POV. Archie.
No existe silencio verdadero desde que Kai decidió convertir mi laboratorio en su... ¿refugio nocturno?, ¿pasatiempo?, ¿nuevo hobby psicótico?
En cualquier caso, ya no hay paz.
Llega sin anunciarse. Nunca toca la puerta. Simplemente entra.
A veces con una copa de vino, otras con un libro que no piensa leer, y casi siempre con la misma actitud: como si el mundo fuera suyo y yo solo un extraño coleccionable que le causa curiosidad.
Esta noche, como siempre, empuja la puerta con el hombro y entra con una copa de cristal rojo entre los dedos.
—Archie, ¿estás vivo? —pregunta, como si hubiera estado aquí hace dos minutos y no hace tres horas—. Qué lástima, esperaba encontrar tu cadáver. Me habría ahorrado el discurso de buenas noches.
—Son... las dos de la mañana —murmuro, sin levantar la vista de mis papeles.
—Exacto. Hora perfecta para pensar. O para molestar —Se acerca, toma asiento en mi mesa de trabajo y cruza las piernas como si estuviera posando para un retrato—. ¿Qué hacemos hoy?
Yo no hago nada.
Él... destruye mis nervios.
Kai toma un frasco pequeño.
Lo agita.
—¿Esto es ácido o perfume?
Mi alma abandona mi cuerpo.
—¡No, no, no! ¡Eso es corrosivo! —Le arrebato el frasco con ambas manos, casi tropezando con mis propios pies—. ¡¿Por qué tocas todo?!
—Relájate o se me va a caer de verdad —ríe, acomodándose el cabello hacia atrás con una elegancia irritante—. Te pones más rojo que el veneno de tarántula. ¿Lo anoto?
—No. —Guardo el frasco en su sitio—. Y deja mis cosas quietas, ¿sí?
—Intento ayudarte —dice con total descaro.
—¿Ayudar? ¡Has estado clasificando mis frascos por "color que te recuerda a una fruta"! ¡La etiqueta decía SUSTANCIAS INESTABLES, Kai!
Él chasquea la lengua, como si yo fuera dramático.
—¿Siempre eres... así... con todos? —pregunto, guardando el ácido donde debería estar desde el principio.
Kai ladea la cabeza, pensativo.
—¿Así cómo?
Respiro hondo.
—Tan... tan...
Busco una palabra... cualquiera. No llega.
—¿Delicioso? —dice él, como si fuera evidente—. Probablemente.
Dejo caer la frente sobre la mesa.
—Yo iba a decir "molesto".
—Eso también. —Se encoge de hombros—. Pero no con todos. Solo contigo.
No debería sonreír.
Pero lo hago. Muy leve. Lo suficiente para odiarme por dentro.
—¿Qué haces cuando te aburres de un juguete nuevo? —pregunto sin pensarlo.
Kai abre mucho los ojos, sorprendido. Luego se ríe.
—¿Crees que te veo como un juguete?
—Creo... que te diviertes tomándome el pelo.
Esa sonrisa brillante aparece otra vez, recortada por la luz cálida de la lámpara.
—Me gusta cuando te enojas. —Se inclina hacia mí, lo suficiente para que su respiración roce mi mejilla—. Es la única vez que no tartamudeas.
Y ahí está.
El golpe final.
Mi cerebro se apaga. Se reinicia. Se cuelga.
Por supuesto que no lo demuestro.
Mentira. Lo demuestro mucho.
Kai observa cada gesto mío como si quisiera memorizarlo. Yo no sé si debería reír, gritar o lanzarme por la ventana.
Pero no me muevo.
Nunca me muevo.
Y entonces, sin transición alguna, sin un atisbo de lógica, dice:
—Peina mi cabello.
Me quedo congelado.
—¿Q-qué?
—Lo que oíste. —Se sienta a mi lado y recuesta la cabeza en la mesa—. Vamos, empieza. Mis manos están ocupadas.
—Están ocupadas sosteniendo una copa de vino.
—Exacto. No puedo soltarla.
Obedezco porque... ¿qué otra cosa puedo hacer?
Cuando el príncipe da una orden, incluso el aire la obedece.
Me acerco con cuidado, como si fuera a tocar un animal salvaje.
Él inclina la cabeza, esperando.
Mis manos tiemblan un poco.
Sus hombros se relajan. Kai cierra los ojos, tranquilo. Casi... vulnerable.
Nunca lo había visto así.
Su cabello es suave. Mucho más de lo que imaginé. Huele a romero y a algo más... algo cálido, algo que se siente prohibido.
Kai suspira.
Un sonido que no debería oír bajo ninguna circunstancia.
—Mm... —hace un sonido demasiado íntimo.
Se me paraliza el corazón.
—No hagas ruidos —le digo, echándome aire para no morir.
—¿Por qué no? —pregunta sin abrir los ojos—. Te pones nervioso. Me entretiene.
—No soy tu entretenimiento.
—Eres muchas cosas, Archie. Pero aburrido no es una de ellas.
Trago saliva.
Peino con cuidado, intentando no fijarme en su cuello, en la línea delicada de su mandíbula, en cómo su respiración baja y sube lento, como si esto realmente lo calmara.
—Mi padre solía hacer esto cuando era niño y solo... podía ser un padre y no un rey —dice de pronto, con una voz que no había escuchado nunca en él.
Mi mano se detiene.
Kai nunca habla de él.
Nunca.
—¿Lo extrañas? —pregunto en un susurro.
Él abre los ojos, pero no me mira. Fija la vista en un punto cualquiera del laboratorio.
—El reino no quiere que lo haga —dice con una sonrisa triste—. Esperan que sea fuerte, perfecto, implacable... como si sentir fuera un lujo que no merezco.
Deja la copa. La suelta.
Esa sola acción ya es alarmante.
—Kai... —susurro, dándole espacio para que pueda retirarse si quiere.
Pero no se retira.
Se gira hacia mí.
Sus ojos brillan con algo que no había visto jamás: miedo.
—A veces siento —continúa él— que voy a fallarle a todos. Que no soy suficiente. Que no puedo con esto. —Respira hondo—. Y luego pienso que mi padre estaría decepcionado... y eso me mata más que cualquier enemigo.
Instintivamente, sin pensarlo, acerco una mano a su mejilla.
Él cierra los ojos, como si ese solo gesto lo desarmara más que cualquier enemigo en batalla.
—Todos esperan que sea como él —susurra—. Un líder. Un ejemplo. El heredero perfecto. Pero, Archie... ¿y si no lo soy? ¿Y si no soy suficiente?
#5092 en Novela romántica
#1322 en Fantasía
realeza romance matrimonio arreglado, princesa tirano mentiras secretos, romance acción drama fantasia aventura
Editado: 11.01.2026