La semana era perfecta para la princesa y para mí. Lyria, con su eterna expresión de fastidio detrás de la venda en sus ojos, estaba sentada frente a mí, con una postura impecable, como si fuera la mismísima reina.
Hasta que tocaron a la puerta
El guardia entró con la canasta a medio cubrir por un paño blanco y la dejó sobre la mesa. No se marchó de inmediato; se acomodó en la puerta con una sonrisa torva, como si esperara algo más que la simple entrega.
—Si quieres que la próxima vez me moleste en traerte pan caliente, tendrás que pagarme con algo más que buena cara —dijo, rascándose la barba—. Ya sabes...
Levanté una ceja. Esa era la moneda corriente en aquel encierro: palabras. Al final, los guardias resultaban más hambrientos de rumores que de vino. Yo les daba una lista y yo compraban lo que quiera. Nunca había tenido tanta comida como ahora.
—¿Qué quieres saber esta vez? —pregunté mientras revisaba el contenido de la canasta.
—Kieran —respondió sin dudar—. Dicen que anda metiéndose donde no debe. ¿Qué sabes tú?
Le conté lo justo: que algunos lo habían visto merodear el río, que otros lo relacionaban con discusiones en la taberna, nada que no se supiera ya, pero al ser yo quien lo confirmara, lo hacia mas veras.
Eso y uno que otro rumor falso hacia su hombría solo para molestarlo un poco para que cuando llegue a sus oídos, no tarde nada en deducir que soy el responsable.
No conté nada demasiado comprometedor, pero si lo suficiente para calmar la curiosidad del guardia. Él asintió con esa satisfacción vulgar de quien cree haber conseguido un tesoro, y salió dejando tras de sí un olor a hierro y sudor.
No me di cuenta de que Lyria había escuchado hasta que su voz, suave y clara, cortó el aire.
—¿Cuándo te irás de aquí? —preguntó sin rodeos, como si hubiese metido el pie en un charco.
Me giré hacia ella, sorprendido por ese repentino interés. Sus ojos vendados, los sentía expectantes.
—Por la canasta de comida, me temo que no será ahora —respondí, guardando las provisiones en la alacena con una parsimonia que no engañaba a nadie.
Y para no lastimar mi susceptibilidad, preferí creer que se refería a la sala de estar de la torre y no a la torre en sí, porque... bueno, si regreso al reino, ya no estaría contando esta historia. Estaría colgando de un árbol, probablemente.
— Prometo que no se arrepentirá de mi presencia, princesa — animé, tomando asiento a los pies de su taburete frente al fuego.
Es una audiencia difícil, sí, pero también la más interesante de todas a las que me he enfrentado. Nadie me había amenazado con una daga al iniciar una conversación en mucho tiempo.
— ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? — su tono era tan seco que sentí que mi dignidad estaba siendo exfoliada.
Mi laúd respondió por mí.
— Había una vez — comencé, adoptando una voz profunda y solemne—, tres adorables puerquitos. Vivían en un pueblo de ensueño, donde todo el mundo tenía colesterol alto porque, obviamente, los cerdos eran famosos por su dieta equilibrada. Eran tan regordetes que parecían almohadas con patas. Uno se llamaba Panceta, otro Chorizo, y el tercero hermano, el pequeño Chicharrón
Primera sonrisa: conseguida. Fue un tirón minúsculo en la comisura de sus labios, casi un tic, pero yo lo conté.
— Uno, el buen Panceta, decidió construir su casa con paja. Claramente, era lo primero que tenía a la mano y no entendía los conceptos básicos de resistencia al viento, ni de, ya sabes, la lógica. Otro, el aventurero Chorizo, optó por madera, algo que pudo haber funcionado de no ser por el ardiente Dios Ra y su particular afición por los incendios forestales. Y el tercero... ¡oh, el tercer puerquito! Chicharrón. Era el más listo. Construyó una casa de ladrillos tan sólida como la misma torre que la mantiene cautiva. Pero ¿adivine, princesa?
Hizo una leve inclinación con la cabeza. Tenía su atención. Le estaba gustando, estoy seguro.
Eso o estaba planeando cómo clavarme esa daga en el hígado mientras yo seguía hablando.
— Un día, llegó un lobo con un gran apetito, y lo que siguió fue un espectáculo culinario digno de un festín real. Los tres cerditos, tras el ataque del lobo, fueron enviados a la parrilla. Fin.
— ¡Así no es la historia! — objetó Lyria, alzando una ceja invisible bajo esas vendas.
Su voz tenía un toque de indignación que me pareció adorable.
— Shh — dije, agitando una mano—. Es mi versión. Mucho más... interesante.
Ella exhaló con fuerza, pero no dijo nada. Supuse que mi interpretación había sido tan brillante que quedó sin palabras. O quizá estaba considerando seriamente cómo matarme sin dejar rastros.
Ambas opciones eran posibles y, con Lyria, igual de probables.
Continué con entusiasmo desmedido, dándole un nuevo rasgueo al laúd
— Entonces el lobo, que claramente era un gourmet en potencia, decidió que quería cerditos bien sazonados. Y...
— ¿Gourmet? Aldric, me preocupa profundamente que nadie haya intentado golpearte —su tono era una mezcla de incredulidad y un leve... ¿diversión?
— Varios lo han conseguido, princesa, créame. Hay una enooooorme fila de pueblerinos queriendo ver mi cabeza rodar. Diría que es casi un deseo nacional, mi ejecución
— ¿Y qué ha evitado esa hazaña? —preguntó, con un toque de sorna en su voz.
Con mucho orgullo respondí:
— Su padre, el rey — eso, le quitó la sonrisa socarrona.
Toda expresión en su enigmático rostro se desvaneció. Quedó un silencio en el que solo se escuchaba cómo la madera de la chimenea se consumía con el fuego, tomé mi laúd. Mis dedos, casi por instinto, comenzaron a deslizarse sobre las cuerdas; creo que seria un buen momento para calentar el ambiente.
La sonrisa socarrona se le borró de inmediato, como si hubiera sido arrancada de golpe. Su rostro enigmático quedó vacío, carente de toda expresión. El silencio se hizo pesado; solo la leña crujiendo en la chimenea parecía tener el valor de romperlo.
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Editado: 11.01.2026