Realeza Eterna

Capítulo 39.

Días después, la peste no se había ido. Solo se escondía mejor. Como un asesino que había aprendido a leer mapas.

La biblioteca del palacio era una selva de columnas y libros. Kai estaba encorvado sobre una mesa llena de frascos, notas y dibujos. Su cabello blanco caía sobre los ojos. La ropa, desordenada. Ojeras como sellos de tinta.

Una imagen espantosa para una madre que acababa de perder a su esposo, y ahora encontraba a su hijo mayor convertido en un zombi. La luz atravesaba los vitrales pintando el suelo con formas imposibles. Kai no dormía. Ni comía. No hablaba con nadie.

La reina Sibylla entró, vestida con sobriedad impecable. Su cabello blanco recogido en una trenza gruesa que caía como una serpiente dormida sobre el hombro. Su andar era lento, pero no frágil. Parecía deslizarse como un fantasma en luto.

Kai no se movió.

—¿Hijo? —dijo, con voz serena.

—Mmm...

—Necesitamos que vengas al consejo.

Kai dejó el cálamo y la pluma, y abrió la boca sólo para soltar un gruñido que parecía una palabra sin forma.

—¿Reuniones del consejo? —Kai masculló, sin levantar la mirada—. Mándales una carta perfumada. Diles que pueden besarme las anchas nalgas si tanto me desean ver. Las dos. Con reverencia. Y que se turnen.

Sibylla suspiró, caminando hasta él. Le apartó un mechón de cabello blanco, tan idéntico al suyo que parecía un espejo en otra época.

—Amabas a tu padre —dijo suavemente.

Kai la miró por fin. Su mirada era una risa contenida.

—No sé si lo amaba —admitió, bajando la voz—. Pero era el único que me hacía sentir como si el mundo tuviera un centro. ¿Y tú? ¿Lo amaste después de tantos años?

Sibylla asintió.

—Él me acogió y protegió cuando lo había perdido todo. Ahorcaron a mi hermana —Kai se armó de más paciencia, escuchando una vez más la trágica historia de su familia—. Su amante quemó mi reino en venganza. Obviamente entiendo tu dolor.

Kai alzó una ceja. Archie se tensó, como si esperara que el suelo se abriera bajo sus pies.

—¿Cómo lo soportaste?

—No lo hice —respondió—. Aprendí a vivir con el alma vacía. Me convertí en algo más útil que el dolor. Tú también puedes.

Kai apoyó la frente en el libro.

—Peina mi cabello —pidió en un susurro, como cuando era niño y no podía dormir.

Sibylla rió por lo bajo y comenzó a peinarlo con delicadeza.

Se limitó a mirar los frascos sobre la mesa. Uno de ellos contenía un líquido azulado que burbujeaba lentamente.

—¿Qué es eso?

—Nada que funcione —contestó él—. He probado raíces de Kelnar, savia negra, polvos de piedra lunar... incluso oraciones. Nada.

—Porque no es algo que debas detener tú solo.

Kai apoyó los codos sobre el pupitre y ocultó el rostro entre las manos.

—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras mueren, madre. —Su voz tembló apenas—. ¿Sabes cuántos cadáveres arrojaron esta mañana fuera de las murallas? Cuarenta y siete. Y eso solo en el distrito sur.

—Lo sé. —Sibylla se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, el cielo era una mancha gris que devoraba el horizonte—. Los cuervos ya no vuelan. Se arrastran. Hasta ellos están hartos.

Kai se quedó en silencio. El reloj de péndulo en la esquina marcó tres campanadas graves.

—Cerrarte del mundo no lo traerá de vuelta —dijo—. Ni la peste se irá sola.

Kai cerró los ojos.

—Escuché de un hombre. Nacido bajo un eclipse de octubre. Al igual que yo.

La reina se quedó quieta.

—¿Y?

—Dicen que puede detenerlo, ha sanado los enfermos, regreso el sonido a los sordos e hizo caminar a los mutilados. Que no es un hombre, sino un hechizo con forma de hombre.

Sibylla frunció el ceño.

—Supersticiones. —Sibylla dejó el peine sobre la mesa—. ¿Desde cuándo prestas oído a brujos y mercaderes de milagros?

Kai sonrió sin alegría.

—Desde que los libros dejaron de responderme. Es nuestra única esperanza —se puso de pie, con los ojos brillando de fe—. Se me acabaron los libros. Los remedios. Las ideas... Y tengo hambre.

Sibylla suspiró. Le tomó el rostro y lo observó como si ya supiera en qué terminaría todo aquello.

—¿Qué planeas hacer?

—Buscarlo. —Su voz retumbó entre las paredes—. Si existe, lo traeré. No pienso quedarme aquí mirando cómo se pudre todo lo que mi padre, mi abuelo, construyeron.

—Hijo... —la reina lo llamó, pero su hijo ya estaba cruzando la sala.

La reina sonrió, casi con tristeza.

—Te pareces tanto a él cuando hablas así.

—Mándalo a llamar —interrumpió él—. Que lobusquen. Que rasquen los bosques y las montañas. ¡Ofrezcan una recompensa! ¡Queescarben los sueños si hace falta! Busquen al hechicero nacido bajo el eclipse.




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