Realeza Eterna

Capítulo 23.

Las antorchas parpadeaban en las paredes de piedra, proyectando sombras largas que parecían respirar con cada chispa. Otra noche, otra visita, otro fracaso.

—No entiendo nada de lo que dices —resoplé, frustrada, mientras enjuagaba un paño en la palangana—. Podrías, no sé, hablar más lento. O hacer señas. O... cualquier cosa.

El prisionero me miró desde su rincón, encadenado. Sus labios se curvaron en esa media sonrisa burlona que empezaba a reconocer demasiado bien. Murmuró algo en su idioma: áspero, rápido, con una musicalidad que me resultaba tan extraña como hipnótica.

—Eso fue un insulto, ¿verdad? —pregunté, arqueando una ceja.

Él inclinó la cabeza, sin negar ni confirmar, como si disfrutara del juego.

—¿Cómo dices... "cielo"? —pregunté, levantando la linterna un poco para iluminarle el rostro.

El prisionero me miró como siempre: con esa mezcla de burla y sospecha, como si yo fuera una niña jugando a las adivinanzas frente a un lobo encadenado. Murmuró algo en su lengua, seco, áspero. Yo intenté repetirlo.

—Shrr... shraa... ¿shrreii? —me atraganté con las consonantes imposibles.

Un resoplido. No supe si era risa o desprecio.

Oh, perfecto. Ahora resulta que soy la bufona oficial de las mazmorras.

Él soltó un gruñido bajo, como si le hubiera molestado, pero ni siquiera me miró.

Fue entonces cuando escuché pasos en el pasillo. El guardia encargado de vigilarme apareció con gesto cansado, rascándose la nuca bajo el casco.

—Voy al baño, princesa. Parece que aquí estás... muy a gusto —dijo con sorna, señalando al prisionero con la barbilla.

Me puse tensa.

—¿Cómo te atreves siquiera a insinuar...?

—No insinuo nada. Solo... —se inclinó hacia mí, bajando la voz— si se te ocurre la locura de liberarlo, juro que mañana mismo se lo cuento al rey.

Me quedé helada, pero mantuve el mentón en alto.

—No soy tan tonta.

—Ya lo sé —rió entre dientes, cerrando la puerta tras de sí—. Pero nunca se sabe.

El silencio volvió, pesado. Yo evité mirar al prisionero, aunque sentía su mirada fija sobre mí, más penetrante que nunca.

Se alejó riéndose solo, sus botas repicando por el corredor hasta perderse en el eco.

Me quedé de pie, con el corazón latiendo demasiado fuerte.

El prisionero me miraba fijo. Sus ojos parecían brillar a la luz temblorosa de la lámpara.

—No lo escuches —susurré, más para mí misma que para él.

Él no respondió. Solo tensó los grilletes, como si presintiera algo.

Y entonces pasó.

Un chirrido metálico. Un roce extraño detrás de la puerta. Y antes de que pudiera comprender qué ocurría, una figura se deslizó desde las sombras del pasillo. Un hombre vestido de negro, el rostro cubierto, un cuchillo largo brillando bajo la luz de mi lámpara.

Yo me quedé paralizada.

El acero brilló en el aire.

El prisionero reaccionó en un parpadeo. A pesar de las cadenas, se lanzó hacia el atacante, atrapó su muñeca y lo torció con violencia brutal. El cuchillo voló de su mano, rasgando el aire, y se clavó en la pared con un chasquido metálico.

El hombre forcejeó, pataleó, pero el prisionero no soltaba. Con un movimiento feroz, arrastró al intruso hacia sí y enrolló las cadenas alrededor de su cuello. Se oyó un crujido húmedo. Sus manos arañaban, intentando aferrarse, mientras un hilo de sangre comenzaba a brotar de su boca. Sus ojos se abrieron de par en par, aterrados.

El prisionero apretó sin piedad la cadena cortó la piel. El invasor convulsionó, la cabeza tambaleándose violentamente, pero lo peor vino después, con rodilla abajo torció el cuello del hombre una última vez, asegurándose de que no se moviera.

La sangre manchaba el suelo.

Me cubrí la boca, incapaz de apartar la mirada. La lámpara tembló entre mis manos.

El prisionero respiraba con dificultad, los músculos tensos, los ojos incendiados de furia contenida. La sangre le goteaba del hombro, empapando sus cadenas y sus manos.

Y entonces habló:

—Corre.

Mi corazón se disparó. La escena a mi alrededor era un caos sangriento y mortal. No había tiempo para pensar. Solo para huir.

Subí las escaleras a trompicones, el corazón golpeándome las costillas. A mitad de camino me topé con el guardia, que volvía ajustándose el cinturón.

—¿Qué diablos...? Princesa, ¿por qué corres así? —me agarró de los hombros, pero yo solo balbuceaba incoherencias.

—Él... la sombra... cuchillo... sangre...

El guardia me sacudió.

—¡Habla claro!

—¡Un asesino! —grité al fin, con la voz quebrada.

El color se le borró de la cara. Sin esperar más, echó a correr escaleras abajo. Yo, entre sollozos y temblores, lo seguí.

Al llegar, la escena me cortó la respiración.

El prisionero estaba de pie, cubierto de sudor y sangre, con las cadenas colgando aún de sus muñecas. A sus pies yacía el cuerpo inerte.

El prisionero nos miró a ambos con calma aterradora.

El guardia lo fulminó con la mirada, pero tragó saliva. Yo, en cambio, no pude articular palabra. Solo di un paso atrás, el eco del crujido en el cuello del asesino aún repitiéndose en mi mente.

—Vete —repitió él, mirándome ahora a mí.

Obedecí.

Y por primera vez, entendí que aquel hombre no era solo un prisionero. Era algo mucho más peligroso, como advertía papá.




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