El estrépito de los cascos resonaba por los pasillos del castillo cuando Kieran, el capitán de la guardia, irrumpió en la sala del trono, jadeando y con el rostro empapado en sudor.
—¡Majestad! —gritó, inclinándose apresuradamente—. ¡La torre... está en llamas! ¡Aldric y la princesa...!
La reina palideció, llevándose las manos a la boca, un gemido ahogado escapando de sus labios.
—¡Mi hija! —gritó, aferrándose a la túnica del rey.
El rey, sin perder un instante, se levantó con una determinación feroz, agarrando las riendas de su caballo.
El capitán no necesitó más palabras. Juntos salieron al patio, y en un instante los caballos comenzaron a galopar.
El viento azotaba sus capas mientras cabalgaban a toda prisa por los senderos del bosque que rodeaban el castillo. Kieran apenas podía mantener el ritmo del rey, mientras su mente giraba en un torbellino de temor.
Cuando finalmente llegaron, la torre estaba envuelta en llamas que devoraban la piedra y el ladrillo con un rugido casi vivo. El humo negro y espeso oscurecía el cielo, y las chispas volaban como lluvia ardiente. El calor era casi insoportable, y el olor a madera quemada y alquitrán penetraba en los pulmones.
Allí, entre el humo, estaba una mujer, cubierta unicamente con una gran capa que Kieran reconoció en seguida.
Arrodillada, su cabello desordenado y su rostro manchado de lágrimas, gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Aldric! ¡Aldric! —su voz se quebraba mientras corría hacia la torre, incapaz de dar un paso más sin tropezar con las piedras calientes.
El rey la vio por primera vez en su vida, pero no como siempre había imaginado: no era la niña risueña que recordaba de su infancia. Solo veía a su hija, desesperada y rota, lanzando gritos de miedo y dolor. Cada fibra de su ser se tensó ante la impotencia de no poder alcanzarla de inmediato.
—¡Kieran! —ordenó con voz firme pero cargada de pánico
El capitán bajó del corcel, sintiendo cómo su corazón se encogía.
—¡Aldric! —gritó, su voz quebrándose mientras sus ojos buscaban desesperados el último piso, donde las llamas parecían bailar con una intensidad casi sobrenatural.
Pero las llamas parecían obedecer a una voluntad invisible, intensificándose y formando barreras imposibles de atravesar. Los ojos del espectro de fuego lo observaban desde dentro de la torre, fríos y penetrantes, y Kieran sintió un nudo en el estómago.
Un instante después, una voz resonó entre el calor y el humo:
—¡Llévatela! —gritó Aldric desde el último piso, sus ojos ardiendo con determinación y miedo—. ¡Ponla a salvo!
Kieran lo miró, paralizado por el terror y la incredulidad, mientras su corazón golpeaba con fuerza en el pecho. Cada fibra de su cuerpo gritaba que debía saltar, correr, desafiar al fuego, pero una ola de calor y magia lo repelía como si la torre misma lo rechazara.
—¡Salta! —gritó, rogando que Aldric obedeciera, pero una ola de calor y magia envolvió la torre.
Pero Aldric desapareció entre las llamas antes de que Kieran pudiera reaccionar. Un vacío se abrió en su pecho. La impotencia, la desesperación y el dolor lo golpearon con fuerza. Su mejor amigo, estaba atrapado allí, y él no podía alcanzarlo.
—¡Capitán! ¡El fuego impide la entrada... no podemos entrar!
El fuego se intensificó, formando un muro infranqueable. Kieran retrocedió, los dientes apretados, con las manos temblando, mientras el recuerdo de cada momento con Aldric lo atravesaba: las risas compartidas, las promesas, las noches de guardia. Cada memoria era ahora un puñal de culpa.
El rey giró hacia Lyria, que seguía luchando, pataleando y gritando.
—¡Sujétenla! —ordenó, y Kieran la levantó, colocando a la princesa en el caballo. Ella se retorcía, lanzando golpes y juramentos, desesperada por regresar a la torre.
—¡No! ¡No me quedaré quieta! ¡¡Aldric!! —gritaba, sus uñas clavándose en la capa de Kieran—. ¡No dejaré que se lo lleven!
Kieran tensó la mandíbula, los ojos empañados por la rabia y la impotencia. Cada latido era un recordatorio de su fracaso: no había podido salvar a su amigo.
—¡Princesa, debemos obedecer las órdenes! —exclamó, su voz mezclando miedo y determinación—. ¡Es la única manera de mantenerte viva!
—¡No necesito que me protejas! —Lyria gritó, con lágrimas mezclándose con el humo—. ¡Aldric está ahí! ¡No puedes simplemente dejarlo!
Kieran tragó saliva, su garganta seca, mientras el dolor lo atravesaba como un golpe directo al corazón. No podía hablar, no podía razonar; todo lo que sentía era la agonía de dejar atrás a su hermano, de saber que lo más querido para él estaba perdido entre las llamas.
—¡ESTÁ MUERTO! —gritó, la voz rota.
Pero antes de que pudiera replicar, la fuerza de la fatiga venció a Lyria. Su cuerpo se desplomó, inerte, apoyándose sobre el pecho de Kieran. Él la sostuvo con firmeza, pasando un brazo bajo su espalda y otro bajo sus piernas, asegurándose de que no cayera del caballo mientras su corazón latía con fuerza, martillando en sus oídos.
Kieran apretó los dientes, prometiéndose que no habría rescate imposible ni enemigo invencible que le impidiera devolver a Aldric y a la princesa al lugar donde pertenecían: a salvo, juntos, vivos.
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Editado: 11.01.2026