No dormí. Ni un segundo.
Las imágenes se repetían en mi mente sin descanso: el asesino ahorcado con las cadenas, el crujido de su cuello, la calma imposible con la que el prisionero me dijo "Corre".
Y yo corriendo como una niña asustada, dejando atrás un rastro de sangre que solo yo podía ver.
El alba llegó sin que yo hubiera conciliado el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la sangre desparramada en los muros del calabozo, el brillo metálico de la daga y los ojos del prisionero, oscuros y salvajes, clavándose en mí como si intentaran marcarme para siempre.
Cuando las doncellas entraron a mi cámara para prepararme, me encontraron aún vestida con la túnica de la noche anterior, con el cabello revuelto y la piel tan pálida que ni la luz del amanecer logró disimular.
—Princesa Selene, el consejo os espera en el tribunal —me avisó una de ellas con una reverencia, mientras me tendía el vestido ceremonial color marfil que debía llevar.
Parpadeé, desorientada. Mi mente aún estaba en la mazmorra.
—¿Tribunal? —pregunté con la voz ronca, como si acabara de despertar de una pesadilla.
Las tres doncellas intercambiaron miradas incómodas. La más joven fue la primera en atreverse a hablar.
—No lo sabéis aún, alteza... anoche alguien intentó asesinar al prisionero.
Sentí que la sangre se me helaba en las venas.
—¿Qué? —alcancé a murmurar, con un sobresalto demasiado real para ser ignorado.
La doncella mayor, al ver mi expresión, se apresuró a llenar el silencio.
—El hombre sobrevivió, pero dicen que fue por poco. El consejo ha convocado a un juicio urgente para investigar quién fue el intruso y si actuaba por orden del rey o de algún noble. Muchos piden respuestas sobre la seguridad del castillo.
Me quedé rígida. La daga, la sangre, aquel cuerpo desplomado contra los barrotes... todo volvió a mi memoria con una nitidez aterradora. No podía, bajo ninguna circunstancia, confesar que yo había estado allí. Nadie debía saberlo.
—Yo... —me mordí el labio, conteniendo cualquier palabra que pudiera traicionarme. Fingí ignorancia—. Entiendo. Entonces debo darme prisa.
Me puse de pie con brusquedad, lo que provocó que una de las doncellas casi dejara caer la corona de flores que sostenía. Me dejé vestir sin protestar, aunque mis manos temblaban bajo las mangas de seda. Mientras me arreglaban el cabello, mi reflejo en el espejo me devolvía el rostro de alguien que parecía haber envejecido años en una sola noche.
El vestido ceremonial color marfil me oprimía como una cadena invisible. El broche dorado en el pecho, símbolo de pureza, me resultó una ironía insoportable.
—Alteza... —dijo suavemente la doncella más joven, mientras ajustaba mi capa—. ¿Estáis bien? Tenéis el rostro muy pálido.
Forcé una sonrisa que no convenció a nadie. —Estoy bien. Solo... cansada.
Y sin más, salí de la cámara.
El salón del juicio estaba abarrotado. Nobles, consejeros, caballeros, y hasta aldeanos autorizados a presenciar lo que se había convertido en un espectáculo.
El murmullo del pueblo parecía un enjambre contenido, y las antorchas encendidas daban a la sala un resplandor más propio de un cadalso que de un tribunal.
Sibylla ya estaba sentada a mi lado, impecable como siempre: su vestido celeste ondeaba a cada movimiento y su porte transmitía una autoridad que ni siquiera necesitaba esforzarse en demostrar.
Yo, en cambio, me removía incómoda en mi asiento, con los dedos entrelazados y el corazón golpeando con fuerza en mis costillas.
El prisionero fue conducido por dos guardias. Tenía los labios resecos, la piel marcada de cicatrices recientes y, aun así, conservaba esa mirada desafiante. Apenas levantó el rostro, sus ojos se clavaron en los míos.
No aparté la vista de inmediato, y me arrepentí al instante: aquella intensidad me atravesó como un hierro candente.
El rey, mi padre, alzó la voz.
—Bien... —entonó tras escuchar al consejo relatar lo ocurrido en los calabozos—. Me gusta que seas lo suficientemente hombre para no quebrarte con estos intentos de asesinato. Pero eso no te exonera del interrogatorio.
El prisionero no respondió. Ni una palabra. Solo silencio.
Los murmullos crecieron. Todos esperaban alguna declaración. Sin embargo, el prisionero permaneció en silencio, con la mandíbula apretada. Cada pregunta fue ignorada, cada amenaza desestimada. Solo habló con los ojos, y siempre los dirigía hacia mí.
Sentí que el aire se espesaba. Padre comenzó a perder la paciencia.
—Basta de juegos. —Se puso de pie, su voz tronando por todo el salón—. Si no hablas, haré que te arranquen palabra por palabra de la carne.
El verdugo, que aguardaba al fondo, dio un paso al frente. El sonido metálico de sus cadenas me crispó los nervios. Y entonces, sin pensarlo, me puse de pie.
—Basta —exclamé.
No grité, pero mi voz retumbó en cada rincón de la sala. Un silencio absoluto cayó como una losa. Vi cómo incluso mi padre, con toda su severidad, me miraba sorprendido. Los consejeros abrieron los ojos de par en par. Sibylla me observó con un brillo de incredulidad, y por primera vez sentí la mirada de todo un reino sobre mí.
Por todos los dioses, ¿qué acabo de hacer?
—Digo... yo... —intenté recomponerme, pero las palabras me abandonaron. No sabía qué inventar, cómo justificar mi atrevimiento.
Entonces sentí una mano cálida tomar la mía. Sibylla, siempre tan segura, se levantó a mi lado.
—Es un prisionero real —dijo con voz clara, imponente, que acalló los murmullos—. Un espía del reino enemigo. Es el único que posee información valiosa para las guerras que esos bárbaros traerán a nuestra nación. Castigarlo a morir ahora, después de haber sobrevivido a un atentado, me parece poco... táctico.
Los ojos de todos se posaron en ella.
—¿Y qué sugieres? ¿Un premio para el prisionero? —bufó mi padre, entre la burla y el enojo.
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Editado: 11.01.2026