Realeza Eterna

Capítulo 5.

La torre era un lugar solitario, demasiado solitario incluso para alguien acostumbrado al caos como yo. Desde que me habían apartado de Pancho, me sentía como un bufón sin escenario, un gallo sin coro. Para no enloquecer, decidí crearme compañía... en objetos inanimados.

—Gustav, no vas a creer lo que me ha dicho hoy el concejo —susurré a la gárgola de la repisa—. Que mi sentido del humor es comparable al de una roca.

Gustav, por supuesto, no respondió. Le eché un vistazo crítico y asentí con solemnidad. "Te entiendo, amigo".

—¡Ya te volviste loco! —la voz de Lyria cortó la quietud, saliendo de la penumbra. Sus vendajes cubrían los ojos, pero su tono firme y exasperado no podía ocultar un atisbo de curiosidad.

—Tiene temas más interesantes que usted, princesa —respondí, inclinándome ante la escoba como si fuera mi nuevo consejero—. Gustav aquí es un oyente impecable.

Ella bufó, pero no se marchó. Eso ya era una victoria.

—Por favor... dime que no tienes conversaciones profundas con la lámpara también —dijo, cruzando los brazos, la voz teñida de incredulidad.

—¡Ah! La lámpara solo habla de iluminación existencial. Muy filosófica, ¿sabe? —respondí, guiñándole un ojo—. Pero nunca interrumpe... a diferencia de cierto par de ojos vendados que conozco.

—¿Y con las gárgolas también?

—Por supuesto. Son excelentes oyentes y nunca interrumpen... a diferencia de cierto par de ojos vendados que conozco —repuse, guiñándole un ojo, haciendo un gesto dramático hacia sus vendajes.

Pude notar una sonrisa que luchaba por asomar. Un pequeño triunfo para mí, pensé. A veces, la torre no estaba tan vacía después de todo.

Justo cuando me disponía a contarle a Gustav mis desgracias amorosas y cómicas, un estrépito irrumpió en la habitación.

—¡Un pájaro! —grité, señalando al ave que había entrado por la ventana y revoloteaba como un loco, batiendo sus alas en un caos improvisado.

—¡Aaaah! — exclamó Lyria, retrocediendo en pánico y chocando con la pared. Sus vendajes la hacían torpe, y casi tropieza, dejando escapar un pequeño gemido de frustración.

El pájaro, herido, se estampó contra la pared y cayó temblando sobre el suelo. El ruido de su pequeño cuerpo al tocar la madera resonó en la torre como un eco extraño y metálico. Sin pensarlo, me lancé a recogerlo, agachándome con rapidez mientras el corazón me latía en la garganta.

Lyria, guiada por la curiosidad y la desesperación, se acercó con pasos cautelosos, apoyándose con cuidado para no hacer ruido. Su respiración era apenas un susurro, y cada movimiento parecía medir el espacio entre su torpeza y la necesidad de ayudar.

—Tranquilo... —susurré al ave, envolviendo sus alas temblorosas con delicadeza—. No vamos a dejar que nada te pase.

Lyria extendió sus manos, también temblorosas, y lo tomó con delicadeza, como si sostuviera un tesoro frágil. Nuestros dedos se rozaron al mismo tiempo mientras lo envolvíamos en un paño limpio. Por un instante, un calor extraño se coló entre nosotros, disipando un poco la frialdad de la torre.

—No sabía que... —comenzó Lyria con un hilo de voz—. No sabía que podías cuidar algo así.

—Oh, princesa... —dije, con el corazón acelerado, incapaz de ocultar la sonrisa—. Hay muchas cosas que no sabe de mí.

El pájaro se acurrucó en su pecho, confiado. Por primera vez, la torre dejó de sentirse fría y desolada. Gustav, desde su repisa, parecía observar con aprobación silenciosa, como si comprendiera que incluso los corazones más caóticos podían encontrar compañía... aunque fuera en un ave herida y una princesa con vendas.

Pasamos la tarde curando al pájaro. Me incliné sobre la mesa improvisada, colocando un pequeño cuenco con agua, mientras Lyria se agachaba para acercarle el ave. Sus vendajes rozaban la madera y yo no podía evitar notar cómo se concentraba, con los labios apretados y las cejas fruncidas, en un gesto que la hacía ver menos princesa distante y más humana, vulnerable.

—Cuidado... —susurró, inclinando la cabeza.

—Yo no soy el que está a tres centímetros de su cara—dije, mientras le daba un sorbo de agua al ave con una pajilla improvisada y automática se hecho para atrás.

El pájaro picoteaba el cuenco torpemente, y sus alas batían con un ritmo irregular que nos hacía saltar cada vez que perdía el equilibrio.

Es igual a Pancho cuando era polluelo.

La tarde continuó, y mientras el sol caía detrás de los muros de la torre, la luz dorada se colaba por la ventana, iluminando nuestras manos y el pequeño cuerpo de Plumitas el Viento. Por primera vez, la torre no parecía un lugar de aislamiento: era un espacio de compañía, de risas y de pequeñas victorias compartidas.

Me sentía mas cercano a la princesa.

Lyria no era solo la princesa aislada y distante; era alguien capaz de ternura, humor y complicidad. Cada gesto suyo, cada sonrisa tímida, hacía que la torre se sintiera más cálida, más viva, y que yo quisiera permanecer allí un poco más, compartiendo ese instante inesperado de calma y cercanía.

Cuando el sol comenzó a caer, la luz dorada se filtraba por la ventana, iluminando nuestras sombras en la pared de piedra. El pájaro, finalmente tranquilo, descansaba en la pieza de Lyria, y por primera vez en mucho tiempo, la torre se sintió como un hogar.

Pero el día siguiente trajo un golpe inesperado a mi corazón:

El mismo pájaro que con tanto esmero habíamos cuidado, cocinado por Lyria, fue servido ante mí en un pequeño plato. Su rostro era completamente impasible mientras lo colocaba frente a mí.

—¿Qué... qué es esto? — balbuceé, sintiendo que el corazón se me hundía en el pecho.

—El desayuno, Aldric —dijo con total indiferencia.

—¿Qué le hiciste?

Ella levantó los hombros con calma, como si estuviera resolviendo un problema cotidiano.

—Era parte del plan, ¿no? —dijo, con su tono habitual de indiferencia—. No pretendía quedármelo. Era solo un ave.




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