Más tarde, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y los entrenamientos clandestinos quedaban atrás, llegaba el momento de nuestros deberes "reales". Y era en el opresivo silencio del salón de estudios donde Sibylla demostraba su verdadera maestría: la de arruinar sistemáticamente los esfuerzos de su institutriz, la señora Albrey.
La señora Albrey era una mujer huesuda y consumida por el deber, con un moño tan apretado que parecía estirarle la piel de la cara y una paciencia que se erosionaba día a día. Para ella, cada gesto de una futura reina debía ser un poema a la contención: postura impecable, sonrisas discretas, elegancia hasta para respirar. Básicamente, quería convertir a mi hermana en el equivalente humano de un adorno de porcelana.
—La espalda recta, princesa Sibylla —dijo ese día, golpeando suavemente la espalda de mi hermana con una varilla de madera—. Imagine que sostiene un libro sobre la cabeza. El porte lo es todo. Proyecta autoridad y gracia.
—Ah, estupendo. Mi mayor aspiración en la vida es ser una estantería —contestó Sibylla con una seriedad tan fingida que resultaba hilarante. Y para demostrar su punto, tomó un enorme y pesado tomo de la historia de nuestro linaje y se lo plantó sobre el cabello. Caminó por el salón con pasos rígidos y exagerados, como un autómata—. Mire, señora Albrey. Soy el mueble más elegante de todo el reino. ¿No le parece que mi presencia impone respeto?
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no estallar en una carcajada.
—¡Basta de burlas! —replicó la institutriz, apretando su abanico con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Ahora, la sonrisa. Una dama jamás enseña los dientes al sonreír. Es... vulgar. Sugiere un exceso de emoción.
Sibylla obedeció al instante. Estiró los labios en una línea fina y tensa, una mueca tan forzada y antinatural que parecía un caballo a punto de relinchar.
—¿Así está mejor? —preguntó, con una inocencia que era pura ponzoña.
Me atraganté con mi propia saliva y terminé tosiendo ruidosamente en mi pañuelo.
—¡Selene! —me reprendió la institutriz, girándose hacia mí con ojos como dagas—. ¡No aliente los desvaríos de su hermana!
—Yo no he hecho nada —logré decir, aunque mi voz temblaba por la risa contenida.
La señora Albrey suspiró, un sonido largo y sufrido, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros.
—Muy bien. El abanico —continuó, resignada—. Se abre con un movimiento suave y delicado de muñeca. Como si le ofreciera un secreto al viento.
Sibylla lo intentó. Pero su muñeca, aún resentida por el peso de la espada, realizó un movimiento brusco y torpe. El abanico se le resbaló de los dedos, salió disparado hacia arriba y le cayó en la frente con un golpe seco.
—Un día, princesa Sibylla, usted será reina. Y este reino necesita compostura, decoro y disciplina.
—Pues el reino tendrá que acostumbrarse a mis dientes y a mis abanicos voladores —respondió mi hermana, frotándose la frente mientras me dedicaba otro guiño cómplice.
La mujer palideció visiblemente.
Pero la obra maestra llegó en la clase de bordado. Mientras yo intentaba coser unas flores medianamente decentes, Sibylla decidió dar rienda suelta a su "creatividad". En lugar de las margaritas que indicaba el patrón, bordó algo que parecía un espantapájaros decapitado sobre un fondo sangriento.
—¿Qué... qué es esto? —preguntó la señora Albrey, sosteniendo el bastidor con dos dedos, como si fuera una plaga.
—Es un conejo —respondió Sibylla con la más absoluta dignidad—. O, bueno, un conejo después de un encuentro desafortunado con un cazador. Es arte realista.
La institutriz se dejó caer en su silla, abanicándose con la mano. Creo que estuvo a punto de desmayarse.
Yo ya no pude más. La carcajada escapó, ruidosa e incontenible.
—Ese conejo va a atormentar mis sueños —logré decir entre jadeos.
—Perfecto —replicó Sibylla con una sonrisa diabólica—. Entonces lo bordaré también en la funda de tu almohada.
Y sin embargo, mientras los días transcurrían entre el caos y las risas provocadas por mi hermana, había algo más que nunca dejaba de rondar mis pensamientos: el prisionero.
No entendía por qué lo pensaba tanto. Apenas lo había visto de lejos, pero sentía... como si me hubiese mirado directo al alma. Como si me buscara a mí, y no al mundo que lo encerraba.
Sacudí la cabeza, tratando de forzarme a volver al presente, al aroma de cera y libros viejos del salón de estudios.
—Selene —me llamó de pronto la institutriz, con la voz elevada para captar mi atención—. Repita la última lección de protocolo que hemos repasado.
Distraída, con la imagen de aquellos ojos oscuros aún grabada en mi mente, abrí la boca y dije lo primero que se me vino a la cabeza.
—"Los dientes de una reina jamás deben mostrarse en público".
Un silencio pesado y denso cayó sobre la habitación. Sibylla se tapó la boca, sus hombros temblando por la risa contenida. Un segundo después, estalló en una carcajada tan fuerte y genuina que el pesado libro de historia resbaló de su cabeza y golpeó el suelo de mármol con un estrépito rotundo.
—¡Punto para Selene! —exclamó, secándose una lágrima de alegría.
Yo esbocé una pequeña sonrisa, pero mi alegría era superficial. Porque aunque disfrutaba del caos luminoso que mi hermana creaba, en el fondo, no podía arrancarme esa otra sombra de encima. La sombra del prisionero.
Nadie en el castillo hablaba de él abiertamente, pero yo sabía que seguía ahí abajo, en los calabozos más profundos y húmedos, encerrado como una bestia salvaje.
Por las noches, cuando el silencio se apoderaba del castillo, su recuerdo se colaba en mis pensamientos como agua filtrándose por las grietas de una vieja muralla. Recordaba su voz, que escuché gritar una sola vez en un idioma desconocido que mi alma, de alguna extraña manera, parecía comprender.
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Editado: 11.01.2026