La puerta crujió con un lamento macabro cuando los guardias me arrojaron dentro de la torre. El chirrido metálico se apagó con un golpe seco al cerrarse, como si el mundo decidiera tragarse el eco de los gritos de Pancho junto con mi dignidad.
Apenas di un paso dentro, una daga surcó el aire directo hacia mi cara. El silbido fue tan agudo como un suspiro asesino.
Me agaché justo a tiempo —más por reflejo instintivo que por valentía— y el arma se clavó entre las piedras detrás de mí con un ¡thunk! que hizo eco en mi médula.
—¡Demasiado cerca! —murmuré, sintiendo el aliento helado de la muerte acariciar mi oreja.
—¡¿Quién demonios eres y qué haces aquí?! —gritó una voz desde las sombras, helada y punzante como el filo que casi me decapita.
Emergió entre la penumbra una figura esbelta, con otra daga ya en mano.
Su cabello era más blanco que una oveja bebé y caía en cascadas hasta el suelo, un contraste extraño con la penumbra. Pero sus ojos, vendados de una forma tan siniestra con una gruesa tela oscura, me hicieron reconsiderar mi misión.
¿Qué tanto duele si te cortan la cabeza?
Una pregunta filosófica, sin duda, pero no la que esperaba plantearme en mi primer día de trabajo.
— Woah. Princesa, le ruego calma — dije, levantando las manos en señal de paz—. Me temo que este sea el recibimiento más cálido que he tenido en años. Soy Aldric, bufón de la corte, pero para usted el nuevo... uh... "asistente personal" que tu padre ha tenido la amabilidad de enviarte para... acompañarla.
La sonrisa me salió un poco forzada esta vez.
Ella bajó ligeramente la daga, no tanto como para dejarme tranquilo, pero al menos no estaba volando hacia mi cabeza.
—¿Bufón? —repitió con un tono que podría arrancarle la piel al ego de un dragón—. Déjame adivinar... otro de los brillantes caprichos de mi padre.
—Capricho, sí. ¿Idiota? Bueno... eso depende del contexto —respondí con una sonrisa ladeada que esperaba fuera encantadora y no irritante—. Soy más un paquete de bienvenida que no pidieron. Y déjeme decirle, princesa, que su técnica con la daga es impecable.
Mientras no me apunte aún mejor.
— No me adules, arrastrado
Auch.
Ni el mercenario más soez me había insultado tanto.
—¿Qué clase de broma es esta? Hace mucho que no veo a mi padre.
Sí, se nota que no lo ve.
— Es una broma, ciertamente, pero no mía. No soy tan retorcido como su padre — repuse, dando un paso cauteloso hacia adelante, con los ojos fijos en la daga—. ¿Sabe cuál es la tragedia más grande de esta torre?
Lyria me analizó con el entrecejo fruncido, aun sujetando su daga.
— Déjame adivinar: tú.
Sonreí, encantado con su mordacidad.
— ¡Exacto! Pero no se preocupe, mi presencia mejora con el tiempo. Como un buen queso añejo.
—Odio el queso —replicó, con un tono tajante.
Lyria bajó la daga, aunque no del todo. Al menos había avanzado un poco.
— ¿Y qué se supone que debo hacer contigo? — preguntó, cruzándose de brazos.
— Le tengo muchas respuestas, pero todas me llevarían a la horca — no pude evitar morderme los labios con las imágenes que pasaban por mi cabeza—. Puede ignorarme, aunque soy terriblemente persistente. O puede disfrutar de mi encantadora compañía.
Lyria chasqueó la lengua, pero al menos ya no parecía lista para matarme. Aproveché la tregua.
— Por cierto, princesa, ¿no cree que esta torre necesita algo de vida? Unos cojines de colores, tal vez... o un par de gatos para mantener el ambiente interesante.
— ¿Gatos? — repitió, arqueando una ceja—. ¿Por qué gatos?
Hice un gesto desinteresado con las manos, aun sabiendo que no me veía.
— No lo sé, los chinos los codician mucho últimamente.
— Ha de ser que descubrieron algo interesante en ellos.
— Como su sabor...
Lyria entreabrió los labios carmín con horror, pero no pudo evitar una ligera sonrisa. Fue pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
La tarde transcurrió entre silencios molestos, relatos de la historia de mi vida (aderezados, claro, para hacerla más emocionante) y observaciones mordaces.
Había muchas cosas de valor aquí: joyas, tapices, un candelabro que probablemente valía un reino. Sin embargo, robarle a la realeza llevaría a un destino mucho peor que la muerte. No soy tan tonto. Además, la pérdida de Pancho me había dejado un vacío. No tenía ganas de más problemas.
Descubrí que Lyria tenía un ingenio tan afilado como sus dagas y una capacidad infinita para ridiculizar mis intentos de animarla. Era como un juego de tenis verbal donde ella siempre tenía el último y más letal golpe.
— Dime, Aldric — dijo en un momento, sentándose en el borde de la ventana con el viento flotando en su pelo—, ¿qué hiciste para merecer esto?
— Oh, nada extraordinario — respondí, tirándome en su sofá de su habitación, que curiosamente, era el único mueble que parecía medianamente cómodo—. Solo un pequeño malentendido con un hombre celoso y su esposa demasiado amable.
Ella bufó, más divertida que indignada.
No respondió, aunque la ligera curva en sus labios me dio la respuesta que necesitaba.
Quizás, solo quizás, esta torre no sería tan aburrida después de todo. Aunque extrañaba a Pancho con cada fibra de mi ser, la idea de sacarle una sonrisa a esta princesa... era un nuevo desafío.
— Aldric — dijo Lyra de pronto, arrugando la nariz con un gesto de fastidio—, no puedo soportarlo más. Vas a bañarte ahora mismo.
— ¿Qué? — me llevé una mano al pecho, fingiendo ultraje mientras me olía la camisa—. ¡Pero si este es mi aroma natural!
— Hueles como si hubieras dormido en un gallinero.
— Técnicamente lo hice una vez — respondí, levantando los brazos como si fuera un logro digno de cantar en las tabernas.
Lyra entrecerró los ojos y se cruzó de brazos, exhalando con impaciencia.
— No pienso soportar ese hedor ni un minuto más. Vas a bañarte. Ahora.
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Editado: 11.01.2026