Realeza Eterna

Capítulo 41.

El sol todavía no se asomaba por completo detrás de los muros del castillo cuando Kai ya se encontraba en el patio de entrenamiento. El aire fresco de la mañana traía consigo un aroma a hierro y tierra húmeda, y cada golpe de su espada rompía el silencio con precisión quirúrgica, un zumbido que se repetía en un ritmo casi hipnótico.

Los soldados observaban desde lejos, fascinados por la manera en que su cuerpo se movía: ágil, controlado, como si cada músculo obedeciera una melodía invisible.

—¡Más rápido! —gruñó su instructor, un veterano con brazos como troncos de roble—. Si dudas, ya estás muerto.

Kai giró sobre sí mismo, la espada describió un arco perfecto que rozó la garganta del maniquí de paja. El golpe final lo partió en dos, y los restos cayeron al suelo con un sonido seco.

—Suficiente por hoy, alteza —dijo el instructor, su voz grave resonando en el patio.

Kai permaneció quieto, jadeando apenas, mientras observaba los fragmentos del muñeco esparcidos por el suelo.

Elira, envuelta en un vestido de seda color marfil, sentada en la muralla, lo observaba con evidente aburrimiento, masticando una manzana.

—Pareces más interesado en cortar espantapájaros que en gobernar —dijo con una sonrisa ladeada.

—¡Toda la razón, hermanita! —replicó Kai, limpiándose el sudor de la frente—. Te sedo el honor.

Sus labios carmines imitaron al el relincho de los caballos.

—¡Ni cayendo en la pobreza! en estos momentos estoy súper agradecida de la menor. De ese destino no te libraras, Kai.

Kai soltó una risa breve, negando con la cabeza.

Elira, con su vestido desajustado y una cinta roja en el cabello, era la antítesis de la solemnidad del palacio.

Cuando Kai regresaba al centro del patio, ella bajó de la muralla con un salto ágil, acercándose con una sonrisa traviesa.

—Kai —susurró—. Si supieras lo que he visto esta mañana...

—No quiero saberlo.

—Oh, sí quieres —canturreó, señalando discretamente hacia la entrada del patio. Un joven guardia de armadura modesta permanecía firme, fingiendo no verla. —Se llama Eiran. Tiene unos ojos que harían dudar hasta a las estatuas.

Kai giró la vista hacia el guardia, lo observó con frialdad y volvió a mirar a su hermana.

—No me digas que vas a perseguir a un soldado.

—Ya lo hice.

Eiran era nuevo, torpe con el uniforme, rígido por miedo a fallar. Pero en sus ojos, Elira encontraba algo que ningún noble podía darle: sinceridad.

Se acercó despacio, sosteniendo un pañuelo entre los dedos.

—Eiran —susurró, apenas audible.

Él se tensó, sin atreverse a girar.

—Mi señora...

Antes de que Elira pudiera insistir, el sonido de cascos interrumpió la tensión. Un mensajero cubierto de polvo irrumpió en el patio, desmontando de su caballo con torpeza.

—¡Su Alteza! —gritó, jadeando—. El mercader... ya ha llegado.

Kai levantó la vista, molesto por la interrupción. El instante se rompió. Eiran dio un paso atrás, volviendo a ser el soldado correcto. Ella, sin embargo, lo siguió mirando mientras el mensajero desaparecía por el portón, con el corazón encogido y una sonrisa resignada.

En otra ala del castillo, entre frascos, humo y olor a azufre, Archie estaba sumido en su propio universo. Su túnica estaba manchada de hollín y su cabello parecía haber perdido la batalla contra el viento.

En su mesa de trabajo, un enjambre de frascos, cuadernos y velas medio derretidas daba forma a un caos que solo él comprendía.

Los sirvientes lo llamaban "el niño del demonio" y los nobles se apartaban a su paso. Su laboratorio era un caos organizado: estanterías torcidas llenas de frascos, papeles con notas ilegibles y una caldera que bufaba como un animal irritado.

Llevaba tres días sin dormir lo suficiente, empeñado en lograr que una mezcla de hierbas, minerales y "algo que encontró detrás del establo" generara luz azul sin explotar.

Intento #12: el gas no cura, pero huele menos a muerte.

Intento #13: la rata explota. Nota mental: la rata explota.

Cada fracaso lo hacía murmurar:

—Interesante... pero potencialmente letal.

El techo tenía manchas sospechosas y en un rincón reposaban los restos chamuscados de un experimento anterior. Pero él no se rendía: tomaba notas, ajustaba medidas, tachaba, volvía a probar. Sus fracasos eran simples "descubrimientos accidentales".

Hasta que la puerta se abrió de golpe. El mensajero entró sin anunciarse, con voz despectiva.

—El príncipe Kai lo manda a llamar.

El portazo hizo temblar algunos frascos. Archie suspiró.

Cuando llegó al salón principal el gran salón del castillo estaba bañado en luz dorada . Las columnas se alzaban como árboles de mármol y el aire olía a incienso y autoridad.

Kai estaba allí, con los brazos cruzados y la misma calma que mostraba al empuñar una espada.

Archie se inclinó con una torpeza natural, más por costumbre que por respeto.

Kai fue directo al grano:

—Archie —saboreo el nombre—. Has tenido unos días para adaptar tus experimentos al protocolo real.

—Y lo he hecho, Alteza.

—¿Sin incendiar nada?

—Nada que no fuera controlado —admitió.

El príncipe soltó una breve risa.

—Entonces si.

Archie agacho la cabeza para no delatar la vergüenza.

—Archie, te mande a llamar por que desde hoy tendrás un mercader personal. Atenderá tus solicitudes y se encargará de conseguir lo que necesites.

Archie levantó una ceja.

—¿De verdad?

Kai sonrió apenas.

—Y sin límites.

Un joven mercader se adelantó, nervioso, sosteniendo un pergamino y una pluma. Kai los miró con una expresión entre divertida y curiosa.

—Este es Bernel, tu proveedor —anunció el príncipe.

—Necesito hígados de rata sanos, moho de pan, tres litros de orina de caballo y una vela usada en una boda infeliz.

El mercader parpadeó.

—¿Perdón?

—Oh, y si consigues un poco de polvo de hueso de sapo, sería ideal, pero no es urgente —añadió Archie, con total naturalidad.




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