Realeza Eterna

Capítulo 42.

POV. Kai.

El primer alboroto llegó con el sol aún bajo.

Alguien gritaba en la entrada del castillo, y yo, por alguna razón que aún no entendía, ya sabía quién sería el culpable.

—Su Alteza —jadeó un guardia al irrumpir en mi cámara, casi llevándose por delante la alfombra—. Ha surgido un problema... con el alquimista. Se niega a recibir el cargamento que trajo el mercader.

Suspiré, apoyando los codos sobre la mesa y apoyé la barbilla en las manos, observando cómo sus ojos saltaban de un lado a otro como los de un ratón acorralado. Me divertía, aunque me obligué a no sonreír de inmediato.

—Llévame —dije finalmente, con calma—. Quiero ver esto.

Descendí las escaleras, el sol apenas entrando por los vitrales. Mientras caminaba, pensé en lo mucho que este chico me recordaba a un animal herido, que no confiaba en nadie y saltaba al más mínimo ruido. Tenía gracia, aunque el problema real era que tenía razón.

Cuando llegamos, el caos era evidente. El mercader, un hombre regordete que parecía haber envejecido diez años en cinco minutos, sostenía el cofre con hierbas y frascos temblando como si fueran armas. Sus movimientos eran nerviosos, sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y furia contenida. Cada gesto era un recordatorio de que lo mejor del mundo a veces era un animal herido intentando sobrevivir. Y yo me divertía demasiado viéndolo.

—Esto... esto no es lo que pedí —exclamó Archie, levantando un manojo de hierbas verdes con un aire de indignación que solo él podía lograr.

El mercader estaba pálido, con la voz temblorosa:
—Señor, yo... traje exactamente lo que pidió el príncipe. Cada ingrediente fue seleccionado personalmente...

Archie lo interrumpió con un siseo, una mezcla de ciencia y amenaza:

—Déjame ver esto —murmuró, tomando una ramita de lo que debía ser ginseng del norte.

Lo miré, recostado contra un barril, y noté cómo sus dedos temblaban ligeramente. Me divertía un poco, lo admito. Podría haber saltado, llorado o gritar; pero allí estaba, concentrado, intentando domar la amenaza invisible. Era casi poético, verlo desconfiar de algo tan cotidiano mientras su instinto gritaba "peligro".

—Falso —dijo de repente, dejando caer la hierba—. Esto no es ginseng. Adelfa... mortal al corazón.

El mercader palideció, intentando encontrar alguna excusa entre las sílabas tartamudeadas.

—Pero... es lo que envió el proveedor... —balbuceó.

—Claro que sí —interrumpí suavemente, disfrutando del desconcierto—. Alguien intenta sabotear tu trabajo, parece.

Archie me miró con ojos desorbitados, como si yo fuera el juez y verdugo al mismo tiempo. No lo corregí. Me gustaba verlo así. Era un espectáculo silencioso, fascinante.

—Entonces confío en ti —dije, finalmente cruzando los brazos—. De ahora en adelante, solo tú decides qué entra al castillo. Nada sin tu aprobación.

—Entendido —resopló Archie, bajando la cabeza, el alivio mezclado con resignación en cada línea de su rostro.

El mercader tragó saliva, murmurando algo que no pude distinguir. Yo sonreí con suavidad, dejando que su miedo hiciera parte del juego.

Esa tarde, cuando finalmente quedamos solos en la pequeña cabaña de invierno que Elira y yo usábamos casa juego, o incluso un escape cuando las responsabilidades reales ponían a nuestros padres un poco... irracionales.

Era reconfortante ver que alguien mas la usaba y que no acumulaba polvo.

Podía escuchar el susurro de los tapices, el crujido del parquet y el roce de la brisa que entraba por la ventana. Archie revisaba cada raíz, cada polvo, cada frasco con la obsesión de un alquimista y la paranoia de un sabueso, aún con la sensación de que alguien podía aparecer en cualquier momento para arruinarlo todo.

—Peina mi cabello —dije con calma, dejándome caer en la misma mesa donde registraba sus "hechizos".

Archie me miró, congelado, con la expresión de un ciervo atrapado bajo el ojo de un halcón.

—¿Perdón?

—Peina mi cabello. Ahora —repetí, cerrando los ojos.

El chico suspiró, murmurando maldiciones que solo él entendía. Me observaba con recelo, como si estuviera a punto de tocar un animal venenoso antes de enterrar sus dedos en mi cabello.

Su cuidadosa precisión. Cada movimiento era medido, preciso, con ese miedo curioso que siempre llevaba a cabo cuando enfrentaba lo desconocido. Me divertía, pero también me tranquilizaba. me causaba un extraño placer: ver a alguien tan brillante, y tan vulnerable al mismo tiempo.

—¿Entonces? —pregunté con calma—. ¿Qué es lo que tenemos?

Archie levantó la vista, la mandíbula apretada.
—Una imitación —dijo, con la voz baja—. Huele igual, pesa igual, se comporta igual cuando se seca... pero no hace nada.

Lo observé por un instante, sin decir nada. Luego, sonreí.
—Como la mayoría de los nobles que conozco.

Archie no se rió. mientras el fuego proyectaba su sombra distorsionada sobre los muros de piedra una idea paso por mi cabeza

—Qué coincidencia tan peculiar, ¿no crees? —empecé en un tono suave, casi amistoso, dejando que mis palabras se deslizaran entre el sonido del vidrio y el hervor de los líquidos.

Archie no respondió.

—Tengo una corte en mi contra —continué, apoyándome en el borde del escritorio—. Mi hermana se enfrenta a propuestas de alianza que condenan su corazón, en un juego donde si no acepta a uno, declara la guerra rechazando al otro.

Suspiré con falsa pesadez.

—Y ahora tú, que buscas la cura, casualmente recibes lo que no pediste.

Me giré para observarlo.

—¿Debería despedir al mercader?

Archie tardó unos segundos en responder.
—No debe tomarse la molestia, su majestad —murmuró, limpiándose las manos con un paño ennegrecido—. Yo siempre reconozco las hierbas malas.

Había algo en su tono... esa resignación que solo tienen los que han visto morir más esperanzas que personas.




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