—Eternin.
La palabra flotó entre nosotros, ligera, frágil, como una pluma que se resiste a caer. Caelan la repitió en voz baja, casi temeroso de romperla, como si probara su sabor antes de pronunciarla de verdad.
—¿Qué significa? —preguntó, sus ojos clavados en los míos incluso cuando intentaba apartar la mirada.
—"Permanece." Como un eco que no muere, como la esperanza... cuando todo duele.
Él inclinó la cabeza, desconcertado, como si no esperara esa dulzura en mi voz. Y entonces, por un instante, todo el calabozo desapareció: no había cadenas, no había barrotes, solo el susurro de dos respiraciones compartidas.
Me acerqué, los dedos rozando el metal frío de sus esposas. Quise quitárselas. Solo un instante, solo un roce de libertad.
—Entonces dime tú una —susurré, mi corazón martillando como un tambor secreto.
Él me observó largo rato, la luz de la linterna temblando sobre su rostro. Sus labios se curvaron apenas, un gesto mínimo, pero suficiente para que mi mundo girara.
—Khav'el —dijo al fin.
—¿Qué... qué significa? —mi voz tembló, pequeña, vulnerable.
—"Arder."
La palabra me rozó como una llama, quemando un frío que no sabía que llevaba dentro. El aire alrededor de nosotros se volvió denso, pesado, cargado de algo imposible de nombrar. Nos quedamos así, tan cerca que podía sentir su respiración, su corazón latiendo contra mi propia incertidumbre.
Por un instante, el mundo desapareció. No vi un prisionero. No vi un enemigo. Vi a alguien tan solo como yo, atrapado en un lugar que no merecía, encerrado por decisiones ajenas.
Mis dedos buscaron los suyos, y él los entrelazó con lentitud. Un roce suave, casi un juramento silencioso.
—Caelan... —susurré, y la voz me sonó a mí misma, como si no fuera yo quien hablaba.
Y me atrajo con fuerza, la cadena raspando contra la piedra del suelo, pero eso no importó. Nuestras bocas se encontraron en la penumbra, y fue como si la noche entera contuviera el aliento, como si el castillo entero se hubiera hecho cómplice de nuestra locura.
No fue ternura. No fue suavidad. Fue desesperación, furia contenida, deseo encapsulado, un incendio en mitad del hielo. Mis manos se aferraron a su cuello, las suyas a mi cintura, y todo lo que conocía se redujo a ese instante que se sentía eterno.
Y entonces... una voz cortó todo.
—¡Oh, por todos los cielos! ¿Te volviste loca?
Salté hacia atrás, el corazón en la garganta. El alma se me cayó a los pies, y el aire pareció congelarse en la celda.
—¡Sibylla!
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Editado: 11.01.2026