POV. Lyria
El aire olía a flores frescas, dulces y húmedas, mezcladas con el aroma cálido de las especias que venían del mercado cercano. Era un perfume extraño, casi contradictorio: vida que florecía a las puertas de un castillo que parecía marchitarse por dentro.
—Su alteza, tiene que dejar de moverse... —dijo Felicia, su voz tensa como el hilo de una cuerda a punto de romperse. Sus manos temblaban mientras trataba de ajustar el velo sobre mi cabello.
—Lo siento —murmuré, sabiendo que mis disculpas no lograrían calmar su nerviosismo.
—¿Sabe que si sigue así, el velo no se mantendrá en su lugar? —Felicia suspiró, frustrada.
—Prometo quedarme quieta... —respondí, aunque mi mirada seguía fija en la torre.
Ella alzó la mirada hacia mí. Quiso sonreír, pero la sonrisa se quebró en sus labios como cristal.
—Debe estar emocionada, señorita.
—Sí... mucho.
No podía apartar la vista de la torre. Desde mi ventana, las ruinas se alzaban contra el horizonte como una herida abierta en la tierra, ennegrecidas por aquel incendio imposible de explicar.
Nadie había sobrevivido, nadie que contara la historia de lo que pasó allí. Y, sin embargo, cada vez que mis ojos se posaban sobre esas piedras muertas, algo dentro de mí se removía, como si me faltara una pieza y la torre fuera la única que sabía dónde encontrarla.
Felicia siguió acomodando el tul con torpeza. El velo era ligero, casi etéreo, pero en mi pecho se sentía como una losa de piedra.
—Está muy pálida, alteza... —murmuró ella.
—No es nada. —Me forcé a sonreír—. Quizás los nervios.
Ella dudó, bajando la mirada hacia mis manos, que apretaban con fuerza la tela de mi vestido.
—¿Sabe...? Ahora tengo quince años, pero cuando era niña, mi abuela contaba historias de esa torre —dijo en voz baja, como si temiera que las paredes pudieran escucharla—. Decía que guardaba secretos, que no se quemó sola.
Giré hacia ella, sorprendida por su atrevimiento.
—¿Y qué clase de secretos?
Felicia tragó saliva, sus dedos deteniéndose a medio camino del velo.
—Los que hacen que los muertos no descansen... Muchos dicen que hubo una masacre, otros que fue un mendigo que accidentalmente la quemó y su alma quedó vagando.
El silencio se coló entre nosotras. Podía escuchar el murmullo lejano del mercado, el relincho de un caballo y el repicar de las campanas en la plaza. Todo sonaba normal, mundano.
—Felicia... —susurré, sin apartar la vista de la torre—. ¿Tú también la sientes?
—¿Sentir qué?
—Que te llama. —Mi voz se quebró, apenas audible.
Felicia se santiguó con rapidez, nerviosa.
—No hable así, alteza. No es bueno darle voz a esas cosas.
Me giré hacia el espejo. El reflejo me mostró con el velo blanco ya colocado, lista para lo que venía. Pero mis ojos no mentían. No estaba lista. Nunca lo había estado.
El día avanzó como en un sueño. El palacio estaba cubierto de guirnaldas de flores, las campanas repicaban con fuerza, y el murmullo de la multitud llenaba los pasillos como un río de júbilo. Decían que sería la mejor boda que el reino había visto jamás, y no era exageración.
El gran salón estaba adornado con velas altas, cortinas de terciopelo, arcos de rosas blancas. El rey había gastado fortunas para convertir aquel momento en una leyenda viviente. La música retumbaba en cada rincón, alegre, gloriosa, y la gente aplaudía con fervor.
—Felicia... —susurré cuando se acercó a recoger mi ramo—. Siento... que he olvidado algo.
Ella me miró, con ojos llenos de preocupación.
—No, princesa... no puede ser. Lo traje todo.
Avance por el pasillo central, mi vestido blanco arrastrándose como un río de seda, mi velo brillando bajo la luz dorada.
Lo vi al final del pasillo: mi prometido, el hombre que el reino entero me rogaba amar. Sus ojos brillaban, seguros, firmes. Y en ese momento supe que él sería mi refugio, que me ofrecería estabilidad, ternura y poder compartido. Él sí me amaba. Y yo... yo podría aprender a amarlo, ¿verdad?
Pero entonces, un destello me atravesó la mente. Una risa. Un par de ojos que no recordaba, pero que se sentían más reales que cualquier rostro en esa sala. Un nombre que no lograba pronunciar, que se disolvía apenas trataba de pensarlo. Mi corazón se apretó con violencia, como si estuviera traicionando a alguien.
La ceremonia prosiguió. Las promesas fueron dichas, los anillos intercambiados. La multitud estalló en vítores cuando nuestros labios se unieron.
Y yo sonreí.
La mejor boda del reino.
Un día perfecto para todos.
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Editado: 11.01.2026