Cincuenta años habían pasado desde que la Plaga descendió sobre las naciones.
Nadie recordaba ya el día exacto en que apareció, solo el rumor de una bruma espesa que emergió del infierno mismo, arrastrándose desde el reino extinto de Thalvorn.
La peste llegó como un susurro en la niebla. Primero fue la tos. Luego, la fiebre.
Las aldeas sellaron sus puertas con clavos y oraciones. Los templos rebosaron de fieles suplicando clemencia a un dios que había abandonado sus altares. Las campanas repicaron hasta quebrarse, y los cementerios, desbordados, se tragaron nombres sin lápidas ni epitafios.
Durante años, la peste devoró aldeas, cosechas, borró linajes y tronos por igual. Nobles y campesinos murieron de la misma manera: con los ojos en blanco, la piel cenicienta y el alma perdida en la niebla. No hubo cura. No hubo patrón, ni misericordia. No hubo esperanza.
Cuando la muerte del rey finalmente llegó, nadie se sorprendió. El pueblo no lloró; simplemente esperó.
Lo sorprendente no fue su muerte.
Lo sorprendente fue que tardara tanto.
El funeral se convirtió en una danza de espectros.
Una procesión de figuras enlutadas descendía los escalones del palacio, todas con las máscaras de pico curvo que antaño usaban los médicos para protegerse de la peste. Ahora eran emblema del luto.
Narices largas, ojos redondos como insectos, rostros convertidos en aves carroñeras.
Las plumas de los sombreros apenas ocultaban las miradas cargadas de veneno que revoloteaban de noble en noble, mientras el silencio pesaba más que la muerte misma.
El príncipe Kai observaba el ataúd con la indiferencia de un gato frente a un jarrón roto. Permanecía erguido, inmóvil, la mirada fija en el féretro donde descansaba lo que alguna vez fue su padre. A sus pies, un viejo sabueso olfateaba la urna con insistencia, gimiendo bajo el peso de una lealtad que ni la muerte lograba romper.
Kai lo miró sin mover un músculo.
A su lado, Elira, su hermana menor, rompía el cuadro solemne con un estallido de color, era la única chispa de color en medio del duelo. Había elegido un vestido demasiado grande, con mangas que le arrastraban por el suelo, y una máscara de pico adornada con plumas de tonos vivos: azules, rojas, doradas. Parecía un pájaro tropical extraviado entre cuervos.
Entre tanto negro y silencio, Elira era un desafío viviente. Mientras todos mantenían la compostura rígida, ella destacaba como un pavo real en un cementerio.
Kai la miró de reojo, y por primera vez en horas, una sonrisa —pequeña, fugaz— le rompió la máscara de solemnidad.
Elira, notando la grieta, inclinó la cabeza y susurró por debajo del zumbido de las plegarias:
—Si me muero, por favor no me metan en una caja tan fea —susurró ella, sin importarle los murmullos que despertaba—. Quiero una barca, una antorcha y fuegos artificiales. Y un monumento, claro. Uno enorme.
Kai no respondió. Sus ojos seguían clavados en el ataúd, vacíos, inmutables.
—¿Kai? —insistió ella.
—Quiero silencio, Elira —dijo él, con voz tan baja que casi se la tragó el incienso.
Elira apretó los labios, pero su mirada seguía llena de luz, de esa irreverencia que ni el dolor lograba domesticar. Su pie balanceó el dobladillo del vestido, como si quisiera borrar la línea entre el luto y la vida.
El sabueso levantó el hocico, inquieto, olfateando algo invisible.
Kai, en cambio, parecía una estatua tallada en mármol frío.
Y, sin embargo, cuando sus labios se movieron apenas, sus palabras quedaron suspendidas en el aire, destinadas a morir sin testigos:
—Si yo gobernara —murmuró, apenas audible—, lo primero que haría sería obligar a los del Consejo a limpiar los establos con la lengua.
Elira soltó una risa ahogada.
—Suena a justicia divina.
A unos metros, la reina Sibylla los observaba desde lejos. No dijo nada. Sus ojos, cansados de siglos y lutos, se detuvieron un instante en sus hijos. Comprendía mejor que nadie que a veces el dolor necesitaba travestirse de sarcasmo para no pudrirse por dentro.
El incienso ardía. La neblina se filtraba por los ventanales abiertos, y el aire olía a cera, a tierra... y a un reino que comenzaba a morir con su rey.
Antes de que las campanas anunciaran la muerte del rey, el reino entero ya lo había enterrado en sus bocas.
Las tabernas se llenaron de rumores antes que los templos de plegarias. Los campesinos bebían vino barato, los soldados apostaban su paga, y los nobles se carcajeaban tras los abanicos dorados mientras las calles olían a humo, sudor y fiebre.
La peste había vuelto a arder en los límites del reino, pero nadie hablaba de eso.
El tema del día era el trono.
—Yo digo que será el príncipe Kai —soltó un curtidor, limpiando sus manos negras de hollín—. El chico tiene porte, dicen. Nunca lo he visto, pero suena a que es de esos que hablan sin moverse mucho, como los estatuas.
—Bah —respondió otro, con los dientes podridos—. Ese ni sabe cómo huele la mierda del pueblo. Apuesto mi cuchillo a que, si pisa el barro, se desmaya.
—¡Yo pongo dos monedas a la loca de la hermana! —gritó una mujer desde la mesa del fondo, provocando carcajadas—. Esa al menos tiene alma. ¡Aunque si gobierna, acabamos todos con plumas en la cabeza y fuego en los establos!
Las risas resonaron, ahogadas entre el olor agrio del alcohol y el eco de las campanas que aún no sonaban.
En Voidborn, la muerte de un rey no una tragedia.
Pero lo que venía después... eso siempre era peor.
En los pasillos del Palacio de Mármol, los consejeros murmuraban con las manos tras la espalda, arrastrando sus togas como serpientes en celo.
Sus rostros eran máscaras pulidas, sus voces, cuchillos afilados envueltos en terciopelo.
—El príncipe es joven, pero dócil —susurró el arzobispo Varen a un duque viejo—. Si sube él, el consejo gobernará en silencio.
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Editado: 11.01.2026