El calor del fuego en la chimenea abrazaba la habitación con una sensación de seguridad casi mágica, como si el mundo exterior no existiera. Lyria descansaba en mis brazos, su cabello plateado desordenado cayendo sobre las almohadas y su respiración lenta y rítmica llenando el espacio con una tranquilidad que raramente encontraba en mi vida.
— ¿Sabes, princesa? — murmuré con una sonrisa ladeada mientras deslizaba mis dedos por su cabello despeinado— . Si me hubieran dicho que terminaría la noche así contigo, probablemente habría apostado en contra. Y lo peor es que habría perdido.
Lyria alzó la cabeza y me fulminó con la mirada.
— Esto es una terrible decisión que lamentaré mañana.
Solté una carcajada.
— Dices eso ahora, pero no te olvides de que fuiste tú la que se me puso encima.
Ella bufó, un gesto que escondía la ternura que rara vez dejaba entrever. Yo aproveché ese instante, juguetón, y deslicé mis dedos por su cuello y hombros.
—Te amo —susurré, y el parpadeo de sorpresa en sus ojos me hizo sonreír aún más.
Lyria abrió ligeramente la boca, frunció el ceño, como evaluando si lo había escuchado bien.
—¿Estás jugando? —dijo, una sombra de advertencia en su voz—. Porque si es así, Aldric, juro que...
No le di tiempo a terminar. Me incliné y la besé, con la certeza de que esas palabras eran más sinceras que cualquier promesa vacía.
—Es la única verdad que he dicho sin malicia en toda mi miserable vida. Te amo, Lyria.
Ella parpadeó, y luego algo en su expresión se suavizó. Lentamente, una sonrisa, pequeña pero real, se formó en sus labios. Finalmente había dejado de intentar apuñalarme con su lengua viperina. El ambiente se llenó de una calma inusual, pero mi suerte nunca permite que esos momentos duren mucho.
—Eres un idiota. Un idiota monumental. Pero... creo que también te amo —confesó finalmente.
—¿Eso es una declaración oficial? —le pregunté, divertido.
Me golpeó suavemente el brazo, y ambos estallamos en carcajadas, los ecos de nuestra risa llenando la habitación. Pero, como siempre, la calma fue efímera. Una ráfaga helada barrió el espacio, haciendo que las llamas temblaran y proyectaran sombras más largas, más oscuras.
Y entonces, apareció él.
El espectro del hechicero.
Flotaba en la habitación con su forma incorpórea.
— Se ha roto... una promesa — susurró, pero su voz parecía surgir de todas partes al mismo tiempo, como un eco que se infiltraba en los huesos.
Lyria, que no tenía sus vendas en los ojos, comenzó a girar la cabeza para no mirar, pero rápidamente tiré de las sábanas y la cubrí por completo.
— No se ha roto nada — gruñí, aunque la firmeza de mi voz estaba traicionada por un temblor sutil.
— El... trato —replicó la sombra, flotando más cerca, como si pudiera atravesar el aire y las paredes.
—Ella ha pasado diecinueve años encerrada en esta maldita torre. Ha cumplido con el trato. —Mi voz subió, cargada de rabia y desafío.
—No... la realeza debe renunciar a lo que más amaba, y me lo entregará hasta la muerte.
Mi sangre hirvió, y sin pensarlo, la determinación se volvió acción. Arranqué las sábanas que cubrían a Lyria y las arrojé al fuego. Las llamas saltaron, rugiendo, reflejando nuestra furia y desesperación.
—¡Aldric! ¿Qué estás haciendo? —gritó ella, aterrorizada, mientras el fuego lamía las cortinas.
No dudé. Su miedo me impulsó. Tomé mi capa y la lancé sobre sus hombros, cubriéndola de manera torpe pero efectiva. La abracé por un instante, sintiendo su respiración acelerada, y luego la empujé hacia la puerta con firmeza:
—¡Cúbrete y corre! ¡AHORA!
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Editado: 11.01.2026