La primera vez que vi a Lyria, la princesa encerrada en su altiva torre, supe que mi existencia nunca volvería a ser aburrida. Mi misión, impuesta y totalmente ridícula, era simple: hacerla reír. No era solo un capricho; era un desafío a la severidad que la torre imponía, a la soledad que la envolvía.
Sentado en el escalón frente a su puerta, rasgueaba mi laúd desafinado mientras componía una obra maestra que estaba seguro le gustaría. O al menos, la haría considerar la horca como una opción más placentera.
— ¿Se puede saber qué estás haciendo?
Me asusté con la repentina aparición de la princesa, quien abrió su puerta de un golpe. Me levanté de un salto, tambaleándome en el borde del escalón.
— ¡Princesa! ¡Qué susto! —balbuceé, con una sonrisa forzada—. Estaba... componiendo una serenata en su honor.
Ella levantó una ceja, claramente no impresionada.
— Si fuera cierto, estaría menos tentada a lanzarte por la ventana.
— Ah, pero eso arruinaría la trama de mi nueva composición — repliqué, haciendo una reverencia exagerada—. Mi cuello es demasiado frágil para la soga. Pero mi música... —rasgueé otra nota horrible que me hizo estremecer a mí mismo—, mi música está hecha para soportar hogueras y hasta su ceño fruncido.
Lyria no respondió, solo alzó el mentón, un gesto regio que habría intimidado a cualquiera menos a mí.
Bajó los escalones con una gracia impoluta, su prístino vestido blanco arrastrándose por las rocas con un susurro suave, como una nube descendiendo de una montaña rocosa. Era la personificación de la elegancia, incluso cuando estaba visiblemente molesta.
Una vez que llegamos al salón, una de las sirvientas que venían con Lyria se nos acercó para ayudarla a sentarse en su silla favorita, que estratégicamente había ubicado frente a una pequeña mesa, sobre la cual había dispuesto los pocos aperitivos que había logrado rescatar de la alacena: un par de manzanas arrugadas y un trozo de pan tan duro que podría haber servido de arma. ¡Ah, la opulencia real en su máxima expresión!
Me aclaré la garganta antes de empezar, mi laúd listo para la acción.
— Princesa Lyria... Permítame deleitarla con una canción que captura la esencia de su tragedia.
Ella suspiró, un sonido tan teatral que casi me robó el protagonismo.
— Adelante, bufón, pero si es terrible, prometo usar tu laúd como leña.
— Tomo su amenaza como inspiración — ajusté las cuerdas, intentando disimular el nudo en mi garganta, y comencé a tocar unas melodías alegres, totalmente discordantes con el tema.
"Venga, princesa, le vengo a narrar,
Un verso tan alegre que la hará llorar.
Le sugiero que cante, aunque duela en el paladar,
¡Que el bufón ha llegado a la torre!
A darle fin a su soledad.
Le seguiré hablando,
Sobre lo que nos ha reunido,
De un gesto egoísta que se ha cometido.
El hechicero muerto llora en su rincón,
Desesperado y solo, cual perro sin dueño,
Te condenó a esta prisión."
Sin dejar de tocar, alce la mirada. Había algo en su expresión, una chispa de algo que podría haber sido humor, si no fuera porque era ella.
— Si quieres que el fantasma te mate, sigue cantando.
Yo redoblé mis esfuerzos.
"Te canto esta canción,
Pues lleva pena al andar,
Por un padre ausente,
Que nunca vino a tu hogar.
'¡Maldito error que cometió!',
Le dijo al bufón, que rió al final."
Pero entonces, lo imposible sucedió. Un sonido suave, casi inaudible, escapó de sus labios.
Una risa.
Fue breve, un soplo, pero fue una risa.
— No necesito que un bufón mediocre cante sobre mi vida.
Y juro que el sarcasmo se materializó en el aire.
— ¿Qué tipo de bufón sería si no? — Respondí, fingiéndome herido , llevándome una mano al pecho— . Además, esta no es solo una canción. Es... arte. ¡Escuche la siguiente estrofa!
— No — detuvo— . Es suficiente tortura.
Ella apretó los labios, intentando contener una risa. Lo noté, claro.
— Lyria, admite que te gustó —la desafié, apoyando el laúd en el suelo con un golpe seco—. Si sigues negándolo, voy a tener que componer una segunda canción. Una ópera completa sobre tu negación, quizás. Con coros de cabras.
Ella giró la cabeza hacia donde estaba mi voz, y estoy seguro de que, detrás de la venda, rodó los ojos.
— No te hagas ilusiones, Aldric. No eres tan gracioso como crees. Si no fuera porque esta torre ya está embrujada, te maldeciría yo misma.
—¡Un cumplido! —exclamé, lanzándole un guiño que ella no pudo ver, pero que yo sentí—. ¡Debo estar haciendo progresos!
Un silencio denso cayó por un instante, roto solo por el crepitar del fuego en la chimenea y el leve roce de su vestido contra la piedra.
— Ahora, si no te importa, me voy a... a cualquier lugar donde no estés tú, bufón. Preferiblemente, a un lugar con silencio.
Se levantó con una delicadeza que me hizo desear tomar su mano y acompañarla. Era un pensamiento fugaz, una fantasía inalcanzable para un bufón como yo frente a la realeza.
Lyria se marchó por las escaleras, su vestido flotando tras ella como una nube de tormenta que se alejaba. El silencio que dejó fue menos tenso esta vez, un poco más familiar. La había hecho reír. Eso era algo.
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Editado: 11.01.2026