POV. Lyria
A pesar de mis intentos, se me hizo tarea difícil echar a Aldric de mi habitación. El pobre tenía tanto miedo de que el fantasma volviera a aparecer que se negó a despegarse de mí.
Durante la tarde había decidido pasar su tiempo leyendo. Su voz llenó la habitación mientras me recitaba fragmentos de un libro, cambiando su tono para cada personaje, a veces con voces tan ridículas que me hacían querer lanzarle algo.
— ...El valiente caballero se adentró en la oscura cueva, armado solo con su...
— ¿Cómo es que un simple bufón sabe leer? — no pude evitar preguntar.
La curiosidad me picó más fuerte que de costumbre. Los bufones de la corte rara vez eran letrados, y él no parecía el tipo de persona que se sentaría tranquilamente a devorar tomos.
Aldric deshizo su cómoda posición en el sillón, sentado de lado con una pierna encima del reposabrazos, para mirarme con una mordaz intriga, como si mi pregunta fuera el acertijo más fascinante del mundo.
Se pasó la lengua por los labios antes de responder, y por alguna razón, mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Mis padres no habían sido los únicos que murieron por la fiebre —empezó—; crecí en las calles con otro niño hasta los 7 años, donde robábamos para sobrevivir, hasta que un día el rey escuchó sobre nuestros crímenes y ordenó a sus guardias capturarnos.
Hizo una pausa, y la atmósfera se volvió densa.
—Pero... en vez de encarcelarnos o cortarnos las manos, nos acogió bajo su cuidado y nos educó como a sus hijos. Nos dio tutores, nos enseñó esgrima, etiqueta... lo que se pudiera aprender con un par de rateros. Hasta que llegó la edad en la que nos enlistó en sus tropas. Mi amigo, Kieran, él sí que lo aprovechó. Yo, bueno, digamos que el protocolo y yo no nos llevábamos tan bien.
— ¿Y pasaste de caballero a bufón? — pregunté, incapaz de ocultar mi desconcierto.
Qué extraño, normalmente es al revés.
Aldric rio con amargura.
— En la prueba final para el título de capitán, no fui capaz de matar a mi mejor amigo, ya lo había lastimado bastante y... verlo lleno de sangre me hizo gritar mi rendición. Entonces me dieron de baja y me denigraron a ser bufón de corte como castigo —Sonrió con un dejo de ironía—. ¡Y tampoco es que como si hubiera sido el caballero más disciplinado!
Su confesión me dejó sin palabras. Había quedado atónita, no podía formular palabras, pues su historia me dejó impactada. Lo peor de todo fue pensar que mi padre fue tan cruel como para criar a dos niños, darles una vida, y luego enfrentarlos, forzándolos a un duelo que rompía su amistad. Un nudo se formó en mi estómago y él lo contaba tan tranquilo.
— ¿Sigo leyendo? — agitó el libro frente a mí, sacándome de mis pensamientos.
Asentí en silencio.
El crepitar del fuego llenó el espacio mientras Aldric continuaba leyendo, su voz ahora más suave, más melódica, como si la historia lo hubiera calmado. Una sonrisa se escapó de mis labios. Aldric siempre tenía una forma de hacer que me olvidara, aunque solo fuera por un instante, de mi destino como sacrificio de la torre. Su presencia era un refugio extraño en medio de mi prisión.
Mi mente, sin embargo, vagó hacia pensamientos más oscuros.
¿Realmente valía la pena todo esto?
Mi vida, mi libertad... todo por un reino que ni siquiera me conocía, que me había encerrado por el "bien común". La injusticia me carcomía. Suspiré y me acurruqué un poco más cerca del fuego, el calor un tenue consuelo contra el frío de mi alma.
Los párpados comenzaron a pesarme, el cansancio de la noche anterior, sumado a la tranquilidad inesperada del día, me estaba venciendo. Escuché el crujido del sillón cuando Aldric se levantó, dejando el libro a un lado. Sentí una suavidad cubriéndome, y abrí un ojo para ver que me arropaba con una cobija que había estado doblada cerca de la chimenea. Su toque fue gentil, casi reverente.
— Aldric... — murmuré, deteniéndolo al agarrar su brazo antes de que se alejara.
Él se congeló, sus ojos reflejaban una mezcla de curiosidad y un atisbo de temor, como si intuyera lo que estaba a punto de suceder.
Antes de que la razón pudieran interponerse, me acerqué, envolviendo una mano alrededor de su cuello. Lo atraje hacia mí y nuestros labios se encontraron.
Aldric respondió con una urgencia que igualaba la mía. Una mano se posó en mi cintura y la otra se enredó en mi cabello, intensificando el contacto.
El beso continuó, sin aliento, una colisión de emociones que se habían guardado por mucho tiempo.
Cuando finalmente nos separamos, jadeantes y con el corazón desbocado, lo único que pude decir fue:
— Si dices algo al respecto, te mataré.
Él sonrió, esa sonrisa torcida que tanto odiaba... y que, para mi sorpresa, me estaba gustando cada vez más. Sus ojos, ahora que los podía ver, brillaban con una picardía y una comprensión que me desarmaban.
— Por supuesto, princesa. Mi boca está sellada.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío, su mano aún en mi cintura. Sus labios tomaron los míos con una intensidad aún mayor.
No había nada tierno en su beso, solo una necesidad cruda, una urgencia que se apoderó de mí.
Sin romper el contacto, se deshizo de su capa, que cayó al suelo sin un sonido. La tela se deslizó de mis hombros, y la pesada capa cayó junto a la suya. El aire frío de la torre me golpeó, pero fue rápidamente reemplazado por el calor de su cuerpo al pegarse al mío.
Sus manos se deslizaron por mi espalda, desatando los lazos de mi vestido y bajando lentamente la cremallera. Con cada centímetro que se abría, sentía que se liberaba un peso de mis hombros que había llevado por años. Cuando la prenda cayó al suelo, se unió a la de Aldric. Por primera vez, sentí la piel de otro cuerpo contra la mía.
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Editado: 11.01.2026