La mano que me sujetó el brazo no fue amable. El guardia me arrastraba como si fuera una delincuente más, y no la hija del rey. Sus dedos, duros como hierro, se hundían en mi piel mientras los ecos de nuestros pasos resonaban en el amplio pasillo de mármol. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, un tambor fúnebre que anunciaba mi propio juicio.
Las puertas del gran salón se abrieron de golpe, un estruendo que hizo que el murmullo de la corte se apagara al instante. El eco de mis pasos, arrastrados por dos soldados, resonó en el silencio abrumador. Las antorchas en las paredes proyectaban sombras largas y danzantes, como garras que querían devorarme. Cientos de ojos se clavaron en mí, un peso insoportable.
En el fondo de la multitud, Sibylla estaba de pie, inamovible. Sus ojos me encontraron en cuanto crucé el umbral. Olvidando toda etiqueta, corrió hacia mí. Me tomó la mano con una fuerza desesperada, un agarre que me hizo sentir algo más allá del terror: conexión.
La apretó con tanta fuerza que mis dedos quedaron entumecidos, pero no la solté. No podía. Era lo único que me anclaba a la realidad, el único faro en la tormenta.
Mi padre estaba de pie frente al trono. Alto, imponente, con la corona brillando bajo el crepitar de las antorchas. Majestuoso, sí, como un león en la cima de la montaña.
Pero yo lo conocía demasiado bien. Sabía leer la tormenta detrás de sus ojos, el desgarro que otros no podían ver. Detrás de su grandeza se escondía un hombre destrozado, dividido entre su papel de monarca y su corazón de padre. Aun así, su orgullo lo sostenía erguido, más fuerte que cualquier dolor.
Su voz se alzó, cargada de una rabia contenida que se quebró como un trueno en el silencio.
—El prisionero ha huido. —Sus palabras cayeron como piedras sobre la sala, pesadas y finales—. Y me han dicho que vieron a mi hija menor entrar en los calabozos, sobornando a los guardias...
Su respiración se quebró, y el grito que le siguió retumbó en las paredes de piedra.
—¡Y a la mañana siguiente, nuestra única garantía YA NO ESTABA!
El silencio que cayó fue tan denso que sentí que me ahogaba en él. El aire era pesado, la anticipación de la corte era un peso tangible. Mi padre me miró, y por un instante, su voz dejó de ser un trueno.
—Selene... —murmuró, su voz rompiéndose.
La verdad me quemaba en la garganta. Y aunque me doliera, la solté.
—Lo liberé.
El murmullo que siguió recorrió la sala como un incendio. Vi en los ojos de mi padre no ira, ni odio, sino algo infinitamente peor: decepción. El peso de esa mirada me hundió más que cualquier cadena.
—Las leyes deben respetarse —gruñó uno de los ancianos consejeros, alzando su voz como quien dicta una sentencia. Su mirada era un juicio sin piedad.
Varios lores asintieron en coro. Las damas cuchicheaban entre ellas, algunas horrorizadas por la traición, otras fascinadas por el escándalo. Los sirvientes contenían la respiración, como si al exhalar pudieran ser acusados de traición también.
Todos esperaban lo mismo: que Sibylla, la heredera, diera un paso adelante, sellara mi condena y mantuviera el equilibrio del reino.
Era su deber, su destino.
Pero Sibylla no lo hizo.
Se adelantó, su capa ondeando como una llamarada oscura en medio de la luz de las antorchas. Cada paso suyo era un desafío, una declaración silenciosa. La corte entera contuvo el aliento, sus ojos clavados en ella.
Con movimientos lentos, ceremoniales, se quitó el anillo de heredera. El brillo del oro capturó la luz por un segundo, un destello de poder y linaje, antes de caer al suelo de mármol con un repique metálico que heló la sangre de todos.
—Un trono que se construye sobre la jaula de mi hermana, no es un trono que yo quiera heredar.
El salón estalló. Los lores se pusieron de pie, algunos gritando indignados, otros discutiendo a media voz. Los ministros golpeaban sus bastones en el suelo, pidiendo orden. Los murmullos crecían como una tormenta: deshonor, rebeldía, desafío.
—¡Sibylla! —rugió mi padre, sus ojos ardiendo con una furia que solo ella podía provocar.
—Lo dije, padre. —Ella sostuvo su mirada sin pestañear—. No quiero un reino que traicione a la sangre que lo sostiene.
Dio media vuelta y salió, dejando tras de sí el eco de una rebelión silenciosa. Mi padre permaneció inmóvil, el rostro duro como piedra, pero sus ojos eran un incendio contenido. La decepción que antes había sido para mí, ahora era para ella.
Los guardias se acercaron a mí. No hicieron falta órdenes: todos sabían lo que debía hacerse. Las cadenas se cerraron en mis muñecas. El frío del hierro quemaba más que fuego.
—Traidora —escuché a un ministro murmurar, lo suficiente para que todos lo oyeran.
—No. Mártir —susurró una dama joven, casi con devoción.
Ese contraste me atravesó. Me esposaron. No me resistí. Al fondo, mi madre se levantó de su asiento, lágrimas rodando por su rostro. Luchó contra las manos que intentaban detenerla.
—¡Es mi hija! ¡Es mi hija! —gritaba, con la voz quebrada.
Yo bajé los párpados, porque no podía sostener su dolor.
—¡No! —gritó Sibylla, forcejeando con dos guardias que intentaban detenerla—. ¡No os atreváis! ¡Es mi hermana! ¡Padre, por los dioses, detente!
Yo no me resistí. Solo alcé la mirada.
—Antes de que el castigo se lleve a cabo... —dije, mi voz resonando entre los muros—, quiero una última cosa.
Un nuevo murmullo volvió a recorrer la sala.
—¿Qué cosa? —preguntó mi padre, con un tono bajo, oscuro.
—Una oración.
Las cejas de los nobles se arquearon. Algunos se miraron, incrédulos.
—¿Una qué? —bufó el consejero mayor, su voz llena de desprecio.
—Una oración —repetí, más alto, más fuerte— en el idioma del norte.
La sala entera se petrificó. Damas se llevaron las manos a la boca. Lores golpearon sus bastones contra el suelo en señal de protesta. Algunos incluso hicieron la señal de la cruz del sur, como si yo hubiese invocado a los demonios.
#5092 en Novela romántica
#1322 en Fantasía
realeza romance matrimonio arreglado, princesa tirano mentiras secretos, romance acción drama fantasia aventura
Editado: 11.01.2026