POV. Caelan.
Regresé a casa bañado en barro seco y sangre vieja, envuelto en la victoria más amarga de mi vida: la huida. Crucé las puertas de hierro de Tharandûr dejando atrás lo único valioso del reino... como un cobarde. El viento helado me azotó el rostro, cortante como una espada, mientras las bisagras de hierro crujían como si protestaran ante mi regreso. Desde las almenas, las antorchas titilantes me saludaban con sombras danzantes. El pueblo, ajeno a mi tormento, me recibió con gritos y vítores, como si hubiera regresado de una cruzada gloriosa.
—¡El príncipe ha vuelto! —¡Victoria al norte!
Qué ironía. Si supieran que había escapado de una prisión con barro en los dientes y amor en las manos.
Los generales me rodearon, sus miradas una mezcla de respeto y temor. Quisieron llevarme directamente al gran salón, al encuentro con mi padre. Les detuve con un gesto de mi mano.
—Un momento —dije, con voz áspera, ronca por la falta de uso—. Antes de discursos, estrategias o de mirar a mi padre a los ojos... necesito un baño.
La orden fue un susurro casi inaudible contra la multitud, pero supe que había sido escuchada. Tenía que quitarme la suciedad, no solo de mi cuerpo, sino de mi alma. Necesitaba el calor, el agua limpia, un lecho blando. Mi cuerpo ardía por dentro, los músculos tensos y doloridos, pero más que el cuerpo... me dolía el silencio.
—Eternin... —susurré, hundiéndome en la inmensidad del agua caliente hasta que el barro y la sangre se despegaron de mí como recuerdos que no quería retener. Con cada burbuja, el peso de mis mentiras se disolvía, dejando solo la verdad cruda. El anillo de Selene, aún en mi dedo, era el único ancla que me impedía flotar a la deriva.
Horas después, vestido con pieles oscuras y una capa que arrastraba mi sombra como si también estuviera herida, colgué el anillo de Selene al cuello, sobre mi pecho. Su peso era un recordatorio constante de mi promesa. No la llevaría en la mano, donde podría perderla o ser robada, sino cerca del corazón, donde su promesa me mantendría con vida.
El gran salón estaba iluminado por el crepitar de candelabros de hierro y el fuego de la chimenea. Mi padre estaba allí, reclinado en su silla, una pierna cruzada sobre el reposabrazos, una copa de licor oscuro en la mano. Su mirada se posó sobre mí, penetrante y afilada.
—Mira quién decidió no morir después de todo —dijo desde su trono, una sonrisa cargada de burla—. Supongo que no pudiste resistirte a la hospitalidad sureña.
—Bastante rústica —respondí, con voz baja—. Pero con ciertos... encantos.
Una risa seca rugió de los cortesanos. Mi padre, sin embargo, no se unió. Me observaba como un cazador a un lobo herido, sin bajar la guardia ni por un segundo.
—¿Has traído el cadáver del rey enemigo? —preguntó sin mirarme.
—No.
—¿Su cabeza?
—Tampoco.
—¿Entonces qué demonios me traes, Caelan?
Me detuve en medio del salón. El eco de mis botas sobre el mármol resonó como una sentencia.
—Una propuesta. Y una deuda que debo pagar.
El aire se volvió más denso. Hasta el fuego de la chimenea pareció inclinarse, atento a mis palabras.
Di un paso al frente. Clavé mis ojos en los suyos, buscando ese fragmento de aprobación que nunca fue fácil de conseguir.
—¿Qué deuda, Caelan? —preguntó, como quien afila un cuchillo mental.
Él giró lentamente el rostro, tallado por la guerra. Tan parecido al mío, pero con menos cicatrices en la piel y más en el alma.
—Una promesa. A la hija del enemigo.
Un murmullo recorrió la sala. Un caballero dejó caer casi su copa. Los cortesanos intercambiaron miradas rápidas, cargadas de nerviosismo.
—¿La princesa? —preguntó mi padre, arqueando una ceja con peligro.
—Selene.
—¿Te encariñaste con tu carcelera?
—Ella no me encadenó. Me liberó.
Se quedó en silencio, estudiándome como quien examina si está loco o si es él quien ha envejecido demasiado para seguir el juego.
—¿Y cuál sería la brillante propuesta? —preguntó finalmente.
—Ofrezco una alianza. Con el sur.
La carcajada que soltó hizo vibrar los candelabros. Era un sonido de burla, de incredulidad, de desprecio. Algunos guardias intercambiaron miradas, dudando si era un gesto de locura o de audacia.
—¿Una qué? —rugió, su voz llena de sorna.
—Alianza. Un tratado. Un juramento de paz.
Mi padre se levantó. Su sombra cayó como una sentencia sobre mí, grande y oscura.
—¿Con el rey que te tuvo colgado como un perro? ¿Con el bastardo que mandó sus bestias a devorar nuestras aldeas? —Su voz rugió por el salón, la furia se apoderó de él—. ¿Te golpearon tan fuerte allá abajo, hijo? ¿Te debilitaron el cerebro?
Me detuve. Todo lo que decía era cierto. El dolor, la humillación, la rabia que sentía por los suyos...
—Eres mi único hijo. El heredero de este trono —dijo, la voz más baja, pero mortal—. ¿Y te arrodillas por una mujer que duerme bajo el techo de nuestros enemigos?
—No me arrodillo —contesté, la voz firme como el hielo—. Estoy de pie.
—¿Pero por qué?
—Porque hice una promesa.
El silencio se adueñó del gran salón. Mi padre me miró, midiendo mis palabras, buscando la fisura en mi coraje. Luego, lentamente, soltó un sonido seco y profundo: una risa que mezclaba sorpresa con incredulidad.
—¡Por los mil infiernos! —rugió, divertido—. ¡Mi hijo! El heredero del hielo... se enamoró de una flor del sur.
El rey se levantó, aún riendo, todavía escupiendo sorna. Bebió un sorbo largo de su copa y miró el fuego, suspirando finalmente.
—Bien. Enviaré un cuervo. Les propondremos la alianza.
—¿Lo dices en serio? —pregunté, incrédulo.
—Tanto como cuando dije que eras un niño testarudo y malcriado —respondió—. Pero si vas a enamorarte de una sureña, más vale que la traigas aquí con tu estandarte, y no como un recuerdo febril.
El consejo murmuró entre sí. Algunos se inclinaban, otros intercambiaban miradas cautelosas. Mi padre giró hacia un consejero:
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Editado: 11.01.2026