Esa noche, la luna parecía cortada en dos, como si alguien hubiera pasado un cuchillo por el cielo. Una mitad brillaba con arrogancia, un ojo de plata sobre el reino; la otra se deshacía en sombras, una herida abierta en la oscuridad.
La sensación de ser observada desde la torre regresó, más fuerte que nunca. No era paranoia: en lo alto de la ruina, una ventana rota dejó escapar un destello, como un farol que titilaba en desafío. Me quedé quieta, el corazón acelerado, preguntándome si el cansancio me jugaba una mala pasada. Esa torre no debería tener vida... y, sin embargo, me estaba mirando.
Sacudí la cabeza, reprimiendo el escalofrío, y retomé el camino por los pasillos. Cada paso era un pacto de silencio: el mármol frío bajo mis sandalias, las columnas gigantes que parecían vigilarme, el eco apagado de mis respiraciones contenidas. Llevaba una linterna envuelta en tela, lo justo para no tropezar y no delatarme.
El chirrido de la reja resonó suave, y allí estaba él.
Él estaba despierto. Siempre lo estaba. Sentado contra la pared, con los hombros encorvados. La penumbra delineaba su figura, y la sombra de sus pestañas se proyectaba en la piedra, alargada como alas negras.
—Vireh... kalôth —me atreví, con el cuidado de quien pisa un campo minado.
Sus cejas se arquearon, y su boca se curvó en una expresión que no era del todo sonrisa. Tal vez burla. Tal vez dolor.
—¿Eso fue... "buenas lunas"? —preguntó en lengua común, ronco, con un deje divertido.
Mi cara se iluminó, a pesar de la linterna.
—¡Lo entendiste!
—Lo entendí porque dijiste que "pantalones con hambre" —su tono era seco, pero no cruel, y la pequeña sonrisa se hizo más evidente.
Solté un bufido y lo miré con fingida indignación.
—Podrías al menos fingir que lo hago bien.
—Y tú podrías dejar de torturarme con tu acento. —Su voz rozó la risa, pero se quedó corta.
Me arrodillé junto a él y destapé el frasco de ungüento.
—Estoy aprendiendo.
—A torturar lenguas muertas. Felicidades, mi lady.
—No soy lady —tomé un paño limpio y acerqué su brazo, con suavidad—. Soy princesa. Eso es peor.
Una carcajada breve le escapó, seca como madera astillada.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, observándome de arriba abajo con esa mirada que lo analizaba todo—. ¿Por compasión? ¿O por lástima?
Me detuve, sin apartar la mano de su piel. No me había esperado esa pregunta, no tan directa, no con esa voz que parecía acusar y suplicar a la vez.
—Por compasión —respondí sin rodeos—. Hay personas que deberían tenerla más seguido.
Me miró como si no supiera si lanzarme agua sucia o agradecerme. El silencio se alargó hasta que suspiró.
—¿Te han dicho que eres imposible?
—Sí. También que tengo buen cutis. —Me encogí de hombros.
Por un momento, lo imposible sucedió: sus labios se torcieron en lo que podría ser una sonrisa. Fugaz. Casi oculta. Pero real.
Me incliné un poco más cerca.
—¿Cuál es tu nombre?
Él dudó. La duda fue larga, peligrosa. Sus ojos se clavaron en mí como si buscaran un resquicio para entrar. Finalmente, la palabra escapó, baja, firme:
—Caelan.
Su nombre resonó en mi pecho como un juramento.
—¿Y qué hiciste para terminar aquí? ¿Robaste una vaca real? ¿Escupiste en el vino de mi padre?
El destello de diversión desapareció. Bajó la mirada, y la respuesta llegó sin vacilar.
—Intenté negociar un cese al fuego. Sin el permiso de mi padre. Y me capturaron.
El aire se espesó. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Cómo...?
—Fui enviado como emisario de paz. Quise firmar un tratado. Pero mi padre... —apretó la mandíbula, y la furia que intentaba contener se asomó por un segundo—. Él no quería diplomáticos. Quería mártires.
El silencio me atravesó como una lanza. El prisionero frente a mí no era un ladrón. No era un asesino. Había intentado detener la guerra... solo. Y por eso lo habían encadenado.
Me quedé helada, observando sus muñecas marcadas por las sogas, la sangre seca en su piel, la sombra de alguien que había cargado con un ideal más grande que sí mismo.
—Entonces tú eres...
—Un prisionero. Eso es todo lo que importa aquí. Ahora ya sabes quién soy. ¿Estás satisfecha?
—No —murmuré.
Él alzó la vista, sorprendido.
—¿No?
—No me basta. —Cerré el frasco, recogiendo el paño manchado—. Quiero escucharte de nuevo.
Por primera vez, sus ojos se suavizaron. Y esta vez la sonrisa sí apareció. No era una mueca. No sarcasmo. Una sonrisa real, tenue, casi escondida... pero sincera.
Me quedé grabada en ella como si fuera un secreto compartido.
Esa noche, cuando regresé a mi habitación, no repetí palabras en lengua extranjera. No pensé en verbos, ni en acentos, ni en frases torpes.
Pensaba en sus ojos. En su risa breve. En su nombre.
Y en cómo sacarlo de allí.
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Editado: 11.01.2026