Las tardes en la torre tenían un sabor agrio de eternidad. Yo, condenado a hacer reír a quien parecía inmune a cualquier chiste, pasaba mis horas inventando ocurrencias que ni las gárgolas soportaban.
—¡Vamos, Monsieur! —le decía a la gárgola que tenía la boca abierta en una mueca petrificada—. ¿No piensas reírte? ¡Ni un pequeño resoplido de piedra!
El eco de mi voz rebotaba por las paredes mientras la princesa, recostada en el alféizar, hojeaba un libro con gesto hastiado.
Un suspiro, apenas audible, se escapó de sus labios. Yo lo tomé como una risa disimulada. Una pequeña victoria en medio de tantas derrotas.
Cuando cayó la noche y la campana de la cena retumbó en la distancia, el silencio regresó. La mesa estaba servida con la misma ceremonia de siempre, pero el aire era tan solemne que me daban ganas de clavarle chistes a los platos.
Fue entonces que decidí aprovechar el momento de quietud para hacer una pregunta que me carcomía desde que llegué. Una que, honestamente, me había estado picando más que una pulga en un colchón de lana virgen.
Me incliné hacia ella, con una sonrisa ladeada.
— ¿Puedo preguntarle algo, princesa?
— No —respondió Lyria. Así, sin más. Un monosílabo tajante.
Eso, debo admitir, me dejó un poco descolocado. No me lo esperaba. Sin embargo, no me detuve.
— ¡La haré de todas formas! — continué con firmeza, sintiendo que era ahora o nunca—. ¿Por qué usa vendas?
Por primera vez en toda nuestra conversación, la atmósfera cambió. El aire se volvió frío, casi gélido, a pesar del fuego crepitante. Lyria esbozó una sonrisa. No era una sonrisa amable ni divertida. Era una sonrisa tan angelical que era imposible no sentirla terriblemente macabra, como la de una muñeca de porcelana justo antes de romperte el cuello. Mis instintos de supervivencia me gritaban que había pisado un terreno peligroso.
— Contésteme usted una pregunta primero: ¿ahora está el sol o la luna? — su voz era como una melodía envenenada, dulce y mortal al mismo tiempo. Cada palabra parecía teñida de un matiz oscuro, como si escondiera.
— El sol — respondí, extrañado por el cambio de tema. Miré hacia una de las altas ventanas, donde un haz de luz confirmaba mi respuesta
Lyria se inclinó ligeramente hacia adelante, y la penumbra de la torre pareció crecer a su alrededor, sus palabras resonaron con un peso que no esperaba.
— Espere a que salga su hermana, y entenderá por qué llevo diez años con los ojos vendados, sin saber si es de día o de noche.
Me quedé inmóvil, mi mente atrapada entre querer saber más y desear huir despavorido, correr tan lejos que ni mi sombra me alcanzara. ¿Qué hermana? ¿Por qué mencionar a la luna de esa forma tan inquietante?
Mi sentido común me decía que cambiara de tema, pero mi curiosidad era como un gato suicida.
— ¿Y si mejor nos saltamos la parte tenebrosa y me ayuda a entenderlo mejor? — propuse, tratando de inyectar algo de ligereza en la conversación.
— Que tenga buenas noches, bufón — respondió Lyria, levantándose con la elegancia de una reina, su figura esbelta desapareciendo entre las infinitas escaleras que llevaban a su habitación.
El silencio que dejó su partida me resultó insólitamente espeluznante. Era distinto al silencio hueco que quedó cuando Pancho se fue; este tenía un peso, una vibración casi imperceptible, como si los muros estuvieran respirando conmigo. Como si algo —o alguien— me estuviera observando desde los rincones oscuros de la habitación.
Nunca pensé que una noche sin dormir pudiera pasar tan rápido y tan lento al mismo tiempo. Me sentí como si hubiera estado despierto una eternidad, y a la vez, el amanecer llegó antes de que pudiera procesar la conversación con Lyria.
Que mujer tan retorcida.
Mis ojos estaban abiertos de par en par, enfocados en las sombras danzantes de las velas mientras mi mente repasaba una y otra vez las palabras de la princesa.
¿Por qué no puedes simplemente ignorar las advertencias, Aldric?
Me regañaba mentalmente. Pero, claro, no podía. Uno no ignora algo que viene de una mujer.
La torre, con sus largos pasillos de piedra fría, era un lugar tan acogedor como un ataúd vacío.
Lyria irrumpió en mi habitación sin más aviso que el ruido de la puerta abriéndose despacio. Su rostro mostraba esa habitual mezcla de burla y desprecio, como si yo fuera un insecto particularmente molesto.
— ¿No dormiste? — preguntó con una ceja arqueada.
— No, gracias a ti, y tu historia de terror.
— ¿Historia de terror? —replicó, cruzándose de brazos. Su vestido, que parecía una amalgama de telas...
— ¡Lo digo con todo respeto! — me defendí con sarcasmo.
— Tu respeto parece más bien un insulto a mi realidad.
Ahí estaba. Esa chispa de humor negro que, aunque hiriente, tenía un encanto peculiar. Era como una patada bien dada; dolorosa, pero con técnica.
— ¿Por qué no preguntaste más? — soltó de repente, rompiendo mi cadena de pensamientos.
Mis instintos me dijeron que eligiera con cuidado mis palabras. Por supuesto, los ignoré.
— Porque temía que me lanzaras otra de tus metáforas amenazantes y, honestamente, ya tengo suficiente con intentar no morir aquí.
Estoy empezando a creer que la horca sería un destino más amable
Para mi sorpresa, en lugar de herirme con otra réplica, su expresión se suavizó. Algo en ella cedió. Caminó hacia la ventana, con mi mirada encima de ella. La luz de la mañana se filtraba por las rendijas, iluminando el polvo danzante en el aire.
Parecía un fantasma.
— ¿Por qué no preguntas lo que te tiene tan inquieto? - susurró, su voz ahora más suave
— ¿Para qué preguntar si tu respuesta será más críptica que un acertijo barato? — respondí.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que me recordaba a un gato que acababa de encontrar una presa particularmente patética.
— Cuando mi padre ascendió al poder, cometió un error — empezó, sentándose en el marco de piedra— . Uno que cambió el destino del reino.
>> Una noche, un hombre llegó al castillo buscando asilo de la tormenta. Mi padre, en su arrogancia, lo rechazó. Nunca imaginó que ese mendigo fuera un hechicero tan rencoroso y como venganza: maldijo al reino.
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Editado: 11.01.2026