Realeza Eterna

Capítulo 32.

El silencio tiene un color. El de esa noche era negro, denso como tinta vieja.
La luna nueva no tenía rostro; la oscuridad lo llenó todo y, cuando la noche es total, ya no se distingue lo correcto de lo necesario.

Sibylla me esperaba junto a las escaleras, los brazos cruzados bajo una capa que le quedaba grande y la mirada dura como pedernal. La capa olía a humo y jabón barato; en su contorno se dibujaba la silueta afilada de una mujer que no temía al peligro, aunque lo despreciese.

—No me mires así —susurré, intentando no parecer más temblorosa de lo que estaba.

—¿Así cómo? ¿Como si te estuviera arrastrando al infierno por una idea absurda? —su voz era un filo divertido—. ¿Como si fuera mi culpa que te encapriches con príncipes felices y cartas dramáticas?

—Exactamente así —intenté sonreír, pero el pecho me dolía y la sonrisa se rompió en la mitad.

Ella bufó y, sin preguntar, me empujó la capucha más sobre el rostro. Hicimos el silencio un pacto: respirábamos tan bajo que casi nos ahogábamos con nosotras mismas, como si el más mínimo sonido fuera a delatarlo todo.

Nos colamos por el pasadizo del ala oeste, respirando tan bajo que parecía que íbamos a asfixiarnos con nosotras mismas. El corredor olía a humedad, a piedra mojada, a secreto. Cada crujido de madera bajo nuestros pies me hacía creer que todos los guardias del castillo podían escucharnos.

Horas antes, habíamos estado detrás de los muros del consejo, como siempre, escuchando donde no debíamos.

—"Hacedlo sufrir" —había dicho mi padre con voz tranquila, como quien ordena sacrificar un cerdo—. "Que escuche a sus dioses suplicar por él. Si el rey del Norte valora a su hijo, se postrará. Y si no... nos dará un buen espectáculo."

Sus ministros rieron con facilidad, como se ríe la gente que ha olvidado la misericordia. Mientras tanto, yo vomité en silencio detrás de las cortinas; Sibylla me sostuvo el cabello, pálida como el mármol, con los ojos que se negaban a creer.

—Estás loca —me dijo más tarde, ya en la alcoba—. Y si piensas que voy a ayudarte... estás en lo cierto.

Me giré sorprendida.

—¿Qué?

—Te acompaño porque, si llego a ser reina, mi vida dejará de ser divertida —añadió, encogiéndose de hombros—. Pero sigo pensando que es una estupidez monumental.

Me reí, rota, y la abracé.

—Gracias —susurré—. Siempre tan alentadora.

La llave chirrió cuando la giré. El sonido pareció demasiado alto en la noche que lo tragaba todo. La puerta de la torre de castigo cedió con un crujido que pudo haber sido un lamento. El pasillo olía a humedad, a aceite y a hierro viejo. Las antorchas proyectaban sombras que temblaban como manos suplicantes.

Caelan estaba allí. Encadenado. Sangre reseca en la sien, una costra en la comisura de los labios. Pero aun así mantenía esa dignidad insoportable que tanto me perturbaba: la nuca erguida, un gesto de corona invisible. Parecía construido para no caer, incluso cuando todo lo que lo rodeaba intentaba hacerlo trizas.

Al verme, no perdió compostura. Me observó como quien contempla a una casualidad irónica.

—¿Una visión? —susurró en su idioma, las palabras pequeñas y cortantes—. ¿Vienes a matarme?

—A evitarlo —respondí sin pensar, la voz rota—. Pero tienes que cooperar si quieres salir.

Él dejó escapar una risa baja, un sonido que no llegaba a ser burla ni consuelo. Sus ojos, dos tormentas heladas, se clavaron en mí.

—¿Por qué lo haces? —preguntó, y no hubo reproche, sino curiosidad—. ¿Por qué arriesgarte por un desconocido?

Apreté el anillo dentro de mi bolsillo, una promesa que aún no tenía forma. No era valentía; era obstinación. Era el recuerdo de su carta, su voz pidiendo tregua. Era una rabia silenciosa ante la crueldad de los que mandaban.

—Porque no quiero más sangre —contesté—. Porque... porque tú no mereces esto. Ni tú ni ningún hombre que venga buscando paz.

Sibylla inclinó la cabeza hacia la cerradura y comenzó a forzarla con habilidad fría. Era práctica en abrir lo que debía permanecer cerrado. Los hierros cedieron con un gemido de protestas milenarias. Caelan la miró con sorpresa.

—Ella es más intimidante que los torturadores —murmuró, divertido, en su lengua.

—¿Qué dijo el tarzán? —mi hermana me lanzó una ceja, la sonrisa torcida entre la ironía y la burla.

—Eeeeh... que le agradas, y que te agradece —respondí, improvisando.

—Yo no dije eso —replicó Caelan en su idioma y esbozó una sonrisa amarga.

Cuando los grilletes cayeron al suelo, su libertad fue un roce breve. No salió corriendo. En vez de eso, me miró con una mezcla de sorpresa y cansancio.

—¿Por qué lo haces? —repitió, como si la primera pregunta hubiera sido un ensayo, como si buscara la verdad en mi voz.

—Porque creo que la guerra comienza donde los hombres callan y permiten la crueldad —dije, con más honestidad de la que había previsto—. Porque tu sangre no tiene que regar los jardines de mi padre.

Me acerqué y le ofrecí mi mano; llevaba mi anillo, frío contra mi piel. Él sostuvo mi mano, pero no tomó el anillo. En vez de eso, me atrajo hacia sí en un movimiento brusco, feroz. Me besó sin permiso ni delicadeza, como si tuviera prisa por robar algo al tiempo mismo. Fue un beso que desgarraba y curaba a la vez: salvaje, urgente, con la electricidad de quien se sabe al borde de un abismo.

Sentí que el mundo se deshacía bajo nuestros pies. Fue un beso que decía demasiado: promesas, despedidas, confesiones que nunca encontrarían lenguaje si no fuera ese contacto. No hubo ternura: hubo necesidad. Hubo una verdad áspera que quemó mi garganta.

—Volveré por ti —dijo después, en mi idioma, con una convicción que no permitió réplica—. Te lo prometo.

—Sal por el pasillo que lleva al arroyo —instruyó Sibylla con voz corta—. La vigilancia es la menos espesa por allí. Salta en la segunda ventana; el arroyo te llevará lejos si corres en diagonal.




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