Realeza Eterna

Capítulo 26.

Un eco en la sombra

Llevaba una semana repitiendo palabras bajo mi aliento. La lengua del Norte se me había metido en la piel como una fiebre.

—Tarn vael... —susurraba mientras me vestía.

—Virenh kalom... —al morder un trozo de fruta.

—Sae'laeth... —antes de dormir.

Las pronunciaba como plegarias clandestinas. Repetía frases hasta dormirme, murmuraba palabras mientras comía, incluso cuando los criados dejaban los platos en mi mesa y fingían no escucharme. A veces me sorprendía corrigiéndome a mí misma en voz baja, como si llevara un maestro invisible pegado al hombro. Practicar ese idioma era como desenterrar una melodía perdida, una que nadie quería volver a oír... excepto yo.

Las horas se me escurrían en la biblioteca vieja, en la sección prohibida del ala este. Ese lugar parecía vivir fuera del tiempo. Los estantes crujían al mínimo roce, las telarañas se agitaban con cada corriente de aire, y los libros olían a cosas olvidadas: humo, humedad, hierro oxidado... secretos. Algunos volúmenes estaban sellados con cera rota; otros, envueltos en telas oscuras, como si temieran ser leídos.

Y aun así, me sentía más viva allí que en cualquier baile de gala.

Estaba tan concentrada repitiendo un verbo extraño —que podía significar "conquistar" o "devorar", según el contexto— que no noté los pasos hasta que una voz me atravesó como un cuchillo suave.

—¿Y si en vez de "mi coraje florece", estás diciendo "mi trasero florece"?

Casi me caí de la silla. El libro resbaló de mis manos y levanté la vista de golpe.

—¡Madre! —jadeé, llevándome una mano al pecho.

Ella estaba en el umbral, cruzada de brazos, con su bata de terciopelo burdeos que arrastraba un poco por el suelo y el cabello blanco recogido en una trenza floja. La serenidad en su rostro contrastaba con el destello travieso en sus ojos.

Mi madre se acercó despacio, como si inspeccionara un campo de batalla y recogió el tomo con cuidado, hojeando las páginas con una ceja arqueada.

—¿Puedo saber por qué, la menor de mis hijas, la princesa de este reino, está leyendo una lengua enemiga? —preguntó con esa calma peligrosa que usaba cuando estaba a medio paso de enfadarse.

Me mordí el labio. Pensé en mentir, en inventar cualquier excusa académica, pero las palabras se me escaparon como si no fueran mías:

—Quiero saber qué dijo ese prisionero, la primera vez que lo vimos.

Su boca se curvó apenas, conteniendo una risa.

—Dijo... que tenías un lindo rostro para tener un heredero.

El corazón me dio un brinco tan fuerte que me dolió el pecho. El calor me subió a las mejillas como fuego, y balbuceé:

—¿Él... cree que soy linda?

Mi madre soltó una risita breve, negando con la cabeza.

—Selene, soy tu madre. Jamás te repetiría una perversión tan directa. Quédate con mi versión.

Intenté mantener la seriedad. Fracasé. Sonreí como una niña, aunque fingí que era por nervios. Ella me observó con esa mezcla de ternura y advertencia que solo una madre domina.

Y antes de que pudiera huir de esa mirada, solté la pregunta que me carcomía.

—Mamá... —titubeé—, ¿cuándo supiste que amabas a papá? Quiero decir... él no era noble, ni príncipe, ni siquiera tenía tierras. ¿Cómo supiste...?

Ella se quedó pensativa, como si las palabras la hubieran arrastrado de golpe a un tiempo lejano. Se sentó frente a mí, con ese gesto pausado que solo hacía cuando estaba a punto de confesar algo importante.

—¿Sabes la historia de la torre?

Asentí enseguida.

—Que era una guarida de ladrones y traidores hasta que se incendió sin dejar sobrevivientes. Que te tomaron prisionera y papá fue quien te rescató.

Su sonrisa apareció, pero no le llegó a los ojos.

—¿Sabes qué es lo más sorprendente? Que soy la protagonista de esa historia... y no recuerdo haber estado allí nunca.

Me quedé helada.

—¿Qué... quieres decir?

Ella fijó la mirada en la ventana alta, donde la luna colgaba como un ojo blanco.

—Hay días en los que siento... como si alguien nos observara desde esa torre. Como si hubiera algo que olvidé, aunque ya no quede más que ceniza y ruinas.

—A mí me da escalofríos —susurré.

Mamá se levantó lentamente, como si sus pensamientos fueran más pesados que su cuerpo. Antes de irse, pasó una mano por mi cabello, con el mismo gesto con el que me consolaba cuando tenía pesadillas de niña.

—Sea lo que pretendas hacer...

—Sé que me amas y siempre me apoyarás —me adelanté, con esperanza.

—No. Lo que quiero decir es que es una mala idea. Ese joven que está abajo está ahí por algo, Selene. Y tu padre... —hizo una pausa, como si pesara la frase— no será indulgente esta vez con ese prisionero, como lo fue con los otros.

Y se fue, dejándome sola con las palabras que seguían ardiendo en mi boca y con más preguntas que respuestas.

Me quedé un largo rato mirando las letras afiladas del libro, preguntándome si aprender su idioma me acercaba a la verdad... o si me estaba empujando directo al abismo.




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