Me quedé sentada en la inmensidad de mi cama, abrazando mis rodillas como si fueran los últimos trozos de tierra firme en un mundo que se hundía. La única vela que había dejado encendida en el velador apenas tenía fuerza para dibujar el contorno de mi mano temblorosa.
Podría rezar, como haría mi madre, buscando consuelo en letanías que para mí ya no tenían significado. Podría encender más velas y leer hasta que las letras bailaran y el sueño me venciera, como hacía Sibylla cuando quería fingir que estudiaba para impresionar a algún tutor.
Pero no.
Necesitaba saber.
No por piedad, o no solo por eso. Era algo más afilado, más egoísta. Era la necesidad de entender cómo alguien podía enfrentarse a tanto dolor sin romperse.
Y la única forma era volver al lugar que había jurado no pisar.
Con el sigilo de un ladrón, me deslicé fuera de la cama. De un arcón de medicinas, tomé vendas de lino limpias y una pequeña botella de cerámica que contenía un ungüento espeso de resina de ámbar y hierbas. Descalza, para no hacer ruido, me aventuré por los pasillos del ala este.
Mis pasos desnudos sobre las losas de piedra fría sonaban como susurros antiguos. Los retratos de mis ancestros me observaban desde las paredes con ojos pintados que parecían juzgar mi insensatez.
Las mazmorras olían a metal oxidado, a moho y a la desesperanza rancia de los hombres olvidados. El eco de mis propios pasos era mi único y nervioso compañero, hasta que doblé el último recodo.
Allí, una única linterna colgaba de un gancho, arrojando un círculo de luz temblorosa sobre un guardia que dormitaba en un taburete. Su cabeza estaba echada hacia atrás y un leve ronquido escapaba de sus labios. La luz me pintó el rostro de una palidez espectral. Di un paso más y una piedra suelta se movió bajo mi pie.
El ronquido cesó.
—¿Quién va? —gruñó, enderezándose de golpe, su mano buscando instintivamente la empuñadura de su espada.
Me detuve, el corazón martilleando contra mis costillas. Avancé dejando que me viera. Su rostro, surcado por el sueño, pasó de la alarma a la incredulidad.
—La más linda y mejor que Sibylla, la princesa Selene.
El guardia, un hombretón llamado Kael, soltó un bufido. Una sombra de sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—¿Tú otra vez? —dijo, su voz ronca—. Hay pasatiempos menos peligrosos para una princesa. Como bordar, por ejemplo.
—¿Yo? —repliqué, poniendo una expresión de inocencia tan perfecta que casi me la creo—. ¡Jamás he estado aquí antes! Es mi primera vez explorando los... aposentos subterráneos. Es tan rústico. Así como usted "jamás" se ha encontrado con la dama de compañía de mi hermana en los jardines después del toque de queda.
El rostro de Kael se tiñó de un rojo que la luz del farol no pudo disimular. Se aclaró la garganta, ajustándose la coraza desordenada por la siesta. Soltó un resoplido que fue mitad rendición, mitad risa.
—Gracias a los dioses que no serás la futura reina.
Tampoco lo ambiciono.
—He traído vendas y algo de comida —dije, volviendo a mi propósito y mostrando el pequeño bulto—. El prisionero... Está herido.
Kael me estudió con la mirada cansada de un hombre que ha visto demasiadas cosas. Su expresión parecía sopesar si mi estupidez merecía indulgencia o una alarma a gritos.
—Cinco minutos —declaró al fin, sacando una pesada llave de su cinturón—. Si grita, entro y corto su lengua.
—¿A él o a mí?
—Depende de quién grite más fuerte.
La reja de hierro protestó con un chillido agudo al abrirse. El olor del interior me golpeó como una pared: paja húmeda, sudor viejo y ese penetrante hedor metálico a sangre seca. La celda era un agujero oscuro, más pequeño de lo que había imaginado. Las paredes de piedra sudaban humedad y el suelo de tierra apisonada se inclinaba hacia la negrura del fondo.
Y él estaba allí. Sentado contra el muro más alejado, apenas una silueta en la penumbra. Tenía la cabeza gacha, el cabello —que bajo el sol debía ser rubio como el trigo— estaba apelmazado por la suciedad y el sudor. Una pierna estaba estirada, la otra flexionada, una postura que no era de rendición, sino de espera.
Cuando levanté mi linterna, la luz lo alcanzó. Él alzó la vista, y sus ojos me atravesaron en la oscuridad. No había la furia ardiente que recordaba, sino una curiosidad afilada, casi animal. No se movió. No hubo súplica, ni sorpresa teatral. Solo una observación calmada, como si estuviera calculando qué nueva clase de tormento era yo.
—Hola —susurré, dejando la linterna en el suelo, en un ángulo que nos iluminara sin cegarlo—. No te asustes. No traje armas. Solo esto. Y pan con ciruelas.
Sus ojos me recorrieron, como si yo fuera una molestia conveniente. Murmuró algo en su idioma, palabras ásperas y guturales, llenas de un filo que no entendía.
—Korr'vas, na'shel.
Sonaba a una mezcla de insulto y advertencia.
—Voy a suponer que eso fue "gracias por tu amabilidad, dulce dama" —dije, forzando una sonrisa torcida—. Y no algo como "lárgate de aquí antes de que te mate".
No hubo reacción, solo esa mirada intensa.
—No te preocupes, lo entiendo —continué, avanzando un paso más—. Así reaccionaban los gatos callejeros del mercado cuando intentaba darles comida. Me bufaban, me arañaban... pero al final, me seguían durante semanas. Por suerte para mí, tú estás encadenado y no puedes hacerme daño.
Por primera vez, algo cambió en su rostro. Sus labios se curvaron en un extremo, un gesto mínimo. No era una sonrisa. Era burla pura.
Y como si hubiera leído mis pensamientos, levantó lentamente las manos. El sonido metálico de las cadenas al deslizarse por la piedra me heló la sangre. Mostró que la longitud de la cadena, le permitiría alcanzar el centro de la celda. Y un poco más allá. Lo suficiente para alcanzarme.
Mi garganta se secó de golpe.
Retrocedí instintivamente.
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Editado: 11.01.2026