Realeza Eterna

Capítulo 29.

—¡Oh, por todos los cielos! ¿Te volviste loca?

Me separé de golpe, congelada. Literalmente. El alma se me cayó a los pies, y la neblina del calabozo pareció volverse un muro sólido entre mi hermana y yo.

—Sibylla... —susurré, con la voz quebrada, apenas audible.

Mi hermana estaba en las escaleras, sosteniendo un farol. Sus rizos plateados estaban alborotados como si hubiera corrido por todo el castillo, y sus ojos se veían enormes, la boca abierta en una mezcla de asombro y diversión.

—No digas nada, por favor —supliqué, con un hilo de voz que rogaba invisibilidad.

Ella suspiró con dramatismo, exagerando cada movimiento, pero sus ojos brillaban de emoción.

—Estoy tentada a delatarte solo para ver la cara de papá... —dijo lentamente, cada palabra un juego calculado—, pero no. No hoy.

—¿Por qué? —pregunté, sin entender nada.

—Porque me aburro. Y esto... esto es mejor que cualquier novela que tengamos en el castillo.

Luego bajó un escalón, cruzó los brazos y me lanzó una mirada llena de complicidad burlona.

—Y ahora entiendo por qué desapareces cada noche —Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa que era toda malicia—. Es aquí donde te escondías, ¿eh? —señaló con el farol la celda—. Eso explica por qué guardabas pan debajo de tu vestido durante la cena. Sí, princesa, vi ese trozo de pastel que robaste bajo la mesa.

Mi rostro se encendió. La sangre subió a mi cabeza.

—¡No estaba robando nada! Solo... lo estaba rescatando del banquete... para... ¡para después!

Sibylla soltó una carcajada que hizo eco en los muros del calabozo.

—Oh, sí, claro, "rescatar" el pastel. Muy heroico. —Se dio la vuelta dramáticamente, iluminando la celda con el farol—. Y mira, aquí es donde has estado cada vez que desaparecías de los salones del castillo. Encerrada en la oscuridad, murmurando palabras prohibidas y acariciando a tu mercenario sarnoso.

Mi corazón dio un vuelco y miré a Caelan. Él permanecía sentado, los brazos cruzados sobre las rodillas, con una expresión que mezclaba incredulidad y diversión contenida.

—Eso no es asunto tuyo —repliqué, recuperando un poco de mi voz.

Ella se rió, un sonido claro, imposible de ignorar.

—Oh, es asunto mío ahora —dijo, bajando un escalón más, las manos en la cadera—. Te juro que podría escribir una crónica con todas tus travesuras. Podría llamarla "La princesa y su prisionero: crónicas de la desobediencia".

Caelan seguía sentado, observándonos con esa media sonrisa que solo él sabía mantener, las cejas arqueadas en una mezcla de curiosidad y diversión contenida.

—Mira, mercenario sarnoso —dijo Sibylla con toda la determinación del mundo, golpeando la reja de la prisión con un sonido seco.

Caelan arqueó una ceja, mientras sus labios se torcían en lo que podría ser una sonrisa reprimida.

—Pues... con jabón estaría lindo el condenado —añadió finalmente, mirando detenidamente a Caelan con una mezcla de picardía y seriedad, evaluando cada rasgo, y rematando la frase con su típica suficiencia.

La sangre me subió de inmediato a la cabeza. Sentí que los oídos me ardían, y un calor incómodo se expandió por mi rostro.

—¡Sibylla! —grité, intentando recuperar autoridad, aunque sonara más a súplica que a reprimenda—. ¡No digas esas cosas!

Ella se echó a reír, colocándose la mano en el pecho como si yo la hubiera insultado a ella.

—Calma, pequeña —dijo—. Solo estoy siendo objetiva. Además... él no parece tan hereje. Solo sucio y analfabeta. Con un buen baño, podría ser casi decente.

—¡Sibylla! —esta vez no fue un susurro—. ¡Basta!

Ella rió y se inclinó un poco, como si buscara el modo de recordarme quién era la hermana mayor: audaz, insolente, imparable.

—Oh, pero es verdad. Y, querida hermana, si vas a seguir viniendo aquí, ¡prepárate! Porque no voy a dejar pasar ni una de tus escapadas ni de tus susurros ridículos sin burlarme un poquito.

Caelan se inclinó hacia atrás, con una media sonrisa y un brillo divertido en los ojos.

Mi rostro ardía de vergüenza y rabia, y aun así, en medio de la humillación, una pequeña chispa de diversión se encendió en mi interior. Sibylla siempre encontraba la manera de convertir cualquier desastre en un espectáculo.

Caelan y yo nos miramos, compartiendo un momento silencioso, un instante robado de normalidad en medio del absurdo. Sabía que Sibylla jamás me delataría. No a mí. Sibylla era como una estrella que ardía con su propia luz, y de alguna forma, su presencia allí me hacía sentir más segura. Ya no era mi secreto, era nuestro secreto. Y eso, sorprendentemente, me hacía sentir menos sola.




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