POV. Kai.
Los jardines del palacio siempre parecían más despiertos que yo a esas horas de la mañana. La bruma aún rozaba los setos, deslizándose como un fantasma aburrido entre las hojas. A mí me interesaba más evitar mojarme las botas.
—¿Sabes qué me molesta de los mensajes urgentes? —le dije a mi hermana mientras esquivábamos un seto que se inclinaba demasiado—. Que nunca aclaran si es una tragedia o una sorpresa.
—A ti te molesta todo lo que no tenga escote o intriga —resopló Elira, recogiendo una piedrita del camino para lanzarla al estanque.
—Mira tú, la comediante del reino —contesté, echando mi cabello hacia atrás—. Si no fuera por mí, seguirías creyendo que los hechiceros usan sombreros puntiagudos y vuelan en escobas.
—¡Y Archie parece que lo haría! —rió ella—. Ese hombre siempre huele a azufre y tiene cara de haberse asustado de su propia sombra.
Sonreí. Archie se asustaba hasta de mi cercanía.
Pero tenía unos ojos... que compensaban cualquier sobresalto.
—¿Qué clase de hechicero necesita un jardín entero para jugar a la botánica? —cuestionó Elira.
—Uno con bastante suerte —respondí.
Aunque "suerte" no era la palabra que usaría para su caos cotidiano.
Elira rió, pero sus pasos se aceleraron cuando la cabaña y el invernadero aparecieron al fondo, cubiertos de raices secas, telarañas y un jardín infertil que jamas va a florecer.
Cuando la puerta se abrió, el vapor cálido nos envolvió como un abrazo súbito. Olía a manzanilla, a hojas trituradas e intentos fallidos.
Archie estaba allí. De pie. Tenso. Con un delantal chamuscado, manos manchadas de una mezcla de tierra e... ¿tinta?, y los lentes torcidos, como si se los hubiera puesto corriendo.
Encantador, en su propio desastre.
—S-su Majestad... Alteza —tartamudeó al vernos, haciendo una reverencia tan torpe que casi derribó una maceta.
Intenté contener mi sonrisa. No lo logré.
—Buenos días, Archie —dije, suavizando la voz sin querer.
Él parpadeó tres veces, como si intentara reiniciar su cerebro.
Elira se masticó la risa.
—El mensajero dijo que tenías algo importante que mostrarnos —dijo ella.
A lo que yo continué:
—Y no traje vino, así que espero que sea breve.
—E-estoy cultivando una flor —soltó Archie, tragando saliva.
Elira aplaudió una vez, teatral.
—¡Qué coincidencia!—celebró—. Nuestro tío también cultivaba una hierba muy rara antes de fumársela.
—No... no es eso —balbuceó Archie sin entender la broma—. Esta flor es excepcional. Se llama Flor de Hémata. No existe registro real de su floración completa, pero... según los textos antiguos, purifica la sangre. Podría... podría ser una cura para la plaga.
Eso sí llamó mi atención.
—¿Una flor que cura la peste? —comenté con suavidad, casi para probarlo, para ver cómo reaccionaba.
Archie no se movió. No parpadeó.
Solo se aferró a su esperanza.
—Sí —respondió él, guiándonos hacia una mesa en la esquina—. Pero no florecerá pronto. Requiere cuidados muy específicos... y tiempo.
Me acerqué, observándolo más a él que a la mesa. El sudor le corría por la sien, y aun así hablaba con una convicción que no había visto ni en los soldados más valientes. Era... cautivador.
—¿Y si no florece? —pregunté.
Me acerqué un paso. Él retrocedió medio, nervioso.
Me encontré disfrutando demasiado eso.
Pero Archie no dudó.
—Lo hará.
Nos mostró una pequeña campana de cristal. Dentro, un tallo apenas brotaba. Rojizo, casi traslúcido.
—Es... —susurré.
—Hermosa, lo sé —dijo Archie con una sonrisa tímida.
Y sí, era hermosa.
Pero yo no estaba mirando la flor.
Archie se inclinó sobre el cristal con tanta delicadeza que parecía temer romper el aire. En sus ojos había devoción pura.
Cuando terminó de explicarnos el proceso, los riesgos y todo lo que ya había intentado, lo felicité con una sonrisa larga. Tal vez demasiado.
Ni bien salimos del invernadero, Elira disparó:
—¿Qué fueron esas miradas?
—¿Que miradas? —reprendí con calma absoluta.
—Sí. Esas. Las de: "hazme una cura, pero primero ¡cúrame esta!" —señaló teatralmente su entrepierna.
—No sé de lo que hablas —respondí girando el rostro. No para negar... sino para ocultar mi sonrisa.
—¡Por favor! Si tus ojos hubieran tenido lengua, ya le habrían lamido la clavícula.
—Qué imaginación tienes. Talento desperdiciado en la nobleza. Podrías escribir novelas prohibidas.
—Y tú tienes instintos para protagonizarlas —replicó.
No respondí.
Pero tampoco lo negué.
—No me engañas, Kai —dijo, caminando a mi lado con aire victorioso—. Te vi. Y ese destello en tus ojos... no es de bondad fraternal.
Elira se detuvo y por inercia yo también, solo que disimule mas en ver hacia atrás, la cabaña, justo en la ventana abierta, observando a Archie que contemplaba su maceta de cristal.
—Estás construyendo su jaula de oro, hermano.
Luego bajó la voz, afilándola como una daga envuelta en terciopelo.
—Solo asegúrate de que las rejas no te encierren a ti también.
Una advertencia cruelmente certera.
No podía admitirlo. Si lo hacía, Elira me perseguiría con esa expresión diabólica todo el día.
Y no pensaba darle ese gusto.
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Editado: 11.01.2026