Mi corazón dio un vuelco.
Murmuraba algo en un idioma extraño, sus palabras más parecidas a amenazas que a súplicas. Y sin embargo, mi padre, sentado en su trono con una copa de vino en la mano, no se inmutaba.
—¿Quién es él? —preguntó Sibylla, su voz clara y desafiante, rompiendo el silencio pesado.
El rey giró apenas el rostro hacia nosotras, con esa sonrisa elegante y vacía que reservaba solo para nosotras.
—Un regalo del norte —dijo con calma glacial—. Un problema que pronto dejará de serlo.
Se inclinó levemente hacia el prisionero:
—Parece que sus amigos no lo quisieron lo suficiente como para venir a buscarlo.
Me acerqué, casi sin pensar. Quería ver mejor su rostro. Quería atender sus heridos, era un persona, es un ser humano y era lo que menos parecía. Quería entender por qué me temblaban los dedos, pero mi hermana me detuvo del brazo.
Algo en mí reaccionó de inmediato. Me acerqué, casi sin pensar, atraída por la humanidad que aún se percibía tras la sangre y las cuerdas. Quería ver su rostro mejor, quería ofrecer ayuda, curar sus heridas, entender por qué mis manos temblaban.
—¡No te acerques! —Sibylla me detuvo del brazo con un tirón brusco, su mirada llena de advertencia y miedo contenido—. ¿Estás loca?
—Parece un ciervo al que le han quitado los cuernos —musité sin pensar, observando la forma en que su espalda seguía erguida a pesar de las heridas.
El prisionero levantó el rostro lentamente, como si mis palabras hubieran sido piedras lanzadas directo a su orgullo. Sus ojos se clavaron en los míos. Negros. Terribles. Más intensos que cualquier otro que hubiera visto. No tenían un color extraño, pero brillaban con un peligro palpable, como si pudieran leer cada secreto que guardaba. Me sentí desnuda, vulnerable, y un escalofrío recorrió mi columna.
Entonces habló. Su voz era áspera y profunda, resonando con un eco extraño, como si la tierra misma estuviera traduciendo cada sílaba:
—Venúth al ka tharr. Ulin veyrh et sol'mara.
—¿Qué ha dicho? —pregunté, con un nudo en el estómago.
—Está maldiciéndote —respondió uno de los consejeros, un hombre de barba gris, con una voz que temblaba apenas perceptiblemente.
El rey lo observaba todo con una sonrisa divertida, como si asistiera a una obra de teatro que solo él podía comprender.
—¿Y qué significa? —insistí, un hilo de miedo mezclado con curiosidad en mi voz.
El consejero se aclaró la garganta, nervioso:
—Preferiría resguardar su pureza de las crudas palabras de ese... salvaje.
—Algo como que le gustaste lo suficiente como para ser crucificado si llega a tocarte un pelo, hija mía—habló mi padre, dando una clara advertencia hacia su amenaza.
El rey se levantó lentamente, con pasos medidos, acercándose al prisionero. La sala entera contuvo la respiración. Sus botas resonaban contra el mármol como un tambor de guerra, y cada eco parecía marcar el tiempo que le quedaba al prisionero antes de su destino.
—Este hombre —dijo el rey, deteniéndose frente a él—. Perdí buenos soldados por su culpa. No merece siquiera que ensuciemos nuestra dignidad haciéndole un juicio.
El prisionero levantó la cabeza, mostrando la nariz rota, pero mantuvo el cuello erguido y la mirada desafiante. Sus labios se movieron en su propio idioma, pronunciando palabras bajas, cargadas de veneno.
—¿Qué dijo ahora? —susurré, inclinándome hacia el consejero.
Este vaciló un instante, con los ojos entrecerrados, antes de traducir:
—"Más dignidad hay en el lodo de mis botas... que en el trono de tu casa."
—Oh —murmuró Sibylla, con una sonrisa torcida—. Qué grosero.
Mi padre soltó un suspiro, dejando escapar una mezcla de fastidio y desaprobación, y negó con la cabeza.
—Sáquenlo. —Su voz se volvió un filo—. Llévenlo de vuelta a las celdas. Que sus palabras sangren si quiere, pero que no manchen este suelo.
Los guardias lo tomaron con rudeza, levantándolo del piso. Sus manos, a pesar del dolor, permanecían tensas, sin rendirse. El prisionero no gritó, no se quejó; solo me lanzó una última mirada que atravesó el frío de la sala.
Y esta vez, juraría que sonrió.
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Editado: 11.01.2026