por un momento, me sentí completamente solo.
Y el mundo, por un instante, dejó de tener color.
El chiste se había acabado.
La comedia se había desvanecido.
Pancho ya no estaba conmigo.
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Editado: 11.01.2026