Y así, cada anochecer se convirtió en mi propio y secreto ritual.
La primera vez, pensé que sería la única. Un desliz motivado por la curiosidad o por ese estúpido instinto que a veces nos empuja hacia el peligro. Pero mi corazón, terco e indomable, me arrastraba de nuevo hacia el pasillo húmedo que llevaba a los calabozos.
Al encontrarme de nuevo frente a su celda, lo hallé como la noche anterior: una sombra acurrucada en el rincón más oscuro, con los ojos clavados en mí. Sus ojos me recorrieron como si yo no fuera más que una sombra molesta, un mosquito zumbando cerca de su oreja.
La voz le sonaba áspera, gastada, como el hierro oxidado de sus grilletes. Y, sin embargo, debajo de esa rugosidad, había un eco extraño, casi burlón, que me hizo sonreír.
Me limité a alzar una ceja, dejando que la linterna iluminara mi rostro.
—¿Eso es lo mejor que tienes? —le pregunté en voz baja, aunque sabía que no me entendería.
Me sostuvo la mirada un instante, y un destello inusual, una chispa, cruzó sus ojos. Soltó un bufido corto, casi como una risa apagada. No era un sonido de júbilo, sino de resignación.
La segunda noche, el frío se colaba por las piedras de la mazmorra, húmedo, calándome hasta los huesos. Las sombras de la linterna se estiraban y se encogían con mis movimientos. Me acerqué con el paño y un pequeño cuenco de agua limpia, las precauciones de un médico más que las de la hija de un rey.
Él me observó desde su rincón. No dijo nada mientras yo desplegaba el paño limpio y me preparaba para atender sus heridas.
—Si no colaboras, te va a doler más —advertí, con las manos firmes. Puse un poco de sal en el agua, consciente de que lo purificaría, pero también consciente del dolor que le causaría. Era un precio justo, supuse.
Al sentir el roce del paño, la tensión se apoderó de sus músculos. Murmuró algo otra vez, con ese tono que sonaba a burla y desprecio.
—Oh, claro, insúltame mientras trato de salvarte la pierna —dije, sin levantar la voz—. Muy inteligente. Si no te ayudo, en unos días tendrás gangrena. ¿Y qué harás entonces?
Él no contestó, pero sus ojos se abrieron un poco, como si mis palabras, a pesar de no entenderlas, le hubieran causado algún tipo de impacto. El silencio se instaló entre nosotros, un silencio que hablaba mucho más que cualquier diálogo.
Solo se oía el roce del agua en la tela, el goteo persistente del techo y su respiración controlada.
Cuando terminé, él apartó la mirada, como si admitir un poco de gratitud fuera una humillación peor que la tortura.
La tercera noche. El eco de sus palabras llenaba la mazmorra. Él hablaba. No conmigo, sino consigo mismo. Palabras en su idioma que rodaban como piedras en el río. Yo lo escuchaba sin entender, imaginando qué significaban. A veces la cadencia era suave, como si recordara a alguien. Otras, brusca, como si escupiera odio.
Me arrodillé junto a los grilletes, revisando que no le estuvieran haciendo daño en los tobillos.
—¿Eso fue una maldición? —pregunté en un susurro, inclinándome para mirarlo.
Sus labios se curvaron apenas, un gesto tan ambiguo que podía ser una sonrisa de burla o una expresión de dolor.
—Mmmh... —fue todo lo que dejó escapar, antes de girar la cara hacia la pared de piedra.
Yo decidí no tomármelo personal. Quizá no hablaba de mí. Quizá sí. Pero lo que me parecía verdaderamente cruel, insoportable casi, era que nadie en este castillo se molestara en decirle una sola palabra en su lengua. Nadie, salvo yo, parecía siquiera interesarse en intentarlo.
Me descubrí pensando en ello mientras le cambiaba las vendas. La herida estaba mejorando, un claro signo de que mis esfuerzos servían de algo.
—Debe ser horrible —dije en voz baja, más para mí que para él—. Estar rodeado de gente y no entender nada...
Él me miró entonces, con un destello fugaz de algo distinto en los ojos. No era gratitud, no era ternura, pero sí un reconocimiento mínimo, como si por un segundo no fuera yo su enemiga, sino apenas... una presencia menos hostil. Era una conexión fugaz, un hilo invisible que unía a dos personas en la oscuridad.
La noche siguiente fui otra vez. Y la otra también.
Era como un ritual sagrado. Esperaba a que todo el castillo se sumiera en el sopor del sueño, esquivaba a los guardias que se adormecían apoyados contra las paredes y, con una linterna temblorosa en la mano, bajaba hasta la oscuridad subterránea. Era mi pequeño acto de rebeldía en un mundo que lo tenía todo planeado para mí.
A veces no hablábamos nada. Yo trabajaba en silencio, limpiando, revisando, cambiando vendas. Él se limitaba a observarme con ese aire tenso, como si en cualquier instante yo fuera a dar la orden de colgarlo en la horca de mi padre.
En esos silencios, el tiempo se volvía más pesado. Escuchaba mi propia respiración, la suya, el crujido del cuero de sus grilletes. Y por alguna razón, cada noche que pasaba, me encontraba más atada a ese rincón de la mazmorra que a mis propios aposentos.
La rutina se volvía peligrosa. Mi hermana soñaba con espadas y futuros esposos, mi institutriz con coronas y títulos... y yo, en cambio, soñaba con un prisionero que hablaba en un idioma que nadie se preocupaba en entender. Era una obsesión silenciosa, un secreto que me estaba consumiendo.
Había noches en que sentía verdadero miedo. El chirrido de las ratas, el eco de mis pasos en la escalera, el resoplido profundo de su respiración cuando yo pasaba demasiado cerca... todo me decía que era una locura estar allí. Y, aun así, volvía. Me volví adicta a ese riesgo extraño, a esa intimidad muda, a la sensación de que, aunque él nunca lo admitiera, esperaba mis visitas.
Y aunque me repetía que no debía, que era una tontería, seguía yendo cada noche.
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Editado: 11.01.2026