Realeza Eterna

Capítulo 30.

A la mañana siguiente

El sol aún no tocaba las torres cuando un caballo solitario cruzó los portones, tambaleante, cubierto de polvo y sangre. La bruma matutina se colaba por los pasillos, levantando remolinos de hojas secas mientras los guardias corrían hacia la entrada, murmurando con nerviosismo.

En el jardín interior, la fuente chisporroteaba con el eco de un hilo de agua que apenas conseguía imponerse al caos. Allí yacía el mensajero, con el cuerpo encorvado sobre el caballo, jadeante, los ojos enloquecidos. Su armadura estaba rajada, y una herida en el costado manaba sangre oscura que teñía la hierba.

—¡Está vivo! —susurró un soldado, jadeante, mientras se arrodillaba junto al caballo—. Pero apenas... apenas...

Los otros guardias intercambiaron miradas. Uno de ellos arrancó con fuerza un cilindro sellado que el mensajero sostenía con dedos temblorosos. El emblema del norte brilló débilmente bajo la luz gris del amanecer. El tubo cayó al suelo con un golpe metálico que resonó por todo el patio, y un silencio pesado se instaló entre los presentes.

El mensajero murmuró algo ininteligible, y uno de los guardias se inclinó para escuchar.

—"E... ellos... avanzarán..." —balbuceó antes de desmayarse completamente.

En el interior del castillo, los rumores se esparcieron como un incendio: el norte exigía la devolución de su heredero. El Consejo se reunió de inmediato. Sibylla y yo nos escondimos detrás del tapiz de la sala este, pegadas como ratones, escuchando cada murmullo, cada paso de las sandalias sobre el mármol frío.

—Devolved al heredero. Última advertencia. La próxima vez no enviaremos mensajes. Enviaremos llamas —leyó uno de los ministros, la voz temblorosa, mientras el resto asentía con miedo y nerviosismo.

El aire estaba cargado, como si el propio castillo contuviera la respiración. Mi padre aplastó el pergamino en su puño con un golpe que hizo vibrar los candelabros. Sus ojos recorrieron la sala, fijos y afilados.

Nosotras escuchábamos desde nuestro escondite, y yo sentía que cada fibra de mi cuerpo gritaba por moverse, por salir a decir algo... aunque fuera un solo sonido. Intenté advertirle a mi hermana con un leve movimiento de mano: no hagas nada estúpido.

—¿Qué pasará si no lo hacemos?

Un silencio sepulcral se hizo eco en la sala.

—Ellos... avanzarán al reino —respondió la voz de un ministro, grave, como si pronunciar esas palabras fuera sellar nuestro destino.

Y entonces mi hermana ya no pudo más. Como un rayo, salió de su escondite, sus pasos resonando en el mármol mientras todos los ancianos se sobresaltaban.

—¡Pero aquí no está a quien buscan! —gritó, la voz cortando el aire como acero—. ¿Por qué avanzar, si no hay motivo?

Al principio, todos la miraron con sorpresa, incluso algunos soldados que habían acompañado al mensajero. Murmuraban entre ellos, confundidos.

Yo quería unirme a ella, gritar, correr... pero algo dentro de mí me detuvo.

La carta.

La forma en que él hablaba de su padre.

La tregua fallida.

El intento de asesinato.

El idioma.

El orgullo.

Cada detalle calaba hondo, como si miles de cuchillos invisibles perforaran mi pecho al mismo tiempo.

—Sí tenemos a quien buscan —dije, mi voz temblorosa al principio, luego firme, como si cada palabra me otorgara fuerza.

Me giré lentamente hacia el trono, y el silencio cayó como una losa.

Todas las miradas cayeron sobre mí como cuchillos.
Mi hermana me miró, incrédula, con la boca entreabierta.

—El prisionero... no es un hombre cualquiera.

Sibylla me miró con la boca entreabierta. Mi padre bajó lentamente del trono, cada paso marcado por la gravedad de la revelación, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado.

—Caelan... es el hijo del rey del norte.

Un murmullo recorrió la sala. Los ministros intercambiaron miradas, algunos aliviados, otros aún nerviosos. La tensión era tan densa que podía sentirse como un peso sobre los hombros. Mi padre me estudiaba, sus ojos eran cuchillos que penetraban cada parte de mí.

—¿Y cómo lo sabes tú? —su voz fue un trueno que retumbó en las paredes—. ¿Cómo sabes su nombre?

Me quedé congelada, incapaz de responder. No podía hablar de la verdad. No podía mencionar el pan, la palabra Eternin, ni el beso que había sellado todo en secreto.

Sentí que el tiempo se detenía, que el salón entero esperaba mi respuesta como si de ello dependiera el destino del reino.

—Los soldados hablan —intervino Sibylla, con una seguridad que me envidiaba profundamente—. Hablan más de lo que creen.

Su mirada desafiante se cruzó con la de nuestro padre, desafiándolo con una fuerza que yo nunca había podido igualar. Yo solo podía temblar y esconderme detrás de la sombra de mi propio miedo.

El silencio que siguió fue helado. Incluso los murmullos se apagaron, como si la propia sala contuviera la respiración.

Finalmente, mi padre se puso de pie, el rostro cubierto de sombra. Su voz bajó, cargada de un peligro contenido, como un filo que apenas esperaba ser desenvainado:

—No lo mataremos. No aún —dijo, con un susurro que sorprendió a todos por su calma—. Si es tan valioso para el norte... entonces vale más vivo que muerto.

Los ministros respiraron aliviados, aunque algunos seguían tensos, como si cualquier movimiento pudiera desatar otra tormenta. Mi hermana me lanzó una mirada rápida, y en ella pude leer un mensaje silencioso: Lo logramos, pero esto no termina aquí.

Yo respiré hondo, notando cómo la tensión lentamente se derretía, aunque una alerta silenciosa se instalaba en cada rincón de mi mente. Sabía que el juego apenas comenzaba.

—Preparad su celda —añadió el rey—. Que esté seguro. Pero que sepa... que cada movimiento estará bajo nuestro control.

Sibylla y yo nos miramos, con los dedos entrelazados por primera vez en la mañana. La tensión seguía en el aire, pero un hilo de esperanza nos recorría la espalda.




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