Realeza Eterna

Capítulo 16.

Los aldeanos hablaban de la torre de Thalvorn como si sus muros pudieran escuchar cada palabra. Susurraban sobre la luz que, algunas noches, titilaba en la ventana más alta, o sobre el laúd desafinado que dejaba escapar notas fantasmales, helando la sangre de quien las escuchaba. Algunos juraban que en sus cimientos dormían secretos de la sangre real; otros, que la torre era el nudo de antiguas conspiraciones, olvidadas a la fuerza.

Sea como fuera, nadie se atrevía a mirarla demasiado tiempo. La torre solitaria se alzaba al borde del bosque, erguida y desafiante, como un recuerdo que muchos habían querido enterrar... pero que seguía vigilando, paciente y silenciosa.

—¡Estamos demasiado lejos! —grité, viendo cómo la torre crecía en la distancia a cada paso—. ¡No sé si esto es buena idea!

—¡Qué bueno! —respondió Sibylla, lanzando su cabello al viento, sin percibir mi alarma.

No... no es por eso... Quiero regresar. Yo sí tengo instinto de supervivencia. Quiero regresar.

El sol jugaba entre las ramas, dibujando reflejos danzantes sobre el sendero y el arroyo por donde cabalgábamos. Mi hermana iba adelante, su risa llenando el aire como si burlarse del mundo fuera su deporte favorito. Sus cabellos blancos ondeaban como una bandera de guerra.

Yo la seguía, sujetando las riendas con una mano y la falda con la otra, esquivando charcos y ramas bajas. Sibylla, con su torpeza gloriosa, aseguraba haber visto un cuerno blanco desaparecer entre los sauces.

—¡Te juro que era un unicornio, Selene! —dijo, bajando de su caballo con un movimiento que desafiaba la gravedad y empapando su falda en el arroyo—. ¡Lo vi!

—Mmm... quizá solo era un ciervo... o un caballo tímido —traté de sonar convincente, aunque mi instinto gritaba que no debíamos detenernos aquí.

—Selene, a veces eres tan adorablemente estúpida que me preocupa —rió, con esa sonrisa traviesa que siempre conseguía que me enojara y sonriera al mismo tiempo.

—¡Yo no soy la que grita "he visto un unicornio"! —respondí, cruzándome de brazos mientras luchaba por no resbalar en el barro.

Sibylla se encogió de hombros, disfrutando de su victoria sobre mi cordura. Se bajó del caballo con una gracia desordenada, levantando un pequeño torbellino de gotas y barro.

—Mañana es mi gran noche —dijo, lanzándome una sonrisa que parecía un desafío—. ¡Mi fiesta de mayoría de edad!

—Sí, sí... la "gran noche" —respondí, apoyándome contra un árbol y frunciendo el ceño—. Como si fueras a conquistar el mundo mientras los aldeanos devoran tus canapés.

—¡Exacto! —rió, girando sobre sí misma como una pluma atrapada en el viento—. Música, baile... y pretendientes. Muchos pretendientes.

—Pretendientes, dice... —arqueé una ceja, tratando de sonar seria—. ¿Ya tienes algún candidato?

—Varios —susurró, inclinándose hacia mí con aire conspirador—. Pero necesito tu ayuda para decidir quién merece bailar conmigo primero.

—¿Yo? —pregunté, fingiendo horror—. ¿No tienes más amigos tuyos para eso?

Me lanzó una mirada asesina, recordándome de inmediato que, al ser de la realeza, no teníamos contacto con el mundo exterior.

—Oh, Selene, qué cruel —dijo, acercándose con paso firme, como quien prepara un ataque—. Pero no te quejes: alguien tiene que enseñarte a divertirte un poco.

—Divertirme observando cómo los niños de tu fiesta se arrastran por tu aprobación —respondí, con una sonrisa torcida—. Qué honor.

—Además, necesito que vigiles a los candidatos —replicó con una sonrisa pícara.

—¿Vigilar? —pregunté, irónica—. ¿No puedo simplemente disfrutar viendo cómo tropiezan con su propia torpeza?

—No, con sus intenciones ridículas —me corrigió, empujándome suavemente hacia el borde del arroyo, obligándome a equilibrarme sobre una piedra resbaladiza—. Vamos, que si mañana un tal Caspian o un Roderick se atreve a pedirme un baile sin preparación, necesito que intervengas.

—Ah, claro... la experta en diplomacia de aldeanos —respondí, rodando los ojos—. No sé si eso me honra o me condena.

—Te honra —dijo, con aire solemne, como si me otorgara una medalla invisible—. Admitámoslo, parte de ti quiere verlos humillados, aunque no lo digas.

—¡Yo no quiero ver sufrir a nadie! —protesté, aunque no pude evitar sonreír.

Sibylla soltó una carcajada y levantó las manos al cielo:

—Perfecto. Entonces estamos listas. Mañana por la noche, ¡que comience la caza de pretendientes!

Mientras nos alejábamos del arroyo, un viento fresco levantó hojas secas a nuestro alrededor, como un pequeño ejército que aplaudía nuestras risas. Volvimos al castillo con el sol hundiéndose tras los muros antiguos. El aroma de las bugambilias nos recibió primero, y luego uno de los sirvientes calmó a los corceles mientras bajábamos de ellos, todavía mojadas, sucias... y secretamente emocionadas por la noche que se avecinaba.

—¿Y madre? —preguntó Sibylla, tirando de las riendas con esa impaciencia que la caracterizaba.

—La reina Lyria está en el jardín, contemplando la vieja torre, princesa Sibylla —respondió la sirvienta, con voz temblorosa.

—¿Y padre?

—Ocupado —contestó, en un tono tan firme que incluso yo tuve que voltear a mirarla.

Mi hermana estalló en una risa.

—¡Perfecto! Entonces vamos a molestarlo.

—Sibylla, no creo que debamos... —intenté advertirla, aunque sabía que mis palabras serían en vano.

—¡Tú nunca crees que debamos nada! —me replicó, arrastrándome de todas formas.

Me tomó del brazo y cruzamos los pasillos alfombrados como dos relámpagos malcriados.

Al llegar a la gran sala del trono, los guardias intentaron bloquear el paso, pero Sibylla, con su descaro innato, avanzó como si fuera la heredera al trono... que lo era.

—Somos las hijas del rey —dijo, erguida y desafiante—. Si no nos dejan entrar, se quedarán sin manos.

Los hombres se miraron entre sí, dudando, y finalmente se hicieron a un lado. Suspiré y susurré un tímido "gracias", acompañado de una sonrisa torpe, intentando suavizar la humillación que acababan de sufrir.




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