Si ser bufón tiene algún lado positivo, es que siempre puedes fingir valentía mientras estás a punto de desmayarte del miedo.
La torre olía a madera vieja, polvo y algo más... algo que se pegaba a la garganta y hacía que uno tragara con dificultad. Avancé despacio, midiendo cada paso. Mis botas crujían con un sonido exagerado, como si quisieran delatar cada movimiento.
Llegué a una puerta de madera gastada. No me detuvo la edad del material ni el chirrido predecible de sus bisagras, sino las marcas talladas en la superficie. Me agaché, entrecerrando los ojos.
—Bueno... esto huele a desastre —murmuré, acercando la nariz como si pudiera oler la tinta de los grabados.
Al principio, parecían dibujos infantiles: casitas torcidas, árboles con ramas en forma de garabatos, un sol sonriente que parecía un huevo frito con problemas existenciales. Me reí por lo bajo, aunque el eco se tragó la broma antes de llegar a mis oídos.
Pero a medida que mis ojos se adaptaban a la penumbra, descubrí algo más. En cada esquina de cada dibujo había una figura oscura. No eran simples sombras: eran cuerpos retorcidos, ojos vacíos como pozos, bocas abiertas en un grito que nunca sonaba.
Me incorporé lentamente, la boca seca.
—¿Qué... demonios? —murmuré, pasando los dedos por uno de los trazos como si fueran cicatrices.
La mano que lo dibujó había temblado, y ese temblor había quedado grabado para siempre en la madera.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Lyria, la altiva, la impecable princesa que siempre me miraba como si fuera estiércol con patas, había vivido con esto desde niña. Y ahora yo lo sabía.
Nadie debía saberlo. Nadie. Guardé ese secreto como si fuera un veneno precioso.
—¡Aldric! —la voz de Lyria retumbó en las paredes de la torre. Cortante, impaciente... y, ¿era posible? ¿una pizca de necesidad?
Me enderecé de golpe, cerré la puerta con un golpe seco y traté de borrar de mi rostro la impresión que aún me recorría. Bajé las escaleras casi a los tumbos, como si el suelo ardiera.
La encontré en el piso de la alacena, sentada con la rigidez de una reina en un trono improvisado. Aun en la penumbra, parecía una pintura: el cuello erguido, las manos delicadas, aura angelical.
—Vaya, princesa—dije con una reverencia exagerada—. Desde mi perspectiva se ve muy... ¡inefable! Es usted de otro mundo.
Me lanzó una mirada por encima de su venda.
¿Fui muy obvio?
—¿Por qué tardaste tanto en bajar? ¿Hablaba con las gárgolas otra vez? ¿O estabas admirando tu reflejo en alguna botella vacía?
—Ninguna de las dos, princesa —respondí con una sonrisa torcida—. Estaba muy inspirado, pensando en usted y debatiéndome entre componer una canción o escribirle un poema.
Lyria suspiró, impaciente.
—Deja tus tonterías, Aldric. Tengo hambre —dijo finalmente, con un tono que mezclaba fastidio y autoridad.
La miré con una ceja arqueada.
—Está bien, veamos qué tesoros guarda su gloriosa despensa —respondí, abriendo las alacenas como un prestidigitador que intenta sacar conejos de un sombrero vacío—. Su bufón es también chef, cuando se lo propone.
Me puse manos a la obra. No era mucho, pero con un poco de ingenio convertí los restos en una sopa improvisada. Mientras el vapor llenaba el aire con un olor medianamente decente, ella suspiraba, cada vez más impaciente.
—¿Cuánto tarda en hervir un poco de agua? —bufó.
—Tanto como tarda usted en sonreír sin desprecio, princesa. Una eternidad.
Creo que me lanzó una mirada asesina, pero no replicó. Cuando finalmente serví la sopa en dos cuencos desiguales, puse el mejor frente a ella y el más cascado delante de mí.
—Su excelencia —dije con un ademán solemne—, la cena está servida.
Ella probó un sorbo y arrugó la nariz.
—Está... pasable —dijo con desdén.
—Te queda bien eso de comer como una plebeya. Más humana. Casi... adorable.
—Cállate, Aldric —dijo, aunque sus mejillas se habían encendido apenas.
Comimos en silencio. Yo bebía la sopa con un disimulo casi cómico, y ella sorbía en pequeños bocados, aunque no tardó en dejar de fingir modales. El hambre le arrancó una ferocidad que habría avergonzado a cualquier dama de corte. Cuando terminó, se limpió los labios con un gesto poco refinado, casi vulgar, y entonces habló, mirándome de frente:
—Eres irritante, Aldric. Insolente, torpe... y aun así, muy talentoso.
Me quedé quieto, con la cuchara en la mano.
—Gracias, princesa. Siempre soñé con un epitafio tan entrañable.
Ella no rió. Se inclinó apenas hacia mí, bajando la voz.
—Aldric, dime la verdad... —dijo, inclinándose hacia mí, pero lo único que veían mis ojos eran sus pechos asomándose—. ¿Por qué sigues aquí? Podrías haber huido hace mucho.
Levanté la vista, sorprendido por la franqueza repentina.
—Por loco que parezca, hay algo en esta vida que se llama lealtad. La misma lealtad que le tiene un perro a su dueño. Le soy devoto a su padre, aun cuando me haya confinado a esta maldita torre, con usted —respondí con media sonrisa.
—Suena a que le tienes miedo.
No sé si fue idea mía, pero sentí cierto reto a sus palabras.
—Miedo sentiré cuando tenga que ver al fantasma con mis propios ojos —respondí con seguridad. No era mentira. Avisada estaba—. Le aseguro que justo ahora el guardia número 2 está detrás de un árbol cagando. En cuanto cambien de turno, el guardia 1 dormirá, el segundo es tan perezoso y confiado que tomará la misma siesta de 40 minutos; lo que me dará suficiente tiempo como para agarrar los objetos de valor de esta torre, tomar su caballo e irme a dos pueblos lejos de aquí.
si pudiera mirarla a los ojos, vería mi atractiva sonrisa triunfal.
—Eso es lealtad, princesa. Un acto de rebeldía contra la conveniencia. Tener el poder de traicionar a otros y no hacerlo.
Ella se quedó inmóvil, en silencio. Sus labios no temblaron, pero la intensidad de su mirada escondida tenía un matiz de incomodidad mezclado con... ¿respeto? Tal vez. O tal vez solo seguía con hambre de mi magnífica sopa.
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Editado: 11.01.2026