POV. Caelan
El cuervo no graznó. Cayó.
Se desplomó del cielo en picada, como un fragmento de la noche que se había roto. Un nudo de plumas oscuras y la forma inerte de un mensaje atado con hilo carmesí. Uno de mis centinelas dio un paso al frente, con la mano sobre la empuñadura de su espada, pero lo detuve con un gesto firme.
Mis manos, heladas por el frío, se cerraron alrededor del animal. Frío. Pesado. Como si el mundo mismo hubiera decidido inclinarse hacia el vacío.
Selene.
Rompí el sello con dedos que ya no sentían. Cada segundo de demora era una daga en mi pecho. La esperanza, esa chispa frágil que me había sostenido, se evaporó en un vacío helado. La certeza de lo que había sucedido me golpeó antes de que siquiera pudiera procesar el mensaje.
La palabra, un susurro gélido, flotó en mi mente con un peso que casi me hizo caer.
Mi comandante, Fendrel, estaba a mi lado.
Sus hombros se tensaron, su mano apretó la empuñadura de su espada. Ninguno de los hombres se atrevió a hablar. Ninguno podía. El miedo y la lealtad se mezclaban en un silencio pesado, casi sólido.
No hubo gritos. No hubo furia. Solo un crujido leve, imperceptible: el sonido de algo rompiéndose dentro de mí. Un eco sordo de dolor y vacío. Mis rodillas querían ceder, pero permanecí de pie, anclado a la tierra. El viento movió las hojas, los cuervos graznaron lejos, indiferentes. Dentro de mí, algo se quebró.
—¿Comenzamos el plan, Alteza? —preguntó uno de los generales, con la voz temblorosa, como si temiera la respuesta.
No respondí. Solo me di la vuelta, la carta en mi puño cerrado, arrugada.
—No habrá plan.
El ejército se puso en marcha, silencioso, sin cánticos, sin estandartes. No era una campaña. Era una sentencia.
Los primeros en sufrir fueron los aldeanos. Algunos suplicaron por sus vidas, otros corrieron sin destino. Muchos no entendieron por qué. No era por ellos. Pero el dolor no distingue inocentes. Y el fuego, menos.
El olor a madera ardiendo, carne chamuscada y humo acre llenaba el aire. Cada chispa que saltaba del suelo parecía marcar un latido roto. El rugido de las llamas se mezclaba con los gritos, creando un coro infernal que resonaba en mi pecho.
—¡Por favor, PIEDAD! —gritó una mujer, cayendo de rodillas ante mí. Su rostro era una máscara de desesperación.
No la miré. Cada grito era un recordatorio de la injusticia que Selene sufrió. Cada lágrima, un eco de su valentía y su fe en el perdón. Las llamas olían a madera vieja, a flores marchitas, a pólvora y a miedo. El calor me golpeaba la cara, pero no sentí dolor. Solo rabia, un dolor que ardía más profundo que cualquier fuego.
Al llegar al palacio, la luna no alcanzaba a iluminar el hedor del miedo y la muerte. La plaza estaba envuelta en cenizas y humo. Y allí estaba ella: la horca.
Las sogas colgaban como serpientes muertas. El suelo estaba ennegrecido. Un nudo de terror se formó en mi garganta. Intenté creer que no eran sus cenizas las que caían entre el polvo y el carbón.
Derribé los portones con un rugido que hizo temblar las piedras del castillo. La sangre y los gritos de los guardias eran apenas un murmullo comparado con el silencio de mi furia.
Mientras avanzaba, vi las reacciones de mis hombres:
Bjorn lanzó un gruñido profundo, dejando escapar su incredulidad y horror, golpeando su escudo contra el suelo como si quisiera destruir el mundo que nos rodeaba.
El novato Nirtef, que apenas había empuñado su espada antes, se quedó inmóvil, ojos abiertos, respirando rápido.
Thorin, veterano curtido, bajó la cabeza y apretó los dientes, una mueca de tristeza y furia, como si la misma devastación le desgarrara las entrañas.
Ellos peleaban por obediencia. Yo... por ella.
Cada paso que daba hacía crujir la madera, cada puerta que rompía era un lamento. Los soldados caían ante mí, confundidos, aterrorizados. Algunos murmuraban su nombre. Otros no podían mirar. Pero seguían adelante, como si caminar tras de mí fuera la única forma de sobrevivir a la locura que había tomado el control.
Sibylla estaba en el vestíbulo. Sola. Sin corona. Vestida de negro. Su cabello blanco ondeaba como bandera que intensificaba mi sed de teñirlo de rojo. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar.
—Lo intenté —susurró, sin mirarme, la voz tan frágil como el cristal—. Juré que lo intenté.
—¿Es cierto?
Ella asintió, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Colgó su vestido antes de ir. Me dijo que no quería mancharlo. Que aún creía que tú volverías.
Algo en mi pecho se quebró de nuevo. Mi puño se cerró sobre la espada, temblando. Pero esta vez, la rabia se mezcló con una desesperación tan pura que el mundo entero parecía inclinarse hacia mí.
—Vete al Este —dije, apenas un susurro—. Y no mires atrás.
—¿No vas a matarme?
Pasé un mechón detrás de su oreja.
—Tú me liberaste... ahora serás la prueba de la clemencia que nos negaron.
Sibylla se cubrió la boca y corrió, mientras yo me preparaba para encontrar al rey.
Lo hallé en sus aposentos, solo, bebiendo vino. Un retrato cubierto de tela negra se alzaba frente a él. No había soldados, no había armadura. Solo él y su culpa.
—Mi mejor amigo murio hace años, mi hija mayor me desprecia y mi esposa ya no está aquí —dijo, su voz tan quebrada como la mía—. Y nunca sabrá la barbarie que ocasiona el hombre del cual mi hija tuvo piedad.
Mi espada se hundió en su pierna, y cayó al suelo con un alarido.
—¿Dónde está ella?
—Ya te dije... —intentó decir, pero mi mirada lo detuvo.
Mi espada cortó su mano. El alarido fue seco, casi teatral.
—¡Dónde está Selene! —mi hoja descansaba sobre su cuello, pero no era la espada lo que temblaba: era mi corazón, destrozado.
—¡También era mi hija! —gritó, cubriéndose el muñón sangrante—. ¡Pero ella me traicionó! ¡Por ti!
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Editado: 11.01.2026