Realeza Eterna

Capítulo 40.

POV. Archie.

Me dolía todo.

El cuero cabelludo, la mandíbula, incluso el orgullo: ese pedacito de dignidad que siempre se niega a morir aunque todo lo demás ya esté en ruinas.

Desperté con el sabor del hierro en la boca y un dolor punzante en las costillas. Llevaba horas, quizá días —o semanas, o vidas— con los brazos atados a la espalda, un saco húmedo sobre la cabeza y la boca seca bajo la mordaza.

Algo me latía en la sien como un tambor desafinado. Estaba atado. Sucio. Y tembloroso.

Apestaba. A caballo, a sudor rancio, a miedo fermentado. A mí mismo.

La tela áspera del saco me cubría la cabeza. El sonido de una puerta resonó como un trueno. Y entonces, me arrastraron de nuevo. Escuché botas. Ecos. Voces murmuradas. Algunas tensas, otras emocionadas.

Alguien me sujetó por los brazos y me arrastró sin delicadeza. Mis rodillas chocaron contra un suelo de mármol helado. Un golpe metálico resonó cerca.

¿Armaduras? ¿Guardias?

El aire olía a incienso y metal.

Y luego... silencio.

Una voz chillona anunció con dramatismo forzado:

—¡Majestad! Como prometimos... el hechicero del eclipse.

El saco me fue retirado de golpe, y una luz cegadora me cortó los ojos como cuchillas.

La luz me cortó los ojos como cuchillas.

Parpadeé entre lágrimas hasta que mis ojos lograron enfocar... al fantasma.

En el trono, rodeado de caballeros resplandecientes y cortinas tan finas que parecían hechas de niebla, se alzaba un ángel.

Un hombre brillante, de belleza irreal, me observaba desde lo alto del trono. El cabello blanco caía sobre su frente como la nieve recién caída. Sus ojos grises eran tormentas embotelladas. Su sonrisa... esa sonrisa. Curvada, peligrosa. Como un depredador que acaba de recordar que tiene hambre.

No era un fantasma.

Peor.

Era un príncipe... y me miró como si ya supiera qué sabor tendría mi alma.

El príncipe levantó una ceja y luego se puso de pie. Bajó los escalones con la elegancia de un depredador, las luces detrás de él lo hacen ver como un ángel desterrado. O tal vez, se acerca de forma tan lenta que mi miedo se hace palpable.

Su capa ondeó como si tuviera voluntad propia. Dio un par de pasos, teatrales, marcados.

El salón entero pareció inclinarse hacia él.

—¿Eres tú? —preguntó.
Su voz era clara, melódica, y tan reconfortante que por un instante olvidé que podía decidir si moriría o no.

Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude ver mi propio reflejo en sus ojos.

—¿Eres el sabio del eclipse? —repitió con una sonrisa apenas perceptible—.
¿O solo otro loco con frascos?

Intenté responder, pero la mordaza no lo permitió. Balbuceé. Me quejé como un ratón atrapado. El príncipe soltó una risa leve y chasqueó los dedos.

Dos guardias me liberaron.

—¿Sabes que podrías morir si no me respondes?

Y aún así sería la conversación más educada que he tenido esta semana.

El cuero de las ataduras se deslizó de mis muñecas. Mi piel ardía. La sangre zumbaba.

—No, soy... no soy un sabio, alteza —dije con voz temblorosa—. Ni un hechicero.

—¿Naciste bajo un eclipse de octubre?

—Sí. Pero eso no me hace un brujo. Solo soy... un científico.

Me miró de arriba a abajo. Juzgando.

—Un poco mal vestido y mal alimentado... —se burló y como si fuera un botón, toda la corte se rio en coro.

El príncipe descendió del trono con la gracia de alguien que sabe que todos lo miran. Cada paso era un acto calculado, un ensayo perfecto. Sus botas resonaban en el mármol, su capa lo seguía como una sombra obediente.

Me rodeó.

Me observó como si yo fuera una criatura disecada en un frasco de vidrio.

—¿Científico, eh? —sonrió, caminando en círculos alrededor de mí, con los brazos cruzados detrás de la espalda—. Mi reino sufre, está muriendo. Una peste invisible se traga a nuestro pueblo. Mi padre fue el último en caer... No quiero ver que más personas lo hagan.

Se detuvo frente a mí, me ofreció una mano, y cuando no reaccioné, se agachó como si fuera mi hermano mayor en una obra de teatro.

—Te perdonaré todos tus pecados pasados, querido... Archie, ¿no? —asentí, temblando—. No tienes familia, ni amigos, ni lugar a dónde ir; por lo que escuché, nada que perder. Conmigo, tendrás libertad, recursos ilimitados y comida caliente... a cambio de tu lealtad.

Su voz era miel y veneno.
Una promesa que olía a trampa.

—¿Qué es... lo que se supondría que haga aquí? —balbuceé.

—Fabrica una cura... y te construiré una torre de oro. Fracasa... y reza para que a las ratas no les guste tu sabor.

Mis piernas intentaron huir sin mí.

—Yo... intentaré.

Kai aplaudió una vez.

—¡Magnífico! —exclamó—. Se le otorgará un espacio de trabajo y un mercader personal. Quiero una cura, Archie. O una obra maestra. Algo que la historia recuerde.

—Gra... gra-gracias, su majestad—intenté ponerme de pie, fallé y me tambaleé como un borracho recién parido.

Una risa suave estalló en la parte superior del salón.

—¿Madre? ¿Hermanita? —dijo Kai, girando hacia las mujeres que observaban desde lo alto de los escalones—. ¿Dónde estaría más cómodo nuestro ilustre invitado?

Una joven, de ojos brillantes y sonrisa afilada, respondió sin dudar:

—Cerca de tu torre —dijo ella con sorna—. Así, si se vuelve loco, tú serás el primero en saberlo.

Abrí los ojos con el pánico reflejado.

Me congelé. Esperé la reprimenda. El grito. El castigo.

¿Así hablaban con el futuro rey? ¿Acaso no le temían? ¿No querían seguir vivas? Me preparé para el sonido del castigo...

Pero en su lugar, escuché una carcajada melodramática, deliciosa y sin rencor.

—¡Esa! ¡Esa es la razón por la cual yo llevaré una corona y tú no! —le lanzó un beso exagerado con los dedos. Luego se giró hacia la reina—. Mamita, ¿qué dices tú?




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