Realeza Eterna

Capítulo 43.

POV. Kai.

La fiebre no me dejaba dormir.

Mis sábanas de seda se pegaban a mi piel sudorosa, mis almohadas eran nubes domesticadas que no podían amortiguar el calor que me subía por la nuca y me revolvía el pecho. Mi mente era un enjambre rugiendo; cada pensamiento golpeaba como martillo en mi cráneo.

Me levanté, descalzo, con el camisón flotando tras de mí como una bandera de tragedia anunciada, y di vueltas por la habitación.

Y entonces, una explosión.

El suelo tembló bajo mis pies descalzos. La ventana vibró. Afuera, un destello naranja iluminó la oscuridad como si el mismísimo sol hubiera decidido mudarse al jardín de invierno.

El jardín de invierno... la cabaña.

—¡El hechicero!

Corrí sin zapatos ni capa. Mi camisón de dormir ondeaba como si fuese a protagonizar una tragedia.

¿Dónde estaban los guardias? ¿Dónde demonios estaban?

Atravesé el corredor y empujé las puertas con la fuerza de la adrenalina. Olía a pólvora, flores marchitas y... ¿carne quemada?

—¡ARCHIE! —mi grito se perdió entre la humareda que salía del laboratorio.

Tosí.

Entre la bruma surgió una figura encorvada, tiznada de hollín y con los lentes torcidos, las manos temblando y el cabello como si hubiera peleado con un relámpago y perdido.

Había cristales por todas partes, un líquido verdoso goteando del techo y una criatura amorfa chillando dentro de un frasco.

—¿Intentabas suicidarte o estás simplemente loco? —exclamé, cruzando los brazos mientras mi fiebre añadía un filo a mi voz.

—¡No! ¡No, su majestad! ¡No fue intencional! —balbuceó—. Fue... fue un accidente. El mercader me trajo ingredientes raros... tan puros... soñé con usarlos y... no sabía cómo... no del todo.

Miré alrededor: frascos rotos, una rata petrificada, un libro en llamas, un pollo sin cabeza corriendo en círculos. Todo era un caos.

Luego dice que no es brujería.

Me crucé de brazos, respirando hondo para no gritar. El pecho aún latiéndose. mañana me traería problemas esto.

—¿Entonces usas mi hospitalidad como campo de pruebas? —espeté—. ¿No tomas en serio la salud de mi pueblo? ¿Ni mi posición?

Archie se encogió. Literalmente. Como si sus huesos hubieran renunciado.

—No, no, no, su majestad —balbuceó, como si pudiera hablarse a sí mismo de vuelta a la cordura—. Es... es que a eso me dedico. Yo estudio. Yo experimento.

Bufé, caminando entre los escombros. La fiebre me hacía sentir que el humo y el calor me envolvían como un abrazo desagradable, pero no podía dejar de observar cada detalle: el líquido verdoso que burbujeaba, los frascos agrietados, el pollo corriendo en círculos.

—¿Qué clase de hechicero explota su propio laboratorio con una poción mal hecha?

Se sonrojó bajo la capa de ceniza.

—¡No soy hechicero! —protestó, desesperado—. Solo un alquimista... de un pueblo ignorante... donde me apedreaban por leer. No sé de magia.

Eso me sacó una risa. No lo pude evitar.

—Ah, claro... ¿Y de dónde salieron entonces los rumores? —pregunté entre risas, porque eran tan teatrales como trágicos—. ¿Los demonios? ¿El eclipse? ¿Las visiones con cuernos y colas? ¿Es cierto que hablaste con un ángel desnudo en un campo de trigo?

—No... es del todo cierto.

¿Que... dijo?

Di un paso más cerca, inclinándome apenas para que mi sombra se mezclara con la suya.

Bajé la voz, casi un susurro:

—Explicate, quiero escucharlo de su boca.

—Estuve con un hombre en los trigales, pero no era un ángel...

La imagen rodó por mi mente y la conclusión fue clara.

—Más larga es la lengua de los pueblerinos que los pergaminos de la biblioteca —concluyó—. Solo sé leer donde otros ven brujería.

Me reí. No por burla, sino porque ese tipo de respuestas fue mejor y, al mismo tiempo, peor de lo que esperaba.

—Esto será un problema —murmuré, paseando la mirada por el desastre con una sonrisa torcida—. Todos en la corte te temen. Creen que haces orgías con demonios. Esto los va a desilusionar mucho.

Di un paso más cerca.

Archie tragó saliva. Pude oírlo.

Sus lentes reflejaban mi rostro: pálido, brillante por la fiebre.

Enderecé la espalda, mirándolo desde mi altura (que descubrí, con fastidio, que no era mucha más que la suya).

Me incliné, bajando la voz.

—Me gustaría que eso quedara entre nosotros.

—¿Como un secreto? —preguntó él, apretando las manos. Nervioso. ¿Tenso por miedo... o por mí?

Interesante.

¿Lo pongo nervioso?

¿Qué tanto le inquietará mi presencia?

¿Será la fiebre o simplemente el placer de ver cómo tartamudea cada vez que me acerco?

—Sí. Será el primero de nuestros secretos.

Me incliné apenas. Lo suficiente para que mi aliento le rozara el cuello. Sentí el leve temblor que recorrió su cuerpo, ese espasmo diminuto, como si mi cercanía fuera una corriente eléctrica que no supiera dominar.

—Y si algún día decides hacer otra explosión... —susurré—, que sea en mi presencia. Estaría encantado de ayudar a detonarte.

Su garganta tragó saliva tan fuerte que lo oí por encima del chisporroteo de un frasco aún burbujeando.

La ceniza le cubría el rostro, pero entre las manchas grises, su piel ardía con un rubor imposible de disimular. Me contuve de sonreír demasiado. Solo un poco. Lo suficiente para que me viera divertido, pero no indulgente.

Archie era fascinante.

Un desastre viviente, una mezcla de genio y tormenta.

—Ahora limpia todo esto —ordené, girándome despacio. El eco de mis pasos sonó sobre los vidrios quebrados—. Y procura no matarte en el proceso.

No esperé respuesta. Caminé entre humo y ceniza, respirando el aire espeso y cálido del desastre, con el corazón latiendo a un ritmo que no quería admitir.

Salí de la cabaña con pasos tranquilos, aunque el suelo todavía crujía bajo mis pies descalzos. La brisa fría de la madrugada me golpeó el rostro, despejándome más de lo que cualquier medicina hubiera logrado.




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