Fui a la biblioteca, un lugar olvidado donde nadie se atrevía a entrar. Ni siquiera los criados. Yo la recorría como si fuera un castillo encantado, con paredes que susurraban secretos y estantes que parecían custodiar viejas maldiciones.
Al principio me sentí optimista. Revisé una, dos, tres estanterías enteras buscando algo, lo que fuera, sobre el idioma del enemigo. Nada. Ni un diccionario, ni una referencia, ni una nota perdida entre páginas. Solo tratados de guerra, registros de cosechas, y los sermones infinitos que los clérigos adoraban.
Me rendí después de horas, exhausta. Me senté en el suelo, el polvo cubriéndome la falda, y cerré los ojos. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pensaba lograr? Cerré un tomo con más fuerza de la necesaria.
—Bah... inútiles —murmuré, dejando que el lomo del libro cayera sobre el resto de la pila.
Y entonces lo vi.
Un destello. Como un guiño en la penumbra del pasillo más profundo, donde las velas apenas se atrevían a entrar. No sé si era el reflejo de una vela lejana o un simple juego de la luz, pero mi curiosidad fue más fuerte que el sentido común. Caminé entre estantes, esquivando telarañas, siguiendo esa chispa hasta que mis dedos rozaron el lomo de un libro olvidado. Lo encontré.
Un tomo grueso, amarillento, con la tapa desgarrada y la mitad cubierta por marcas de roedores. Leí el título con dificultad:
"Gramática del Norte. Edición incompleta."
Sentí un escalofrío. Era como si alguien me hubiera colocado la llave de un cofre prohibido en las manos. Pasé las páginas con avidez: caracteres extraños, filosos, escritos como cuchillos. No era fácil, pero tampoco imposible. Mi mente comenzó a repetir sílabas, a tropezar con sonidos que parecían gruñidos.
—Si alguien me encuentra leyendo esto... —me dije en voz baja—, mi padre me cuelga junto al prisionero.
Sonreí sola, un poco nerviosa, un poco emocionada.
Al día siguiente, entré en su celda con el libro bien escondido bajo mi capa. La humedad me envolvió con ese olor metálico a óxido y sudor.
El prisionero me observó como siempre, sentado en la penumbra, encadenado, con el cabello rubio enmarañado y la piel más pálida que antes. Ya no era el guerrero orgulloso de la primera vez que lo vi, pero tampoco era un hombre vencido. Había algo en su mirada que no se apagaba.
Me armé de valor y solté lo que había practicado toda la noche.
—Eh... grashh krol venek.
Un silencio. Él levantó una ceja. Primero me miró con desconcierto, y luego... se echó a reír. Una risa rota, grave, que se le escapó como un respiro prohibido.
—¿Qué... qué dije? —pregunté, colorada, con el corazón latiendo con fuerza.
Se inclinó hacia adelante, divertido, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Ya sé que hablas mi idioma —resoplé, indignada—. Estoy haciendo el esfuerzo de comunicarme. ¡Apóyame! Te traje un postre, incluso.
Su sonrisa torcida brilló entre la mugre de su rostro.
—Me acabas de llamar... "burro apestoso" —dijo en un español lento, arrastrado, pero perfectamente entendible.
Me sonrojé al instante, llevándome las manos a la cara.
—Quise decir... gracias. ¡Gracias!
—Pues fallaste. —Él sonrió, ladeando la cabeza, divertido—. Tu libro está viejo, y tu lengua, torpe. Pero... se aprecia el esfuerzo.
Me quedé en silencio, procesando la información. Mi libro, mi único tesoro, era una farsa.
—Panar he'vorr —dije con orgullo, inflándome el pecho como si hubiese conquistado un reino entero. Al menos en esto debía tener razón.
Él levantó una ceja, la sombra de una sonrisa colgando de sus labios partidos.
—¿Qué? "Te traje pan"... creo —alcé un trozo envuelto en un paño, esperando que me aplaudiera por mis avances lingüísticos.
Se echó a reír. Su risa rebotó en las paredes húmedas de la celda como un eco prohibido, algo que no pertenecía a ese lugar de cadenas y muerte.
—Panar es pan, sí. Pero he'vorr... no es traer. Es lanzar. Lanzar fuerte. Como una piedra.
Me quedé con el pan en la mano, parpadeando.
—Ah... entonces te arrojé pan como si fueras un pato. —Se lo extendí, resignada.
Él soltó otra carcajada, aunque más baja esta vez, casi como si no quisiera que se notara demasiado.
—Peor. Como si fuera un perro sarnoso.
Su sonrisa torcida brilló un segundo antes de desvanecerse bajo la sombra de su rostro. Me quitó el pan de las manos con lentitud, y sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que mi piel se erizara.
A la luz temblorosa de la antorcha, vi cómo la mugre le cubría la cara, ocultando cortes ya cicatrizados. Sin embargo, sus ojos —azules, helados, furiosos— brillaban con más fuerza que el fuego mismo. Su cabello rubio caía desordenado sobre la frente, como si la guerra lo hubiera marcado para siempre. Había algo contenido en él, como un lobo atado con una cadena demasiado corta.
Ni siquiera el mejor de mis pretendientes podía darse el lujo de tener una belleza así. Una belleza peligrosa.
Tomó un trozo de pan y lo mordió sin mirarme, con una calma que parecía más una provocación. Yo me armé de valor.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Silencio.
—¿Tienes familia? ¿Amigos? —seguí, con voz más baja, casi un ruego disfrazado de curiosidad.
Él me observó, con esa calma tensa que parecía más una amenaza que indiferencia. No abrió la boca.
—Princesa, ya es hora de volver —interrumpió el guardia, entrando con su farol y la expresión cansada de siempre.
—Un momento más —supliqué, alzando una mano.
El guardia suspiró y apoyó la espalda contra la pared, cruzándose de brazos. Parecía divertirse viéndome insistir con alguien que prefería callar.
Respiré hondo y lo intenté una última vez.
—¿En serio no hay alguien que espere que vuelvas? —mi voz tembló más de lo que quise.
El prisionero masticó lentamente. Tragué saliva, convencida de que otra vez no obtendría respuesta. Pero entonces, apenas un murmullo, salió de sus labios:
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Editado: 11.01.2026