—¡Cúbrete y corre! ¡AHORA! —rugí, y la urgencia retumbó en cada sílaba como un latigazo que desgarró la habitación.
Lyria dudó apenas un instante, sus ojos temblando como dos lunas presas de un huracán. El miedo se reflejaba en ellos con tanta fuerza que por un segundo pensé que se quedaría paralizada. Pero el pánico, esa bestia sin cadenas, terminó por devorarla. Con un salto torpe, tropezando con el borde de la alfombra chamuscada, salió corriendo de la estancia, dejando que el fuego rugiera a su espalda como un animal liberado después de siglos de cautiverio.
El aire se volvió denso, pesado. Tosí, tragando humo, mientras arrastraba las cortinas en llamas hacia la cama, avivando el incendio hasta que las llamas comenzaron a lamer el techo. El calor era insoportable; cada crujido de la madera me golpeaba en los oídos como una cuenta regresiva hacia la muerte.
—¿Qué pretendes? —escupió el espectro. Su voz estaba impregnada de desprecio, como si llevara siglos esperando este momento. Su forma incorpórea flotó más cerca, una neblina oscura que se retorcía con vida propia, inclinándose hacia mí como si pudiera saborear el miedo que hervía en mis venas.
—Que el rey lo vea —gruñí entre dientes, aferrándome al único plan que podía darle sentido a mi sacrificio—. Vendrá enseguida.
El espectro soltó un siseo burlón que no salió de su garganta, sino de todas las paredes al mismo tiempo. El eco reverberó en la sala, helando el aire pese al infierno que ardía alrededor.
—Eso no funcionará. La realeza debe entregarme lo que más ama.
Cada palabra se clavó en mis huesos, como garras afiladas. Estaba perdido, lo sabía. Pero entonces, entre el rugido del fuego y el crujido de la torre, escuché los gritos de Lyria. Gritos desgarrados, desesperados, que rompieron el humo y las llamas como un cuchillo invisible. Esa voz fue un ancla, un recordatorio. La desesperación en ella me dio fuerzas. Una sonrisa torcida nació en mis labios: no de alegría, sino de pura furia contenida.
—¡ALDRIC! —su voz me atravesó como una flecha envenenada, pero me mantuve firme.
—¡Y eso hará! —respondí con una seguridad que apenas creía. Pero a veces, las mentiras dichas con convicción podían ser más fuertes que la verdad.
El fuego comenzó a devorar el suelo. Un estruendo sordo me avisó demasiado tarde de que una parte del piso había colapsado, revelando un abismo ardiente que rugía como las fauces de una bestia hambrienta. Rodé sobre la madera incandescente, esquivando astillas al rojo vivo que caían a mi alrededor. El calor me golpeaba con furia, como si intentara arrancarme la piel de cuajo.
El espectro avanzó, expandiéndose como humo negro, llenando cada rincón de la habitación. Su sombra parecía multiplicarse, y su voz, baja y calmada, cortó el aire como una sentencia:
—¿Sacrificarías tu libertad por ella?
Las palabras no eran un simple desafío; tenían el peso de un juramento, de un destino irrevocable.
—Libertad, mi trasero —gruñí, rodando los ojos aunque mi garganta ardía de miedo—. Si esto significa que dejarás de aparecer cuando menos te espero, lo tomaré como una mejora. Además... ella merece vivir.
Un crujido ensordecedor me obligó a girar. El suelo cedía bajo mis pies; la cama se hundió de golpe en el abismo ardiente. Corrí hacia la ventana, y apenas me aferré al marco. La madera carbonizada me quemaba las palmas, resbaladizas por el sudor.
Allí la vi. Afuera, entre las sombras de los jardines, Lyria estaba de pie, con el rostro bañado en lágrimas y el terror clavado en sus ojos. No se había marchado. No podía.
—¡Aldric! —gritó, su voz rota, como si desgarrara sus propios pulmones al llamarme.
Pero no estaba sola. Otra voz la acompañó, firme y grave. La de Kieran.
—¡Aldric!
Lo vi al pie de la torre, su silueta recortada contra el fuego. Su espada colgaba a un lado, pero no la movía. Estaba paralizado, los músculos tensos, la mirada fija en mí. Ni un solo gesto hacia la princesa. Ni una sola intención de protegerla.
—¡Llévatela! —vociferé, mi garganta ardiendo más que las llamas—. ¡Ponla a salvo!
Kieran no se movió. Me miraba como si en mis ojos hubiera encontrado la respuesta a un enigma que llevaba años masticando. Entonces gritó, no a Lyria, sino a mí:
—¡Salta! —me gritó, extendiendo los brazos, como si esperara atraparme. Sus palabras no eran una súplica, eran una orden.
El vacío me llamó, tentador. Podía lanzarme, podía escapar de ese infierno. Su voz era una orden envuelta en promesa. Pero no era a mí a quien necesitaban salvar. No esta vez.
El suelo bajo mis manos se agrietaba. El humo me envolvía como un sudario. Y fue entonces cuando lo vi: un resplandor en la distancia, las antorchas de las tropas del rey. Los cascos de los caballos golpeaban la tierra con un retumbar que sonaba como tambores de guerra, o quizá de esperanza.
El espectro habló de nuevo, con esa calma que helaba más que el acero en invierno:
—Si ella se aleja de la torre... olvidará todo lo vivido. Incluyéndote.
El corazón se me contrajo, como si alguien lo hubiese apretado con un puño de hierro. Lyria me olvidaría. Yo desaparecería de su memoria como si nunca hubiera existido. El miedo me atenazó por un segundo... pero después lo acepté.
—No me importa —dije, con una firmeza que ni yo mismo creía tener.
El espectro inclinó la cabeza, como reconociendo una victoria torcida. Luego se desvaneció entre el humo, dejando atrás un último eco que me arañó el alma:
—Recuerda: hasta la muerte.
El fuego consumía todo. Las llamas bailaban como demonios enloquecidos, devorando madera, piedra, aire. Cerré los ojos, y lo único que me permití conservar fue la imagen de ella, la princesa de Thalvorn, libre al fin.
A pesar del humo, del calor que me quemaba los pulmones, y de la incertidumbre sobre lo que vendría, una sonrisa se dibujó en mis labios. Quizás no era un héroe. Quizás nunca lo sería. Pero en ese instante, en ese sacrificio, había hecho lo correcto.
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Editado: 11.01.2026