A la mañana siguiente, el castillo despertó con un aire denso de rumores. Los sirvientes cuchicheaban en los pasillos, los guardias intercambiaban miradas tensas, y los cocineros juraban haber visto "luces demoníacas" salir del jardín de invierno.
La fiebre de Kai lo había abandonado casi por completo, y en su lugar quedaba ese humor particular que solo le aparecía cuando el caos ajeno le resultaba entretenido.
Cuando los miembros del consejo irrumpieron en la sala del trono como un nido de cuervos bien vestidos. Sus rostros eran máscaras de indignación y miedo, aunque algunos parecían más interesados en el dramatismo de la situación que en la seguridad del reino.
—¡Su Alteza! —empezó el consejero Mavren, sudando —. ¡Anoche hubo una explosión demoníaca! Los testigos aseguran haber visto fuego azul, un círculo en el suelo ¡El ala del jardín de invierno casi estalla en llamas!
—Casi —repitió Kai, recostado en su sillón, con una taza de té en la mano—. Una palabra tranquilizadora, ¿no lo cree?
Kai los miró con calma, sosteniendo una taza de té que humeaba como si fuera la narrativa de un bufón.
—¡Se escucharon gritos! ¡Luces ! ¡Cuervos por los pasillos!
—Ah, sí —intervino Kai con serenidad—. Eso hubiera sido fascinante ver, si tan solo fuera real. Gracias a Dios un dragón no intentó escapar.
Los consejeros intercambiaron miradas de espanto.
—¿Usted está diciendo... que tenía un dragón encerrado en el castillo? —preguntó uno, con la voz temblorosa.
Kai bajo el tasa de té, mirándolos con ojos vacíos.
Luego, siguió asintiendo, probando hasta donde la ingenuidad o estupidez de los ancianos se tomaban todo este tema muy enserió.
Los hombres se miraron, pálidos.
—Aunque ahora temo que los espíritus del maíz también estén molestos, ¿saben? Dicen que no se les consultó sobre los nuevos métodos.
Uno de los consejeros dejó caer su pluma.
Otro se persignó.
—Su majestad, esto es una blasfemia. Los aldeanos ya están hablando de hechicería. ¡De una maldición!
—Y tienen razón. Estoy maldito —dijo con una sonrisa leve—. Maldito con un consejo que NO distingue el humo de una explosión científica de un conjuro infernal que NO EXISTE.
Kai se inclinó hacia adelante, apoyando el mentón en la mano.
—Están a una década de que los gusanos se los coman, ¿en serio creen en esos cuentos infantiles y rumores de pasillos?
Hubo un silencio largo. Tenso.
Uno de los consejeros tose, incómodo.
—Entonces... ¿no hubo demonios?
Kai volvió a rodar los ojos.
—Solo el de la incompetencia, que me visita cada mañana —replicó Kai—. Pero tranquilos, señores. El palacio no será devorado por la oscuridad... al menos no hoy. Lo de anoche fue un accidente que ya me fue informado, a testimonio del hechi... Alquimista, falsificaron una hierva, una sustancia... ¡No se que mierda!
» El asunto, es que hubo un sabotaje para con mi Alquimista, por lo que, me dirijo a ustedes, fieles consejeros de mi padre y abuelo; nobles,funcionarios, letrados y juristas... para dar con el traidor que impida nuestro avance, si nuestros intentos de parar con la peste fallan... Voidborn, desaparecerá igual que Thalvorn.
los sabios ancianos reconocieron el peligro en silencio, inclinaron la cabeza aceptando la encomiendo, porque si el alquimista triunfaba ellos vivían, si fallaba... besarían a sus mujeres por ultima vez.
Mientras tanto, en el jardín de invierno, la escena era otra.
El lugar que antes había sido un refugio de juegos infantiles ahora parecía una zona de guerra botánica.
Restos de frascos rotos y hojas chamuscadas cubrían el suelo. De las ramas del invernadero aún goteaban restos de algún líquido verdoso, y una rana del tamaño de una calabaza dormía en lo alto de un pilar, croando de vez en cuando como si lamentara sus decisiones.
Archie, con el rostro tiznado y trasnochado, trataba de limpiar el desastre con un cepillo diminuto y una paciencia que se desmoronaba por segundos.
Fue entonces cuando la voz de Elira, suave y punzante como una daga bañada en perfume, atravesó el aire.
—Qué espectáculo, Archie... —canturreó, deteniéndose en el umbral con una sonrisa afilada—. Si no supiera que eres alquimista, juraría que intentaste invocar al mismísimo infierno. Es lo que dice por ahí.
El cabello blanco recogido, su vestido de terciopelo oscuro rozó los restos humeantes del suelo. Observó el panorama con una sonrisa apenas contenida.
—Había oído de hombres que transformaban el plomo en oro, no los tejados en humo.
Archie apretó los dientes.
—Fue un accidente.
—Claro, claro —respondió ella, con esa voz dulce que solo usaba cuando quería divertirse a costa de alguien—. "Accidente". ¿Y esa criatura pegada al techo también fue parte del accidente?
La rana croó. Archie suspiró.
—Le agradecería que se retirara, princesa. Hay vapores tóxicos.
Elira abrió los ojos, sorprendida por la osadía... y luego sonrió, complacida.
—Vaya... así que también sabes morder.
Elira ignoró la advertencia por completo y se acercó, levantando una hoja chamuscada con delicadeza.
—Tranquilo, hechicero.
—Que no soy un hechicero.
—Deja que te ayude. ¿Qué tan difícil puede ser? —Tomó un trapo y comenzó a limpiar una mesa, sin saber que el líquido sobre ella todavía reaccionaba con el aire
—¡No toque eso! —gritó Archie.
Demasiado tarde.
Un estallido menor, como el chasquido de un látigo, lanzó una nube de polvo azul que cubrió a Elira de pies a cabeza. Tosió, escupió, y se quedó mirando su reflejo en un espejo rajado: su piel brillaba de un color verdoso fosforescente.
Archie, con una mezcla de terror y humor, apenas pudo contener la risa. Elira parpadeó, completamente seria. para luego estalló en risa
—¡Que divertido es! con razón mi hermano te defiende demasiado —la risa no la dejaba formular bien
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Editado: 11.01.2026