Realeza Eterna

Capítulo 19.

La primera vez que vi a Sibylla con una espada en las manos, un escalofrío me recorrió la espalda.

Estaba medio oculta tras el tronco rugoso de un roble. A unos metros, bajo el sol que se filtraba a través de las hojas, observaba una escena tan absurda que parecía sacada de una obra de bufones.

Allí estaba ella, mi hermana. La princesa del reino, la heredera al trono, la futura reina. La mujer que, se suponía, debía encontrar su mayor emoción en la elección de una tela para su próximo vestido.

Sin embargo, Sibylla jamás aceptó el rol que se le impuso.

Ni siquiera cuando éramos niñas y nuestro mayor dilema debía ser qué muñeca peinar, ella no se comportaba como se esperaba de una dama: obediente, sumisa, prudente... Ejemplar.

Ya desde entonces entendí que mi hermana estaba destinada a darnos una muerte prematura a todos. Ya fuera provocando un infarto a nuestro padre, hirviéndole la sangre a nuestra madre con su lengua afilada, o logrando que a mí me acusaran de brujería.

Ahora, con su vestido de seda azul claro y su cabello plateado suelto al viento, enfrentaba a un joven guardia. El pobre muchacho, apenas unos años mayor que nosotras, parecía un ratón acorralado por un gato particularmente encantador y malévolo.

—Mire, seré honesta con usted, soldado —la voz de Sibylla era una melodía, dulce como la miel pero con un veneno oculto en sus notas más bajas—. Enséñeme lo básico. Si accede, lo recordaré cuando sea reina y necesite un capitán de mi guardia personal. Si se niega, también lo recordaré. Y créame, la memoria de una reina puede ser... insoportablemente larga.

El guardia, se puso de un color que rivalizaba con las amapolas del jardín. Tragó saliva con tanta fuerza que pude oír el chasquido desde mi escondite.

Finalmente, con un temblor que delataba su pánico, le tendió la espada como quien entrega un frágil jarrón de cristal.

—Con todo respeto, princesa ... esto es una locura. Si el Rey se entera...

—El Rey no tiene por qué enterarse —le interrumpió ella, tomando el arma con una confianza que no se correspondía en absoluto con su habilidad.

—Muy bien, pero... con extremo cuidado, alteza. El acero no es un juguete.

—Eso ya lo sé —respondió Sibylla, y para demostrar su inexistente pericia, intentó un florido giro de muñeca. La pesada hoja se tambaleó, describiendo un torpe arco en el aire que casi le rebana su propia ceja.

Solté un jadeo ahogado, aferrándome al árbol con tanta fuerza que las astillas se me clavaron en las palmas.

¡Por todos los dioses, se iba a matar antes de empezar!

—¡Más firme, princesa ! —exclamó, dando un respingo—. ¡El peso se controla desde el codo, no desde la muñeca!

—¡Ya entendí, ya entendí! ¡No soy una niña! —replicó ella, claramente ofendida por la instrucción.

Pero su orgullo la traicionó. En su intento de corregir la postura y demostrar su dominio, dio un paso en falso. El equilibrio que poseía en los salones de baile, la abandonó por completo en el campo de entrenamiento.

Giró sobre sí misma, la espada trazando un círculo descontrolado, y de alguna manera la empuñadura terminó golpeando al pobre hombre directamente en la ingle. Cayó de rodillas, con el rostro contraído en una máscara de puro y absoluto dolor.

—¡Oh, dioses! —Sibylla dejó caer la espada con un estrépito metálico. Por un instante, el horror se dibujó en su cara, pero fue rápidamente reemplazado por una chispa de macabra diversión—. ¡Lo siento! ¡De verdad, no era mi intención!

Aunque una sonrisa culpable tiraba de sus labios.

El guardia solo pudo emitir un gruñido entrecortado, doblado sobre sí mismo como un camarón. Yo me cubrí la boca con ambas manos, entre la preocupación y una risa histérica que amenazaba con escapar. Era cruel, sí, pero la escena era demasiado cómica. Fue entonces cuando Sibylla me descubrió. Sus ojos azules, brillantes de travesura, se encontraron con los míos.

—¿Viste eso, Selene? —me gritó, con un orgullo tan descarado que la risa me ganó la batalla y brotó sin control.

—¡Ha sido un accidente! —le respondí, saliendo finalmente de mi escondite.

El joven se giró, sobresaltado y aún más pálido al ver que había una testigo de su humillación. Pero Sibylla, con una calma soberana, me saludó con un gesto de la mano, como si mi aparición fuera parte de su elaborado plan.

—Selene, qué oportuna. Ven, haz de vigía. Si ves que alguien se acerca por el sendero, tose. Cien veces si es madre.

—Maravilloso —murmuré, acercándome con cautela mientras alisaba mi vestido—. Y cuando me encuentren aquí, tosiendo como una tísica, me arrastrarán al matasanos por presunta peste.

Ella me guiñó un ojo, completamente inmune a mi sarcasmo. Se agachó junto al maltrecho guardia.

—¿Puedes levantarte? Prometo no volver a... desarmarte.

—Estoy bien, alteza —masculló él, aunque su voz sonaba varias octavas más aguda de lo normal.

—Estás completamente loca —susurré—. Si madre te descubre, no habrá reino en el que te pueda esconder ni corona que heredar.

El caballero, apoyándose en sus rodillas, finalmente logró enderezarse, aunque con una mueca que era un poema al sufrimiento.

—Quizá... quizá deberíamos dejar la lección por hoy, princesa . Mi... mi centro de equilibrio está comprometido.

—Ni hablar —replicó Sibylla, recogiendo la espada con renovado entusiasmo—. Vamos, enséñame cómo sujetarla sin parecer un pato cojo.

Rodé los ojos y, completamente resignada, me aposté al inicio del sendero, dándoles la espalda. Mi papel en las locuras de Sibylla siempre era el de cómplice a regañadientes.

Me imaginaba a padre apareciendo con su ceño fruncido, o peor, a madre, con esa mirada helada que podía congelar el mismísimo infierno.

Lo que siguió fue un espectáculo digno de un circo. Sibylla intentó imitar una estocada, pero el dobladillo de su falda se enredó en sus pies. Perdió el equilibrio y cayó de bruces, llevándose al guardia con ella. Ambos rodaron por la hierba.




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