Realeza Eterna

Capítulo 46.

POV. Archie.

El laboratorio siempre había sido un esqueleto gris: macetas rotas, tierra muerta, paredes con manchas de quemaduras antiguas, olor a químicos que ni yo mismo sabía cómo justificar. Un jardín marchito, eso era.

O eso había sido.

Porque desde que empecé a mezclar compuestos para estimular la Flor de Hémata, algo empezó a cambiar. Un efecto secundario inesperado, probablemente peligroso, pero... hermoso.

Pequeños brotes azules aparecían donde antes solo había podredumbre. Helechos con bordes plateados crecían como si alguien los estirara durante la noche. Incluso una planta carnívora que llevaba seis meses muerta decidió, sin permiso, abrir la boca otra vez.

Yo no sabía si alegrarme o asustarme.

Mi instinto decía que era lo segundo.

Las flores surgían de la descomposición como si hubieran estado esperando siglo. Mi jardín marchito renacía a trompicones, como un corazón viejo aprendiendo a latir otra vez.

No era algo que mostrara abiertamente. El Consejo ya sospechaba de mí por cualquier cosa que ardiera, explotara o cambiara de color.

No necesitaba darles más motivos.

Pero había un visitante que nunca juzgaba.

un anciano.

Llegaba cada anochecer, justo cuando encendía la lámpara de aceite. Cojeaba un poco, arrastraba un viejo harapo lleno de tierra y tenía los ojos más tristes que había visto en mi vida.

No hablaba, por supuesto.

El único ser en todo el palacio que no me miraba como si yo fuera un hereje esperando la hoguera.

—Ya estás aquí —murmure, dejando un cuenco de agua con manzanilla en el suelo.

Él inclinaba la cabeza, olía primero —siempre olía primero— y luego bebía con esa delicadeza que solo tienen los perros viejos.

A veces se recostaba junto a la puerta. Otras veces, en medio de mis herramientas.

Hoy, sin embargo, lo invité a entrar por completo.

—Vamos —le dije, abriendo la puerta del laboratorio—. Hace frío. No tienes que quedarte ahí fuera.

El perro pasó despacio, olfateando. Y cuando encontró la alfombra frente a la chimenea, se dejó caer con un suspiro tan humano que me hizo sonreír.

Al levantar la cabeza, noté la luz en la torre más alta, sentía otra presencia.

Una mirada.

Siempre a la misma hora, siempre desde la misma ventana.

Una silueta recortada contra la ventana. Un hombro elegante. El brillo fugaz de un anillo.

No necesitaba acercarme para saber quién era.

Kai.

Si algo había aprendido desde nuestro primer encuentro, era esto:

el príncipe no respondía a ninguna lógica.

Ni a la de sus consejeros.

Ni a la del pueblo.

Ni siquiera a la suya propia.

Impredecible, pensé, como cada vez que su sombra se deslizaba sobre mí de lejos.

Y esa palabra me quemó un poco la lengua.

Me senté en mi escritorio, rodeado de papeles, frascos, tinturas y bocetos. Releí por enésima vez las cien fórmulas que había creado y descartado.

El diario del desarrollo de la Flor de Hémata estaba manchado de tierra y tinta; las anotaciones eran frenéticas, nerviosas, llenas de esperanza y miedo a la vez.

Algo debía avanzar.

Algo tenía que dar señales de florecer.

Estaba tan absorto que no escuché los pasos.

Solo reaccioné cuando golpearon la puerta.

Tres golpes. Firmeza, autoridad, interrupción inevitable.

—No abras —susurré al perro, que no reaccionó.

—Te escuche, Archie

Suspiré.

La puerta se abrió.

El príncipe.

El hombre que podía condenarme con solo un suspiro mal interpretado.

Entró sin esperar respuesta. Su capa estaba ligeramente abierta, revelando un chaleco oscuro que parecía más caro que todo mi equipamiento junto.

Sus ojos se iluminaron en cuanto vio al perro.

—¿Duke? —dijo, sorprendido

El perro solo movió la cola una vez, sin levantarse.

Kai cerró la puerta con una mano y se sentó en la silla sin quitarme la mirada de encima.

Yo seguía de pie, incómodo

—Pensé que yo era el único hombre que se colaba a tu cabaña a media noche—comentó con un tono tan suave que no supe si debían preocuparme sus palabras o su sonrisa.

—Él viene solo —respondí—. No lo llamé.

—Ajá. —Kai cruzó una pierna sobre la otra con esa elegancia natural suya.

—Le preparo agua con manzanilla. Es bueno para el estómago.

Kai ladeó la cabeza.

—Veo que se siente cómodo contigo. Eso es... insólito.

Me tragué un comentario nervioso. Kai siguió hablando.

—Ese perro —dijo clavando sus ojos en el animal—. Es de mi padre. Del difunto rey.

Duke levantó la cabeza, atento.

Kai sonrió con esa tristeza leve, casi invisible, que rara vez mostraba ante otros.

—Lo recuerdo de mi infancia —continuó—. Era un perro de caza. El mejor cazador de la región. Fuerte, disciplinado, leal. Pero cuando el rey murió...

El perro lo observaba, inmóvil. Como entendiendo cada palabra.

Me quedé quieto también.

—Cuando mi padre murió —siguió Kai, su voz más baja—, Duke dejó de moverse. De comer. De vivir. Se quedaba horas frente a la puerta de sus aposentos, esperando ver una sombra que ya no iba a regresar.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Y tú? —pregunté sin pensar.

Kai alzó la mirada hacia mí.

Un segundo de silencio.

Luego respondió:

—Yo lo protegí. Me dijeron que lo sacrificara. Para "aliviar su sufrimiento".

Fruncí el ceño.

—Qué solución más... medieval.

Kai soltó una risa suave.

—Lo pensé también. Pero supongo que tengo mis propios límites. Aunque no lo creas.

Me limpié las manos en el delantal. No sirvió de mucho: quedaron peores.

—Llegó aquí un día vomitando —expliqué—. Apenas podía mantenerse en pie. Lo cuidé hasta que logró... bueno, hacer lo que tenía que hacer para sobrevivir.

Kai no parecía entender del todo.

Así que añadí:

—Comió.

Los ojos del príncipe se abrieron con sorpresa genuina.




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