POV. Caelan
La noche caía pesada sobre el campamento, una manta oscura salpicada de estrellas. El viento traía consigo el olor metálico de la tierra recién cortada y el humo de la hoguera. Mis hombres, curtidos por la guerra, se sentaban alrededor del fuego. Sus rostros eran un mapa de cicatrices que hablaban más que cualquier palabra.
Me senté frente a ellos, el anillo de Selene apretado en el puño, dejando que el calor de la llama dibujara sombras danzantes sobre mi rostro. Un silencio incómodo nos había envuelto desde que partimos. Sentía sus miradas inquisitivas, sus preguntas tácitas.
—Príncipe —dijo uno de los arqueros, con voz tímida, rompiendo el silencio—. ¿Podrías contarnos... sobre ella? La mujer que nos ha hecho seguirte hasta la muerte.
Me incliné hacia la luz de la hoguera. Mis dedos se cerraron alrededor del anillo, su peso era un ancla en la oscuridad. No necesitaba palabras hermosas, ni elogios frívolos. Necesitaba que comprendieran por qué avanzábamos y que entendieran que la causa era honorable.
—No es como creen —empecé, y todos me miraron, atentos—. No de cabellos de oro o de ojos que derriten corazones.
Bjorn, un gigante con cicatrices y una barba que parecía entrelazarse con su armadura, soltó un bufido.
—¿Ah, no? —dijo, golpeando la palma de su mano sobre su muslo—. Entonces, ¿por qué arriesgamos la vida en tierras enemigas?
—Claro que es hermosa —repuse, con la voz firme—. Tanto como un copo de nieve en un desierto. Supera la descripción de un ángel. Pero hablo de valentía —continué, mi voz se endureció con la convicción—. Hablo de cómo una princesa se coló en una mazmorra para curar a un enemigo. Hablo de cómo aprendió nuestro idioma en secreto para entendernos, para entenderme. Y de cómo enfrentó a su propio padre y no se rindió.
—¿Su propio padre? —preguntó un joven espadachín, su rostro reflejaba la incredulidad—. ¿No es eso... traición?
—No —intervine, con un tono que cortaba la noche como un filo—. Es honor. Es coraje. Ella eligió hacer lo correcto, incluso cuando eso significaba ponerse en peligro. Eso es lo que seguimos. Eso es lo que respeto.
Un silencio profundo cayó sobre el grupo, solo roto por el crujir de la madera. Fue entonces que Fendrel, mi segundo al mando, suspiró con un ruido que parecía una piedra cayendo al río.
—¿Así que déjame entenderlo? —dijo, con la voz grave y ronca, como un tronco viejo—. Arriesgamos una guerra... no por tierras, ni por oro... sino porque la chica te dio un anillo.
El resto de los guerreros soltaron una risa ronca. Algunos negaron con la cabeza, incrédulos. La idea era tan extraña para ellos como una flor de hielo.
—No es solo un anillo —repliqué—. Es una promesa. Una alianza que nace de la valentía y la honestidad, no de amenazas ni de regalos comprados. Es el símbolo de una paz que no se negocia, sino que se gana con el corazón.
—¿No podíamos simplemente ofrecerle a su padre trescientas cabezas de ganado a cambio? —replicó Fendrel, con un dejo de incredulidad que mezclaba pragmatismo y barbarie—. O unas monedas de oro. Eso sí que lo entenderían.
—El oro se pierde, la sangre derramada no se olvida —contesté, midiendo cada palabra—. Esto... esto que hacemos, si tiene éxito, perdurará en la memoria de ambos reinos. Creará respeto, no temor.
Bjorn bufó otra vez, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus enormes hombros parecían bloquear la luz de la hoguera.
—Suena bonito, príncipe. Pero yo sigo sin entenderlo —dijo—. Yo lucho por honor, por oro, por venganza. Por cosas que puedo pesar y medir. No por sentimientos invisibles que queman más que una espada caliente.
—El honor no siempre se mide con espadas —repliqué, con voz baja pero firme—. A veces se mide con la palabra, con una promesa que haces y cumples incluso cuando nadie está mirando.
Los guerreros guardaron silencio. Incluso Bjorn inclinó la cabeza, evaluando mis palabras, aunque su ceño seguía fruncido, impenetrable.
—¿Y qué pasa si ella no acepta la alianza? —preguntó uno de los más jóvenes—. ¿Arriesgamos todo por algo que podría fracasar?
—Entonces seguimos siendo hombres de palabra —dije, dejando que el fuego iluminara mis ojos—. No traicionamos lo que prometemos. No traicionamos lo que creemos que es correcto.
Una brisa levantó las llamas, y vi en las caras de mis hombres que empezaban a comprender, aunque fuera apenas un poco. Transformé mi historia de amor en una leyenda de honor que ellos pudieran respetar.
Fendrel me miró con desdén y un gesto que decía claramente: "No entiendo tu locura, príncipe, pero me debo a ella y a ti".
—Bueno, entonces —dijo, finalmente resignado—. Supongo que tengo que seguir esta... fantasía tuya. Solo espero que no nos maten antes de llegar al desayuno.
—Fendrel —le dije con una media sonrisa—. Si nos matan antes del desayuno, prometo que tu lápida será más grande que la de cualquiera de estos cortesanos que se ríen de nosotros.
Él gruñó y golpeó la tierra con la palma. Los hombres soltaron carcajadas. Aún en la tensión, el campamento respiró un instante de ligereza.
Volví mi mirada a la hoguera. El fuego iluminaba las marcas de batalla en sus rostros, y vi la curiosidad reflejada en sus ojos. Suspiré y continué:
—Selene no es solo mi motivación. Es un ejemplo. Cada decisión que tomamos para protegerla, para respetar su valor y su inteligencia... eso nos hace mejores guerreros. Nos recuerda que servimos a algo más grande que nosotros mismos.
—Hmm... —Fendrel murmuró, rascándose la barba, claramente luchando por entenderlo—. Si me lo explicas así... tal vez. Pero sigo pensando que trescientas cabezas de ganado hubieran sido más sencillas.
—Tal vez —respondí, con una sonrisa cansada—. Pero ninguna habría enseñado lealtad. Ninguna habría inspirado respeto. Ninguna habría convertido a nuestra misión en algo más que un simple negocio.
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Editado: 11.01.2026