Pasé toda la tarde en mi habitación, pensando en Lyria y en un detalle absurdo: el color de sus ojos.
¿Serían verdes como el musgo que trepa los muros de los castillos?
¿Azules como un cielo de verano, despejado y cruel?
¿O dorados, como los atardeceres sobre los campos de trigo que nunca volvería a ver desde dentro de estas murallas?
Sonreí como un idiota. Ridículo. Ella no podía ver, y aun así yo jugaba con la idea de sus ojos, como si el misterio me hubiera embrujado.
Justo cuando iba a afinar mi laúd, un escalofrío me recorrió la espalda. La habitación se volvió fría de repente, como si alguien hubiese abierto una ventana al mismísimo invierno. El aire se hizo espeso, sofocante. Hasta la torre parecía contener la respiración.
El fuego en la chimenea parpadeó, se encogió y se apagó con un siseo lastimero. La oscuridad me envolvió de golpe, iluminada apenas por la pálida luz de la luna que se colaba entre las rendijas de la ventana.
Mis dedos buscaron instintivamente la daga con el rechinido de la madera. Algo se acercaba en aquel silencio sepulcral, y no era la princesa.
Algo se movía.
Primero fue apenas un destello, como un parpadeo de luz enferma que no debía estar allí. Un reflejo verdoso, tenue, reptaba bajo la rendija de mi puerta. Mis músculos se tensaron como si alguien los hubiese congelado.
Cuando intenté dar un paso atrás, la cosa se despegó de las sombras. Una figura amorfa, grotesca, emergió de las sombras como una masa derretida que se sostenía a duras penas. Sus contornos cambiaban con cada segundo, emergió del rincón más oscuro y se lanzó en mi dirección.
El aire se quebró con un sonido húmedo, como de huesos astillándose dentro de un saco de vísceras.
—¡No...!
Salté hacia un lado, rodando por encima de la cama, el corazón golpeándome contra las costillas. Salí tambaleándome de la habitación, los pasos resonando como martillazos en el suelo de piedra.
—¡LYRIA! —grité con desesperación, mi voz rompiendo el silencio de la torre.
Corrí por los pasillos, los tapices agitándose como si también se estremecieran. El aire era más frío con cada paso, como si la criatura me siguiera, respirándome en la nuca detrás de mí, aquella aberración arrastraba algo —quizás sus propias entrañas— dejando un rastro viscoso y un murmullo gutural, un lamento apagado que se confundía con el viento colándose por las piedras de la torre.
¿Era el hechicero del que habló Lyria?
¿O algo peor, algo que nunca debió cruzar a este lado del mundo?
—¡LYRIA! — grité, mi voz desgarrada retumbando en los pasillos helados.
El eco volvió hacia mí con un tono extraño, como si alguien más hubiese repetido mi grito, distorsionándolo.
Golpeé su puerta con desesperación, el puño ardiéndome de la fuerza. Cada segundo que pasaba sentía aquella cosa arrastrarse más cerca, oliendo a humedad y a tumba recién abierta.
—¡Lyria! ¡Ábreme, maldita sea! ¡Ábreme!
La puerta se abrió de golpe, y antes de que siquiera pudiera entrar, Lyria, con una rapidez casi sobrehumana, me cubrió los ojos con una venda.
—¡No! ¡EL FANTASMA! — forcejeé, el corazón en un caos absoluto.
Pero ella no dijo nada, solo apretó más la tela contra mis párpados.
Cuando volví a sentir los pasos, reaccioné y la cargué para cerrar la puerta tras nosotros. No veía. No veía nada, no sabía la ubicación de los objetos como ella, pero creo haber tropezado con su cama, soltándola con un pequeño "oof" mientras cerraba la puerta tras nosotros con mi pie.
—¡Ey! ¡EY! — su voz cortó el aire con fuerza —. Tienes que calmarte, Aldric.
Mis huesos tiritaban, la piel se puso de gallina. Lo único que me impedía lanzarme de cabeza por la ventana eran sus manos sosteniendo mi cara, sus pulgares acariciando mis mejillas en círculos lentos.
El mundo era oscuridad. Y detrás de la puerta... el sonido de algo arrastrándose, algo que arañaba la madera, se filtraba con un crujido áspero, como uñas raspando huesos.
— Si no lo ves, no te puede hacer nada — murmuró, sus palabras un mantra que intentaba sostenerme.
La puerta se abrió, la frialdad coló en la habitación.
La puerta se abrió con un gemido fantasmal, y la frialdad coló en la habitación, como una niebla helada. Sentí que la temperatura bajaba aún más. La madera rechinó de nuevo, esta vez dentro de la habitación. Sabía que se movía, paseaba por la habitación, buscándonos.
Me sentía observado, una presencia tangible, aunque invisible. No veía nada, pero lo sentía frente a nosotros, con una respiración ronca, un sonido gutural que erizaba cada vello de mi cuerpo. El aliento frío en mi nuca era casi insoportable.
— Cálmate, Aldric — Lyria me acercó a su pecho. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, un ancla en la oscuridad y el terror.
En este momento, era lo único a lo que podía aferrarme, y no quería morir solo. Mi corazón martilleaba en mi caja torácica, cada latido resonando en mis oídos. El olor a jazmín de su cabello me envolvió.
— Ya pasará, ya pasará — dijo la princesa, acariciando mi cabeza mientras mi corazón amenazaba con salirse del pecho.
Había un maldito fantasma acosándonos.
Y fue ahí, pegado a Lyria en la oscuridad, que me percaté de algo aún peor: ella estuvo 19 años viviendo este infierno. Cada noche. Sola. Y yo apenas llevaba una y ya quería salir corriendo.
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Editado: 11.01.2026