Corrí por los pasillos en penumbra, envuelta por el silencio que caía sobre el castillo cuando la última antorcha se apagaba.
Cada escalón que descendía era como un golpe en mi pecho; sentía que mi corazón se encogía, volviéndose más pequeño, más frágil, como si cada peldaño robara un poco de aire. El frío del subsuelo se aferraba a mi piel, húmedo, helado, como un presagio que me advertía que no debía estar allí.
El aire allí era distinto. Pesado, cargado de moho, hierro y desesperanza.
Las antorchas apenas iluminaban el corredor, sus llamas amarillentas y débiles luchaban contra la oscuridad que se aferraba a las paredes. El murmullo constante del agua que se filtraba por las grietas se mezclaba con el eco metálico de cadenas que se tensaban en algún rincón invisible, un sonido que me helaba la sangre.
Cuando mis ojos lo encontraron, mi respiración se detuvo. Caelan estaba allí, encadenado a la pared. Sus grilletes, negros como la noche y con bordes afilados, mordían sus muñecas con ferocidad. Y, sin embargo, su espalda permanecía recta, erguida. Ni siquiera las cadenas podían quebrar su orgullo. Su mirada, fija en la mía, no era de sorpresa. En esos segundos, supe que lo había entendido todo.
—Sabes quién soy —dijo, su voz tan firme como la roca que lo rodeaba, pero cargada con un cansancio que no podía esconder.
Tragué saliva y asentí, sintiendo el nudo en la garganta.
Un silencio helado se estiró entre nosotros, un abismo tan profundo como la traición. La quietud era tan intensa que el goteo de agua me pareció un tambor aporreando mi cabeza.
—¿Me matarán? —su voz resonó, serena, casi resignada. No había miedo en ella, solo una fatalidad abrumadora.
—No —respondí, con una rapidez desesperada, como si mi palabra pudiera anular el destino.
Él arqueó una ceja, la incredulidad pintada en su rostro pálido. Me miró de arriba abajo, sin dejar de escrutarme.
—¿Me liberarán?
Apreté mis labios, incapaz de mentirle. El peso de la verdad era una losa en mi pecho.
—No.
La realidad me golpeó con más fuerza de la que pensé, una oleada de frialdad y amargura. Él soltó una risa hueca, seca, que rebotó en los muros de piedra como una burla cruel. Una risa sin alegría, un eco de derrota.
—Así que esto era todo... —dijo, con amargura—. ¿Solo era un peón? ¿Una pieza más en su tablero de guerra para negociar?
—No —di un paso hacia él, temblando, la voz al borde del quiebre—. Tú no eres eso para mí.
Sus ojos, oscuros y cansados, me estudiaron con una dureza que me hizo temblar.
—Para ti... —repitió con una voz más suave, casi rota—. ¿Pero para ellos? ¿Para tu familia, para tu gente, para tu... padre?
Abrí la boca para responder, pero las palabras se convirtieron en polvo en mi garganta. Mi voz se quebró antes de nacer. Un silencio espeso nos envolvió, roto solo por el chisporroteo de las antorchas y el goteo lejano de agua.
Caelan respiró hondo, y la dureza en su rostro se transformó en algo más amargo, más devastador.
—Mi padre nunca negocia —susurró, con un tono casi inaudible.
La frase cayó como un cuchillo en medio del silencio, clavándose en la poca esperanza que me quedaba.
—Él no se rendirá. No por un hijo. Es un rey... y no mostrará debilidad. Y tu padre lo sabe. Por eso me tienen aquí.
Sus palabras eran certeras, una verdad dolorosa que me quemaba por dentro. Él alzó la vista hacia mí, y en esos ojos que antes habían sido fuego, orgullo y rebeldía, ahora solo quedaban cenizas. Ni esperanza. Ni lucha. Solo resignación.
—Vine a buscar paz —continuó, su voz un susurro que me rompía el alma—, y lo único que recibí fueron torturas, cadenas... y burlas.
—No, Caelan —susurré, incapaz de soportar su dolor. Mis lágrimas se acumulaban en la comisura de mis ojos.
Él se inclinó hacia delante, y el hierro de sus grilletes chirrió con dureza, un sonido que parecía gritar su sufrimiento.
—Largo, Selene.
No me moví. No podía. Sus palabras me atravesaron, pero mis pies se negaban a obedecer. Mi mente estaba en blanco, solo podía verlo a él.
—Largo —repitió, con la voz herida, cargada de una rabia que no iba dirigida a mí, sino al mundo entero.
—Caelan... —mi voz tembló, arrastrando su nombre como si pudiera devolverle algo de lo que había perdido.
—Largo —repitió, esta vez en un grito que resonó en todo el calabozo.
Me di la vuelta al fin, cada paso hacia las escaleras una condena. Subí los peldaños de piedra con las lágrimas anudadas en la garganta, sintiendo que me arrancaban un pedazo de alma.
Y entonces lo escuché. Una voz que me detuvo en seco.
—Selene... —la voz del guardia sonó apagada, casi quebrada—. Ya no vuelvas aquí. No seguiré formando parte de esto, a la próxima, haré sonar la alarma.
Mis dedos se aferraron al borde frío de la pared. Quise contestar, quise decirle que no podía prometerle eso, pero mis labios no se movieron. Sabía que tenía razón, pero la idea de no volver a verlo era una tortura.
Seguí subiendo.
Al salir al pasillo superior, el aire me golpeó como un balde de agua helada, pero el frío del calabozo había sido mucho más penetrante. A lo lejos, una antorcha parpadeaba en la oscuridad, y por primera vez en mi vida me sentí realmente perdida.
Porque lo que había quedado en aquel calabozo no era solo Caelan encadenado. Era mi propia certeza, mi ingenuidad y mi esperanza, rotas y abandonadas junto a él.
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Editado: 11.01.2026