Realeza Eterna

Capítulo 18.

La noche siguiente, la música y las risas llenaban los salones del castillo. La fiesta de la mayoría de edad de Sibylla era un torbellino de luces, vestidos brillantes y voces que parecían competir con los ecos de los candelabros.

Yo estaba allí, pero no estaba presente. Cada sonrisa, cada brindis, cada gesto elegante se disolvía en mi mente, reemplazado por una imagen que no podía quitarme: él.

El prisionero.

No podía dormir, y cada vez que parpadeaba, lo veía de nuevo. Sus ojos. Tan quietos, tan salvajes, tan llenos de un odio que no se podía fingir.

—Sibylla, ¿estás bien? —preguntó Debrah, inclinándose hacia mí mientras ofrecía un pastel que yo apenas tocé.

—Sí... solo estoy cansada —mentí, con la voz más débil de lo que quería admitir.

Pero por dentro, mi mente estaba atrapada en ese instante en la sala del trono. Su rostro manchado de sangre seca, la manera en que había soportado el dolor sin doblarse ni una sola vez. No parecía temerle al rey, ni al castillo, ni a la muerte.

—No puedo dejar de pensar en él

Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro cubierto de sangre seca y orgullo.
Ese hombre no era un soldado vencido. No parecía temer al rey, ni al castillo, ni a la muerte misma.

Era otra cosa.

¿Quién hablaba así con su captor?

¿Quién soportaba el dolor con esa calma feroz?

¿Y por qué lo habían dejado vivir?

La fiesta estaba en pleno apogeo, y yo... bueno, yo estaba presente físicamente, pero mentalmente flotando en algún lugar entre aburrimiento absoluto y preocupación por mi cabeza llena de pensamientos imposibles de compartir. Las conversaciones sonaban como un murmullo lejano, y los brindis se repetían con una cadencia que habría dormido a cualquier vigía.

Sibylla, por otro lado, brillaba. Literalmente, como si su vestido escarlata absorbiera toda la luz de los candelabros y la redistribuyera en carcajadas y guiños calculados. Cada gesto suyo parecía un hechizo, y cada palabra que dirigía a sus pretendientes, una trampa delicadamente disfrazada de halago.

—Oh, príncipe Edmund —dijo con una sonrisa que habría desarmado a cualquier otra persona—, ¿realmente crees que podrías seguirme en un baile de tres tiempos? No todos pueden soportar... mi ritmo.

Edmund asintió, convencido de que había sido halagado. Yo, desde mi rincón, solté un suspiro casi audible y rodé los ojos.

La cara de Edmund era un poema de orgullo intacto, ignorante del doble sentido.

—Y vos, señor Alistair —continuó Sibylla, inclinándose con la elegancia de quien sabe que tiene el poder—, me temo que no podría aceptar tu ofrecimiento de enseñarme a montar a caballo. No por falta de interés, claro... simplemente me aterra la velocidad. Y ya sabéis que soy un desastre con los caballos.

Alistair se retiró con una reverencia y una sonrisa nerviosa, convencido de que había sido rechazado con gracia. Yo no podía contener una risita ahogada.

Sibylla me lanzó una mirada que mezclaba complicidad y advertencia.

—Hermana —susurré mientras la seguía entre invitados—, ¿estás segura de que no eres una cínica?

—¿Cruel, yo? —dijo Sibylla, arqueando una ceja y apoyándose en mi hombro—. Solo soy honesta. Además, ver sus caras vale cada palabra.

—Yo llamaría a eso tortura psicológica —murmuré, conteniendo la risa.

—¡Shhh! —me advirtió, girando para mirar a los guardias que patrullaban el salón—. Nadie debe notar que nos estamos aburriendo mortalmente. Ahora, ven conmigo. Tengo una idea mejor que fingir interés por esta jaula de leones.

No tuve que pensar mucho. La idea de movernos lejos del gentío era demasiado tentadora. Nos deslizamos entre los invitados, entre risas y brindis, como sombras con lentejuelas que nadie percibía.

Pero no todo salió según lo planeado.

Un guardia, que aparentemente tenía ojos hasta en la nuca, nos vio y su voz retumbó por el corredor:

—¡Princesas! ¡No se escapen!

Sibylla lanzó un bufido teatral, como si aquello fuera un fastidio ridículo, y yo sentí cómo nos arrastraban a un juego de escondidas involuntario por los interminables corredores del castillo.

—¡Vamos, Selene! —gritó ella entre risas mientras zigzagueaba por un pasillo—. ¡Más rápido que las tortugas de la cocina!

—¡Sibylla! —jadeé, tropezando con una alfombra.

Pero la persecución nos obligó a separarnos. Un giro equivocado y me encontré corriendo hacia un pasadizo lateral, apartándome del bullicio y del eco de los gritos de los guardias. Mi respiración era un tambor insistente en mis oídos, hasta que mis ojos tropezaron con algo inesperado: una escalera de hierro con la reja abierta, descendiendo a un lugar oscuro.

Mi curiosidad, siempre más fuerte que el sentido común, pudo más que mi miedo. Bajé unos peldaños, cada uno que crujía bajo mis pies, y pronto entendí por qué el aire olía distinto: humedad, sudor y un toque metálico que me revolvía el estómago. La luz tenue apenas alcanzaba a iluminar la escena.

Y entonces lo vi.

El prisionero estaba allí, atado. Sus brazos estaban magullados, su ropa rasgada y ensangrentada, y los guardias lo golpeaban con látigos que silbaban en el aire antes de chocar contra su piel. Él permanecía firme, tragándose los gemidos de dolor sin rendirse. Cada golpe resonaba en las paredes de piedra como un tambor de guerra, cada sonido se grababa en mi memoria con una fuerza que me dejó helada.

Mis manos se cerraron en puños, las uñas clavándose en la palma, y un grito se atoró en mi garganta. Por un instante, sentí un impulso irracional de lanzarme sobre los guardias, pero el miedo me inmovilizó.

Retrocedí unos pasos, tropecé con un peldaño y subí corriendo las escaleras, sin mirar atrás, con el corazón desbocado y la boca seca. Cada golpe que resonaba en mi cabeza parecía acompañar mis pasos, recordándome que había cosas en este castillo que no estaban hechas para la curiosidad.

Cuando finalmente llegué de nuevo a la fiesta, el contraste era brutal. Las risas, la música y los candelabros brillantes me recibieron como si nada hubiera pasado. Pero mi palidez y mi respiración entrecortada llamaron la atención de todos los presentes. Algunos se acercaron, preocupados.




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