El salón del castillo brillaba como si un amanecer dorado hubiera quedado atrapado entre las paredes. Cientos de lámparas de aceite colgaban en coronas circulares, reflejándose en el mármol pulido hasta la perfección. La música del cuarteto flotaba ligera, casi ingrávida, como si no fuera interpretada por humanos sino por criaturas invisibles.
Los nobles, embajadores y herederos reinaban en cada esquina, con sonrisas estudiadas y perfumes que intentaban ocultar un temor más profundo: la plaga. Esa sombra silenciosa que, aunque escondida bajo los manteles blancos y los cristales opulentos, seguía respirando entre ellos.
La reina Sibylla lo sabía. Por eso había organizado el baile. Nada apagaba el pánico como un buen espectáculo.
Y el mayor espectáculo era, desde luego, Kai.
El príncipe descendía la escalinata con su hermana del brazo, ambos vestidos como para ganar batallas sin levantar una espada. Él, con un traje negro bordado en hilo carmesí; ella, con un vestido azul noche que brillaba como tinta estrellada.
—Y dime, Kai —dijo su hermana, ajustándose sus pendientes de nácar—, ¿qué harás si madre intenta emparejarte otra vez?
—¿Otra vez? —Kai dedicó una risa dramática al techo, como si fuera el público—. Supongo que haré lo que espera de mí: sonreír, aceptar y luego escapar a los aposentos de algún hombre respetable.
—Romperías los corazones de medio salón.
—Lo sé —respondió con un suspiro trágico que solo logró que su hermana rodara los ojos.
—¿Sabes qué me hace falta esta noche? —comentó ella mientras saludaban con una reverencia elegante a un par de duques—. Un pretendiente más rico que tú. Más guapo también. Tal vez con una flota de barcos de guerra.
—¿Y un castillo volador? —bromeó Kai, ganándose un pellizco sutil pero mortal de parte de la princesa, que tuvo que disimular con sonrisas falsas.
Pero su sonrisa se desvaneció lentamente cuando los ojos de su pequeña hermana se detuvieron en un hombre cerca del banquete. Piel morena, mandíbula firme, uniforme impecable con una capa azul oscuro y una expresión que parecía tallada en piedra.
Kai sonrió, como un gato que acaba de ver moverse una cortina.
—Creo que lo reconozco... —canturreó con diversión—. Me hubiera gustado para ti un futuro heredero de un reino, mínimo un lord... pero el jefe de la guardia de la Isla de Plata no está nada mal.
—No digas estupideces. Esa unión no traería nada bueno al reino.
—Ay, hermanita, lo único bueno que tiene este reino... soy yo.
Ella rodó los ojos como si fuera una coreografía ya ensayada mil veces.
Kai alzó su copa de vino, y entonces lo vio. Desde el balcón, escondido tras las cortinas y las lentes gruesas que no lograban ocultar su inquietud, estaba Archie. Lo miraba como si lo estuviera descifrando. Y temiera lo que estaba descubriendo.
Justo entonces, Sibylla se acercó, tan serena como siempre, con un vestido de tonos dorados y una sonrisa que ocultaba más de lo que mostraba.
—Kai, querido —dijo con esa voz suave que parecía no tener urgencia ni prisa—, la princesa Amara de Vaselín está encantada de conocerte. ¿Bailarías con ella?
La extranjera era bella, una visión en lavanda, ojos claros y modales perfectos. Todo lo que un reino soñaba. Kai la saludó con gracia, tomó su mano... y se dejó llevar a la pista.
Mientras giraban entre la multitud, Kai la escuchaba hablar sobre su pasión por los caballos, los mapas y las constelaciones. La princesa Amara era encantadora, hablaba cinco idiomas y reía con gracia. Todo era adecuado. Todo era perfecto. Todo era... aburrido.
Porque sus ojos no dejaban de subir hacia el balcón.
Allí seguía Archie. En las sombras. Viendo. Fingiendo que no miraba.
—He oído —decía Amara— que su reino tiene una vasta colección de reliquias antiguas. ¿Es cierto que poseen el fragmento del cometa Viridiano?
—Sí... mm... creo que sí —murmuró Kai, mirando hacia arriba, distraído.
Amara entrecerró los ojos, notándolo.
Y justo entonces, uno de los herederos de un reino vecino se unió a la conversación, trayendo consigo un comentario casual que no pudo elegir peor dirección:
—¿Y quién es ese hombrecito que estaba en el balcón? Tiene... cómo decir... un aura siniestra.
Amara rió.
—Yo diría pestilente. Hace un rato tuve la desdicha de pasar por su lado y traía un olor a tierra... ¡uf! Muy curioso que lo tengan tan cerca de la familia real.
Kai dejó su copa en la mesa.
El sonido del cristal tocando el mármol fue tan frío que varios se callaron.
Kai se reclinó un poco hacia Amara. Sonreía, sí. Pero sus ojos... oh, no. Sus ojos eran hielo afilado.
—Ese "olor a tierra", princesa —dijo con voz suave—, es el aroma de la única esperanza que este reino tiene de no morir en la plaga. El hombre más brillante que ha pisado este castillo.
Pausa. Lenta.
Cruel.
—Le sugiero que empiece a respetarlo, porque planeo que se quede en este palacio por mucho tiempo.
Amara se quedó muda. Palideció. Tartamudeó una disculpa que ni Kai escuchó. Retrocedió... chocó con un camarero. El vino rojo cayó sobre su vestido como una herida abierta.
—Qué desafortunado —dijo Kai, indiferente.
Más tarde, los pasillos del ala norte estaban medio oscuros. Las antorchas proyectaban sombras largas en las paredes de piedra. Kai se detuvo al girar una esquina, sintiendo una presencia conocida.
Archie estaba allí, de espaldas, como si intentara decidir si seguir caminando o escapar.
—¿Huyendo de tu futuro rey? —preguntó Kai con su sonrisa ladeada.
Archie se giró lentamente, y sus cejas se juntaron apenas.
—No. Yo... estaba aireándome.
—¿Aireándote del baile, o de mí?
—No. Solo observando desde lejos...
—¿Y qué viste desde allá arriba?
—A ti —dijo sin rodeos—. Bailando como si quisieras que todos se enamoraran de ti. Como si te diera lo mismo con quién fuera.
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Editado: 11.01.2026