Realeza Eterna

Capítulo 37.

Diez años después de la llegada de la reina Sibylla al reino del Voidborn, el aire en los pueblos libres todavía estaba cargado de sospechas y miedo. Su reinado había traído orden y poder a los territorios principales, pero en los pueblos independientes, como Arise, las cosas se regían bajo reglas más antiguas, casi primitivas.

Allí, en una casa humilde de paredes de barro y techo de paja, un niño delgado se mantenía en silencio, sentado sobre el suelo de tierra fría. Sus dedos huesudos pasaban con devoción las páginas amarillentas de un libro de anatomía. El ejemplar, con dibujos detallados de huesos y órganos, pertenecía a su padre.

—El corazón... late aquí... —murmuró hacia al pequeño, trazando con cuidado las líneas del dibujo de un torso humano—. Y si se corta aquí... se muere...

El crujido de la puerta lo hizo dar un salto. El muchacho apenas alcanzó a esconder el libro debajo de un tablón flojo del suelo cuando un estruendo llenó la aldea. Gritos, pasos desordenados, voces cargadas de furia.

—¡Ahí está! —vociferó un hombre desde afuera.

Un grupo de pueblerinos irrumpió en la vivienda como una turba enardecida. El niño no alcanzó a reaccionar, salvo por un instinto: se lanzó debajo de la mesa, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Desde allí vio cómo dos hombres robustos arrastraban a su padre hacia afuera.

El sacerdote del pueblo, un anciano alto de túnica blanca con manchas de ceniza en las mangas, se adelantó con el rostro iluminado por el fuego de las antorchas.

—¡Este hombre mancilló la fe! —vociferó, su voz resonando como un látigo—. ¡Ha practicado artes prohibidas! ¡Brujería!

La multitud rugió. Mujeres con pañuelos en la cabeza y hombres con palas y piedras en las manos comenzaron a gritar maldiciones.

—¡Hereje!

—¡Quemadlo! —chilló una mujer.

—¡Que pague! —respondió otro, arrojándole una piedra que abrió una herida en la frente del padre.

—¡Nos traerá desgracia!

El padre del niño, con la boca ensangrentada y los ojos enrojecidos, intentó hablar, pero apenas logró escupir palabras entre golpes.

—¡Es... conocimiento... no... brujería...!

Una piedra impactó contra su frente, arrancándole un hilo de sangre que corrió hasta su barba. El niño, temblando bajo la mesa, sintió cómo se le quebraba algo en el pecho.

El sacerdote alzó una mano, imponiendo silencio.

—¡No basta con el brujo! —anunció con una sonrisa torcida—. ¡Debemos arrancar de raíz su linaje! ¡Encuentren al niño!

—¡Revisad las casas! —ordenó uno de los pueblerinos.
—¡Ese mocoso no debe escapar!

Los ojos de la multitud se encendieron con una sola palabra: niño.

El pequeño contuvo la respiración. El miedo le oprimía el estómago como una garra invisible. Sus piernas querían correr, pero estaban clavadas en la tierra.

Una mujer de mirada torva se asomó al interior de la casa.

—¡Debe de estar escondido aquí!

El niño retrocedió a gatas hasta alcanzar una ventana trasera. El corazón parecía querer escaparle por la garganta. Con un impulso desesperado, saltó al exterior y cayó de rodillas en el barro. El frío de la noche le mordió los huesos, pero no se detuvo: echó a correr hacia el bosque.

—¡Ahí va! ¡Atrápenlo! —rugió uno de los hombres.

El bosque se alzó ante él como una muralla oscura. Árboles altos, raíces que parecían manos tratando de detenerlo. Entró a trompicones, rasgándose la piel con las ramas, mientras la aldea se llenaba de gritos.

Se detuvo un instante, jadeando. Su cuerpo temblaba entero. Desde el límite del bosque, vio una última imagen: su padre arrodillado en la plaza, la soga alrededor del cuello, y el sacerdote levantando la cruz.

—¡Por el bien del pueblo, que arda su linaje!

El niño apretó los dientes, el sabor a hierro de la sangre en su boca. Las lágrimas le nublaban la vista, pero no dejó de correr.

El bosque lo tragó por completo. El crujir de ramas y los gritos detrás de él le persiguieron durante varios metros. A cada paso, el barro se le pegaba a los pies, las ramas le rasgaban los brazos, y la oscuridad del bosque lo envolvía en una negrura asfixiante.

Corrió hasta que la garganta le ardió, hasta que las piernas se le entumecieron. Al fin, cuando el silencio del bosque se impuso, se desplomó detrás de un tronco caído. Sollozaba sin poder contenerse, con las manos apretadas contra el pecho.

—Papá... —susurró, con la voz rota.

La última imagen que guardaba era la de su padre arrastrado entre piedras y fuego. Sabía, con el instinto brutal de la infancia, que no volvería a verlo.

En Arise, los rumores correrían rápido. Lo llamarían hijo de brujo, hereje, maldito. Nadie lo acogería. Nadie lo alimentaría. Desde esa noche, estaba condenado a huir.

El viento helado le acarició el rostro húmedo de lágrimas, y el niño se acurrucó contra el tronco, abrazando el libro de anatomía que aún llevaba contra el pecho. El único legado de su padre.

Solo y aterrado, en medio del bosque, comprendió que su destino sería vivir como un fantasma.

Un hereje.

Un niño marcado para siempre por la palabra prohibida: brujería.




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