— ¿Qué son esas campanas? — murmuré, mirando hacia el reino desde la ventana de la torre.
Flotando frente a mí, una sombra burlona que absorbía la luz del día, el hechicero se materializó. Su risa seca y cruel cortó el aire, resonando como un presagio funesto en la torre.
—Se está casando —dijo, con una calma que me heló la sangre.
Mi corazón se detuvo. Un miedo atávico me invadió, pero me obligué a mantener la compostura.
—¿Con quién? —pregunté, como quien mete el dedo en una herida para confirmar que duele.
El hechicero inclinó la cabeza, su risa se volvió un murmullo sibilante.
—Con un hombre de armadura... que llora la pérdida de su mejor amigo.
Entendí.
El maldito y suertudo. Nunca le tuve tanta envidia como ahora.
Solté un suspiro, una mezcla extraña de alivio y resignación. Kieran era un buen hombre, un caballero leal.
—Al menos se casará con alguien digno —dije, más para mí mismo.p
—Sí... los niños crecen muy rápido, ¿no crees? —dijo, y esa aparente dulzura en su voz era más cruel que cualquier insulto.
Me di la vuelta, la ira bullendo en mi interior. Había tenido suficiente.
—Ya no quiero escuchar tus burlas ahora —gruñí, girando para enfrentarlo.
—Tiene el mismo temperamento de su madre cuando la conocí —agregó, con una especie de nostalgia retorcida.
Me quedé helado. Mi mente, que había estado a punto de estallar de rabia, se detuvo.
—¿Qué? —exclamé, sintiendo un escalofrío. Mis entrañas se retorcieron en una premonición de horror.
—¿Sabes mi nombre? —volvió a preguntar, desde el incendio no paró de insistir en algo que no me interesaba en lo más mínimo.
—¿Qué quieres decir con eso? —mi voz se volvió dura, defensiva.
—Mi nombre, bufón —dijo, y la burla venenosa en su tono hizo que mi sangre hirviera.
—¿Cómo conoces a la reina? —pregunté, intentando mantenerme firme.
El instinto me decía que la respuesta a esa pregunta era la clave de todo.
—¿Cómo no hacerlo? —respondió con un tono irónico. Se acercó a mí, su figura translúcida parpadeando. —Ella dio a luz a lo único que me ancla a este mundo.
Un silencio opresivo llenó el espacio. El mundo entero pareció detenerse. Las palabras se me atascaban en la garganta, negándose a salir.
—Ella... no... —intenté articular.
—¿Sabes mi nombre, bufón? —insistió. Su tono era un filo que cortaba el aire, y su figura se hizo más sólida.
—Pero el rey... él... —balbuceé, desesperado, tratando de encontrar una explicación racional para lo que mis oídos estaban escuchando.
—Mi nombre, bufón. Pregunta mi nombre.
La frustración y el horror se combinaron en una explosión.
—¡CUÁL ES TU MALDITO NOMBRE! —grité, sintiendo que el suelo bajo mis pies parecía temblar.
—Lyros —respondió el fantasma, y con esa palabra, su silueta se volvió más tangible, más real, casi humana.
Sus ojos azules brillaban con la misma intensidad que recordaba haber visto. Su cabello, tan blanco, ahora parecía reflejar la verdad misma. Y esa verdad me revolvió el estómago.
La realidad me golpeó con la fuerza de un puño en el estómago. El mundo se me venía encima.
No podía ser cierto.
—Ella... ¿Atormentaste a tu propia hija?—dije, con la voz temblando de ira y horror.
La figura de Lyros comenzó a desvanecerse lentamente, su sonrisa burlona se mantenía.
—¡Es tu hija! ¡Maldijiste a tu propia hija! —grité, corriendo hacia él, pero antes de que pudiera alcanzarlo, se desvaneció en un humo ácido que me picó los ojos y quemó mis pulmones.
La traición me invadió, un sabor amargo y metálico que me llenaba la boca.
Cinco años.
Cinco años desde aquella noche.
Cinco años desde que el rey me dio por muerto, desde que el reino entero me olvidó. Ahora estoy condenado, atrapado en esta torre con el secreto más grande del reino.
Me volveré loco; no hay duda.
La princesa jamás estuvo en peligro. El rey no sacrificó a su hija por la maldición del pueblo. Era Lyria la maldición que le recordaba a él y al mundo que no era de sangre real, y la reina lo sabía.
Mierda.
Ella jamás estuvo en peligro. Estaba alejada de todos, y yo... yo la envié de vuelta. Fui el tonto, el bufón que entregó a la princesa a su cruel destino, creyendo que la salvaba.
El sonido de las campanas de boda seguía retumbando, un martillo constante en mi conciencia. Tenía que detener esa boda. Corrí hacia las escaleras, mis piernas moviéndose sin pensar, con una sola meta: llegar a ella, decirle la verdad, impedir que se casara.
Pero a medio camino, el fantasma de Lyros reapareció, un muro translúcido en mi camino.
—Ella te ha olvidado —dijo, su voz tan tranquila como el fondo del mar.
Cerré los ojos, ignorando su figura, y seguí bajando los escalones. Lo atravesé como si fuera aire, pero sus palabras me golpearon con la fuerza de una onda de choque.
—No eres nadie para ella.
—¡No me importa! —grité con rabia.
Si él creía que con eso me detendría, estaba muy equivocado.
—No pasará lo que piensas, bufón.
Su voz sonaba justo detrás de mí, como un escalofrío que me subía por la espalda.
Frené en seco, jadeando.
—¿Tú qué sabes de lo que siento? —pregunté, mi voz rota.
—A medianoche, cuando el matrimonio de Lyria se consuma, la reina encenderá una vela, el rey se sumirá en una pesadilla eterna y con ello buscaré la venganza que me pertenece.
—Aun así... ella no sabrá la verdad —musité, sintiendo la impotencia como un peso en mi pecho.
—¿Eso cambiaría algo? —replicó—. Solo le quitarías su vida, el título por el cual mi linaje prevalecerá.
—¿Y qué ganarías con eso? —exigí.
—Venganza, justicia... sacrificaron a mi Ellaria para comprometerla con una bestia. Me sacrificaron a mí como trofeo de un tirano. El pueblo celebró mi muerte después de salvarle la vida a muchos.
—Y como venganza te llevaste a miles con esa maldita plaga —le recriminé, mi voz temblando de ira.
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Editado: 11.01.2026